36 Declan
TREINTA Y SEIS
DECLAN
—¿Se puede saber por qué estamos en un partido de hurling?
—pregunto después de una larga noche de pub en pub en la que he hablado mucho y he bebido mucho más mientras Shay intentaba que comiera algo.
No lo hice, y mi hermano tuvo que sujetarme la cabeza cuando acabé echando la pota en unos baños que olían a mierda.
Por qué estaba mi hermano ahí y cómo apareció de la nada no lo tengo claro, pero se quedó con nosotros mientras se me pasaba la borrachera y llegaba el dolor, así, de golpe, como si alguien me hubiese echado un cubo de agua helada encima. El frío se me había metido en la piel y de ahí no se iba.
No sé cómo acabamos durmiendo en la parte de atrás de la furgoneta, ni cómo me pude terminar el desayuno, ni cómo terminamos en un estadio viendo un partido de hurling a las diez de la mañana.
—¿Has visto qué equipo es? —contesta Shay tan cerca de mi oído que creo que me va a estallar el cerebro—. El abuelo me mataría si no le envío al menos veinte vídeos.
—Sabes que puede verlo por televisión, ¿no? —replico.
—Es un partido amistoso. Bah, si es que no te enteras de nada.
—Perdona por estar centrado en algo más importante. Estoy sangrando, ¿no lo ves?
—Yo solo veo a un niñato llorica —contesta mi hermano como si alguien le hubiese dado vela en mi puto entierro—. Y yo que pensaba que el cobarde era el otro… Que yo lo reconocí en cuanto lo vi, ¿eh? Pero el chico necesitaba tiempo.
Me giro hacia mi hermano con tanta brusquedad que el estadio, con todos esos jugadores que van y vienen y la gente vociferando desde las gradas, se convierte en una olla que da vueltas y vueltas y creo que voy a potar el desayuno.
—¿Qué? ¿Me estás diciendo que lo sabías? —Vale, estoy alzando la voz. Pido disculpas con la mirada a la familia sentada unos metros a la derecha.
—No grites, imbécil. Y piensa un poco con esa cabezota que tienes.
—Liam lleva un puño a mi cabeza y hace amago de llamar con los nudillos, gesto con el que le encanta fastidiarme desde que era un crío porque sabe lo mucho que me toca los huevos; yo lo empujo para apartarlo con una mueca de dolor—.
¿Piensas en serio que mamá y papá no lo sabían?
Por Dios. Eres el único que no se entera de nada, como siempre.
Mira, ¿crees que ese chico se habría quedado si no le hubieses importado?
Imagina lo que es vivir cada día con miedo a que descubras la verdad.
¿No se te ha ocurrido pensar que quizá no te lo decía para que no te pusieras como lo estás haciendo en este momento?
Lo miro con incredulidad.
—¿Me estás echando un sermón? ¿Tú? ¿Te recuerdo todo lo que me dijiste sobre él cuando llegaste?
—Solo intentaba que no te rompiera el corazón.
—Y ahora te pones de su parte.
—Ahora sé que solo intentaba que no se lo rompieras tú a él.
Que mi hermano me esté soltando toda esta mierda es algo que me toca las pelotas. Muchísimo. Como si yo fuera a hacer tal cosa, como si no conociera mis sentimientos.
—¿Y por qué cojones estás tú aquí, si se puede saber? ¿Estáis saliendo o algo? —Los señalo a él y a Shay de manera alternativa.
Los dos se ríen, pero a lo bestia. Y yo me hundo más en mi asiento porque ni llorar tranquilo puedo con ellos dando por culo.
—Tengo sueño. Podríamos seguir el drama en el hotel, ¿no?
—dice mi hermano—. ¿Crees que nos dejarán quedarnos a los tres en la habitación?
Sé que es temprano, pero no me apetece nada conducir hasta casa hoy después de la nochecita que hemos pasado.
Podemos quedarnos el resto del día vegetando y volver mañana, ¿no?
Aprieto la mandíbula. ¿Es que no se toma nada en serio o qué? Busco la mirada de Shay para que me ayude un poco, pero está demasiado concentrado en sacar el decimoséptimo vídeo para su abuelo o por ahí.
—Venga ya, no te pongas así —se queja Liam al verme la cara—. Te estoy dando tiempo.
—¿Para qué exactamente?
—Para que se te quite la estupidez de encima y vayas a arreglarlo. —Eso lo dice Shay cuando por fin guarda el móvil y le aprieta la pierna a mi hermano en un gesto en el que no quiero pensar. Sea lo que sea lo que hay entre los dos, ahora mismo no puedo lidiar con ello.
—No hay nada que arreglar —replico.
—Ya —contestan los dos a la vez como si fueran siameses.
Los fulmino con la mirada, a los dos.
—Me echó de su vida. Probablemente vuelva a hacerlo. Lo hará en cuanto acabe el verano. Y ya no queda nada de tiempo. Se irá y yo me quedaré aquí echándolo de menos. Otra puta vez. No puedo soportarlo —digo con la voz rota y las lágrimas apuñalándome los ojos para salir—. Es que no puedo.
—¿Por qué crees que no te lo dijo? —pregunta mi amigo—. Todos estos años y cuando erais críos, ¿te has preguntado por qué? ¿Has intentado meterte en su piel?
—No se fiaba de mí.
—No se fiaba de nadie —replica él.
Ahora es mi hermano quien le aprieta la pierna a Shay en un gesto… ¿cariñoso? Joder.
—Mira, ¿recuerdas lo que pasó Shay cuando lo sacaron del armario a la fuerza? Fue horrible para ti, ¿no es así?
—Y tanto —asiente mi amigo.
—Tú no te acuerdas porque a veces parece que tienes el cerebro del tamaño de un colibrí, y eso que en proporción al tamaño del cuerpo son la hostia de gigantes —explica, porque Liam siempre explica cosas que nadie necesita saber—, pero ese chico lo estaba pasando mal.
Las niñas le hacían el vacío, los niños lo insultaban por la ropa que se ponía.
Marimacho era lo más bonito que le decían.
Tú estabas en tu puto mundo y no te enterabas de nada.
Habías empezado a salir con los otros chicos, te metiste en el equipo de fútbol gaélico y pasabas más tiempo fuera de casa.
Querías mantener esa burbuja de felicidad que había entre vosotros todo el tiempo, pero no se sostenía.
Se me forma una bola en la garganta que me cuesta tragar ante el aluvión de recuerdos de esa época que me cruzan la mente: el hacer nuevos amigos, el pasar más tiempo fuera, el trepar a la ventana de Rory para descubrir que ya estaba dormida o que no tenía ganas de hacer nada conmigo.
¿Cómo puedo haberlo olvidado? Se fue y solo me quedó el adiós que no le dije, un corazón hecho añicos y mil cartas sin respuesta.
—Yo nunca habría dejado de quererlo. Nunca —digo tras minutos, horas, años enteros; el tiempo es esa cosa que pasa mientras me empapo de recuerdos e intento aguantar el desgarro—. No se fiaba de mí. Sigue sin hacerlo. He tenido que enterarme de la verdad por ese asqueroso que tanto daño le hizo.
—No creo que se trate de eso —replica Shay—. Solo tiene miedo. El miedo es incomprensible. Actúa por encima de tus deseos. A veces es más fuerte que tú y no hay nada que puedas hacer. ¿Vas a odiarlo por tener miedo?
—No voy a odiarlo por nada, idiota. —Lo empujo con la rodilla para apartarlo; no quiero que nadie me toque.
Yo… necesito respirar y no puedo, y eso que estoy en un estadio al aire libre—.
Lo intenté durante muchos años. Convertí su recuerdo en un templo al que no dejaba entrar a nadie, y, cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, de lo mucho que me seguía importando, intenté ensuciarlo.
Por eso me enrollaba con gente en esa habitación.
Quería destrozarlo todo. —La voz me tiembla y tengo que detenerme a tomar aire—.
Pero no funcionó. Yo no sé odiar, y a él siempre lo voy a querer.
Creo que nací para quererlo. Y me da igual que no se fíe de mí o no me quiera de la misma manera; yo lo haré por los dos.
Lo quise en silencio durante muchos años y lo querré a gritos a partir de ahora.
Mi hermano se levanta, suelta un suspiro hondo y me revuelve el pelo.
—Y aquí, señoras y señores, se acaba el dramita. —Las dos familias a los lados nos miran, ahora con caras de cabreo; también los adolescentes y el señor de la gorra que ocupan posiciones por encima y por debajo de nuestra grada—. Levanta, anda, que tengo sueño y me estoy cagando.
Shay se descojona. Yo miro a Liam con todo mi mosqueo, solo para ver si lo puedo fulminar o algo.
—¿Por qué eres tan desagradable?
—Lo dices como si tú no cagaras. Hasta el amor de tu vida lo hace, y mira que es guapo el cabrón.
Shay y yo nos levantamos y seguimos a mi hermano, que ya está atravesando las gradas y subiendo las escaleras.
—Pero, entonces, ¿te van los tíos de verdad? —quiero saber.
Más risas de Shay, un resoplido de Liam.
—De verdad que no te enteras de nada, tío.
Intento sonsacarle, pero pasa de mí, y Shay se pone a hablar con su abuelo casi a gritos, porque el señor está mayor y no escucha bien.
No es hasta que aparcamos en el hotel cuando de verdad me doy cuenta de lo que está a punto de pasar.
¿Estará Riley en la habitación? ¿Querrá verme?
Dios, ¿por qué estoy tan nervioso? Me siento como si fuera a encontrarme con una parte importante de mí mismo que hubiese perdido hace mucho (pero mucho) tiempo, y en realidad es algo así.
Este chico tiene un pedazo de mi pasado y todo mi presente; también tiene mi futuro, así que, técnicamente, lo tiene casi todo.
Cuando se lo explico a Shay y a Liam, el primero me da un beso en la mejilla, el segundo hace un gesto que imita una arcada y me recuerda que antes necesita cagar. Cómo quiero a mi hermano, joder.
Shay nos propone pedir algo de comer en el restaurante del hotel y subirlo a la habitación, porque la carta tiene buena pinta y él tiene mucha hambre, mientras yo le pregunto al recepcionista si podemos quedarnos la habitación un día más, y si tienen alguna cama supletoria, y…
—¿Declan?
No reconozco la voz de la mujer, quizá por eso que dicen de que la voz es lo primero que olvidas de una persona.
Pero, cuando me doy la vuelta, sí reconozco su rostro, ahora con huellas de una vida que parece haber sido generosa con ella, y su sonrisa, y esos ojos que son hogar. Lucy O’Brian, la madre de Riley.
Y entonces me echo a llorar como un puto bebé, ahí, delante de un recepcionista que no sabe dónde meterse.
Mi hermano no deja de repetir «qué vergüenza, tío, qué vergüenza», y «de verdad que me estoy cagando», y «madre mía, esto es incómodo de narices».
Y Shay me aprieta el hombro, y ella me envuelve entre sus brazos hasta que dejo de llorar.
—Se ha ido —me explican Lucy y Finn, su marido, cuando consigo dejar de berrear. Nos hemos sentado en una de las salas comunes del hotel con un par de tés y cafés.
—¿Cómo que se ha ido? —pregunto casi a gritos.
—No viniste a dormir anoche y estaba muy nervioso —me dice Lucy—. Se puso a enumerar todo lo que tenía que hacer en el teatro con tu familia y…
—Es su forma de evadirse —explica Finn—. Se refugia en sus creaciones y en el trabajo cuando no consigue lidiar con la vida. Quizá no te acuerdes, pero siempre ha sido así.
—Por fuera actúa como si no pasara nada, pero por dentro tiene toda una tormenta —agrega ella.
Trago saliva y me aferro a las manos de esta mujer que ha mantenido a mi chico de colores a salvo.
—No quería hacerle daño. Solo… necesitaba procesarlo.
—Lo sé, cielo, y no es culpa tuya. Es normal que estés confuso y enfadado. Y que necesites tiempo. Y él lo entiende, no te preocupes por eso.
—Estoy enamorado de él —suelto como si hablar de mis sentimientos fuese algo tan vital como mancharle la camisa de lágrimas; que se acabe el día ya, por Dios—.
Yo… —bajo la mirada a nuestras manos, la cara me arde y estoy seguro de que mis pecas cegarán a cualquiera que se detenga frente a los cristales de fuera— espero que no os importe.
A ella se le escapa un sollozo. Su marido le acaricia la espalda con ternura y me dedica una sonrisa que me recuerda mucho a la de su hijo. Bonita, dulce, reparadora.
—¿Cómo nos va a importar? Que tenga a alguien que lo vea y lo respete…
Lo único que hemos querido siempre es que nuestro hijo sea feliz.
Y tú lo haces feliz. Todas las llamadas que recibíamos durante este verano…
No recordamos haberlo visto así de feliz nunca.
Es… como si le hubieses devuelto la infancia que la vida le arrebató llenándolo de miedo y confusión. Eres un regalo, cielo.
La garganta me arde, los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas, pero no dejo que se derramen. Ya no. Adiós a la puta tristeza. Necesito ir a por él. Ya. Ahora mismo.
—Entonces, ¿puedo ser su novio?
No sé qué suena más alto, si las carcajadas de Shay o los resoplidos de mi hermano.
—Puedes. Pero antes tienes que leer esto.
—Lucy saca una cajita rosa de forma rectangular del bolso y me la entrega; está rota y sucia de haber sido abierta y cerrada muchas veces; contengo el aliento al reparar en que está llena de cartas, suyas, todas suyas—.
Luego puedes ir a buscarlo y podéis empezar vuestro camino juntos.
No le digo que nuestro camino empezó hace mucho, y que siempre hemos estado juntos, aunque nos hayamos perdido intentando encontrar otras salidas más… seguras, supongo. Y no se lo digo para no seguir aguantando a mi hermano y porque es algo entre Riley y yo.
Me despido de ellos, y Shay y mi hermano me dejan solo en la habitación para darme espacio y que pueda leer con tranquilidad.
Solo llevo la mitad cuando salgo corriendo a buscarlos y los arrastro hacia la furgoneta.
El resto lo leo durante el camino, con el sonido de la lluvia cayendo con rabia contra el cristal y el de mi corazón intentando llegar al único lugar en el que quiere estar: con él.