35 Riley
TREINTA Y CINCO
RILEY
Ha visto a mis padres, lo sé. Y ellos lo han visto a él, quizá por eso aún no se han acercado a nosotros.
Quieren darme tiempo. Entienden que no se lo he dicho, solo hay que verle la cara.
Está más pálido que de costumbre y la sonrisa no le sale.
Es… como si estuviera a punto de echarse a llorar.
No he visto llorar a Declan desde el día en que se rompió el codo al caerse del árbol cuando trepó a mi ventana con once o doce años.
Mis padres me dijeron que lloró cuando se enteró de que me había marchado, y que se negó a comer hasta que no pudo más, que las lágrimas se le caían mientras se metía la comida en la boca.
Y entonces dejó de llorar, y de dormir en su habitación, y de quererme.
Estiro el brazo hacia él para apretarle la mano. Declan me mira con intensidad, pero no se aparta, y yo me pregunto a qué le teme ahora, después de tanto tiempo, si es a mí o a la verdad.
Estoy a nada de preguntarle, de decirle que esos de ahí son mis padres, cuando una voz que conozco bien me sacude por dentro. Hay un puto terremoto a mis pies y va a arrasarlo todo.
Suelto a Declan y me giro para encontrarme con unos ojos almendrados que ya no me parecen un puerto seguro, con una sonrisa de medio lado que me provoca un escalofrío desagradable.
Y luego su voz… El mismo tono contenido con el que me dijo que lo nuestro no podía ser, que tenía que habérselo contado y blablablá. Dios.
De soslayo veo que Declan se gira para contestar algún comentario de Shay, pero no deja de prestarnos atención, ni de mirar a Richard como si fuera el hombre del saco.
—Vaya, me alegra ver que estás bien acompañado —me dice mi ex en un susurro, inclinándose hacia mí; está tan cerca que el olor de su colonia me hace apretar los dientes.
Me aparto un poco para poder respirar y, al verme la cara, se apresura a agregar—: Eh, hablo en serio.
Aunque no lo creas, estaba muy preocupado por ti después de cómo terminamos.
—De cómo terminaste conmigo —lo corrijo en un susurro.
Él me ignora.
—No contestabas a mis mensajes y tu amiga no me quiso decir dónde estabas.
—La sonrisa que me dedica no me la creo en absoluto—.
Vamos, que me alegro de corazón. Encima está cañón.
—Mira a Declan de arriba abajo y a mí me entran las ganas de darle un puñetazo y terminar de cargarme su puñetera nariz torcida.
Y debo poner mala cara, porque Declan le aprieta el hombro a Shay y se acerca a nosotros para presentarse.
Intercambian nombres, pero no se dan la mano.
Declan se mete las suyas en el bolsillo de ese pantalón que yo mismo he creado para él y que le queda como un guante, dejando claro que prefiere mantener las distancias; y yo quiero agarrarlo de la camisa y besarlo, volver a esos días donde solo éramos él y yo.
Richard carraspea, incómodo.
—Bueno, voy a saludar a unos colegas. Nos vemos después.
—Pone rumbo hacia el otro lado de la sala, donde los profesores se han reunido en un pequeño grupo, cuando se lo piensa y vuelve a girarse para venir hacia mí—.
Por cierto, se me olvidaba. Te he traído esto.
Son tus colores. No sé si ya has visto al modelo, pero su ONG tiene un puesto en la otra sala. Deberías pasarte.
Me tiende el pin con los colores de la bandera transgénero.
Y ahí no solo quiero darle un puñetazo; quiero arrancarle el puto corazón solo para que comprenda lo que se siente cuando te obligan a salir del armario así, de golpe y sin avisar.
Declan se lo queda mirando, primero con confusión, luego como quien lleva demasiado tiempo viviendo con unas lentes empañadas y por fin puede ver con claridad.
Y Dios, la realidad es esta, la realidad soy yo.
Sé el momento exacto en el que se da cuenta porque el rostro se le contrae, los párpados se le abren, los ojos se le enrojecen y el dolor le llena la piel de capas y capas que no podré quitarle con nada porque ya lo he perdido.
Lo he perdido, lo he perdido, lo he perdido.
Mira en dirección a mis padres, solo un momento en el que hay reconocimiento, y dolor, y mil cosas más con las que no puedo lidiar porque estoy demasiado ocupado intentando hacerlo conmigo mismo.
Cierro los ojos, los vuelvo a abrir. Me preparo para lo que viene a continuación, pero no sucede nada.
Declan se acerca a Richard, le quita el pin de la mano y le dice que él se ocupa con una sonrisa, que ahora vamos a ver al modelo.
Y comprendo que jamás dejaría que ganara, que jamás me haría algo así.
Declan es ese tipo de chico que se arrancaría el corazón y lo lanzaría lejos antes que hacer daño a alguien que le importa.
Le da la espalda a Richard y se me acerca.
Nuestros ojos se encuentran; los míos desesperados, los suyos a galaxias de distancia.
Cerca pero lejos. Noto sus dedos torpes, su respiración acelerada, la vibración de su cuerpo.
Y me pregunto si puede sentir el mío allá donde sus nudillos me rozan.
Estoy temblando tanto… Dios. Necesito que me mire, explicarme, pedirle perdón. Necesito…
Declan me toma el rostro con suavidad, me gira la barbilla, me levanta los mechones y busca la cicatriz en la línea de pelo, de aquella vez que me clavé una rama al intentar ayudarlo cuando se cayó.
Sería más fácil si me arrancara la camisa, si buscara esas otras cicatrices que son heridas de la guerra que gané, mi bandera trans en la piel.
Pero no lo hace. Porque es Declan y jamás me haría algo así, no sin mi permiso.
Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando noto el roce de su pulgar en la zona sensible de la marca. Su respiración profunda me hace cosquillas cuando deja de tocarme y se aparta para poner distancia, para alejarse de esta verdad que soy.
Veo la lágrima que se le desliza por la mejilla antes de volver su atención al festival, y a Millie y Shay, que no parecen haberse enterado de nada. De Richard, ni rastro.
No hablamos y él no vuelve a mirarme mientras recibo halagos y un par de propuestas de diseñadores importantes.
Lo que más me interesa es el «quiero que te ocupes de vestirme» que me suelta Oscar Broken cuando me paso por el puesto de la ONG y me hace apuntar su contacto.
Por lo visto, quiere crear su propia línea de ropa, y destinar una parte del dinero recaudado con ella a otra ONG con programas de ayuda social, psicológica y de acompañamiento en los procesos de transición para jóvenes sin apoyo familiar.
Y está interesado en hacerlo conmigo. Conmigo.
Mis diseños llaman más la atención que los de Richard, y eso que tiene la poca vergüenza de exponer algunos de los que me robó.
Debería sentirme feliz, pero sigo queriendo darle un puñetazo, por joderme la vida, por romper todo lo que tengo con Declan, por haberme arrebatado la posibilidad de decirle la verdad.
En algún momento desaparece y yo lo busco por todas partes hasta que mis padres me explican que lo vieron salir del hotel hace un buen rato. Con el corazón a punto de salírseme por la boca, los abrazo con fuerza y salgo a la calle con el móvil en la mano.
No tengo que buscar mucho. Lo encuentro dos calles más allá, frente al parque donde hemos aparcado. Está apoyado en la furgoneta del hermano de Shay con la vista clavada en el suelo, la piel pálida, los ojos rojísimos de haber llorado.
El cielo se ha oscurecido y el viento empuja las ramas del roble que ocupa parte de la acera, creando sombras que se mueven por su rostro y lo hacen parecer más triste, más desvalido, más… roto. Dios. Me duele el corazón. Porque yo le he hecho esto. Yo.
—Dime una cosa —pregunta cuando se percata de mi presencia—, ¿pensabas irte otra vez sin más?
Su dolor se me clava dentro, una herida que sé que no se curará con nada. Porque él me duele de una manera en que nadie más lo hace.
—No, claro que no.
—Perdona que no te crea —dice con una risotada amarga—.
Te odié, ¿sabes? Luego me odié a mí mismo por hacerlo.
Yo… llegué a pensar que estaba muerta. Incluso esta mañana lo pensé.
Anoche soñé con ella y, no sé, sentí una cosa rara, como un presentimiento o algo así.
—Menea la cabeza y respira profundo—. Joder, qué absurdo todo.
—Es que es peor que eso. Rory nunca existió, Declan. Tienes que entenderlo.
—¿Que nunca existió? —Se incorpora y me empuja hacia atrás, con rabia, con tristeza y con tantas cosas que me tambaleo a pesar de que no emplea ni una mísera parte de su fuerza—. ¿Y qué pasa con mis sentimientos? Porque a mí me parece una prueba más que cojonuda de que sí existió.
—Y por eso nunca te contesté. Querías a una chica que odiaba todo lo que representaba, que quería arrancarse la piel a tiras. Querías a una mentira.
—Te equivocas. Te quería a ti. —Me clava un dedo en el pecho, en ese fénix que renació de sus cenizas y me convirtió en lo que soy—.
Rory, Riley. Quería lo que tienes dentro, tu puto cerebro, tu corazón, el calor que desprendías, el cariño que me dabas.
Y puede que no viera más que a Rory, pero yo era un niñato que no sabía nada.
Solo tenías que explicarme cómo te sentías y habrías dejado de ser la chica a la que quería para ser el chico al que quería.
¿Así de fácil? ¿Lo habría sido? Porque nada de lo que pasé fue fácil. Fue lo más jodido que he hecho en mi vida.
—Yo…
—Calla y déjame hablar —me corta—. Estoy harto de estar en silencio.
¿Qué hiciste con las cartas? ¿Las leíste al menos?
Una palabra tuya y todo habría estado en su sitio.
Jamás te habría hecho sentir pequeño, jamás te habría rechazado.
Me da igual el cuerpo que tengas, solo es piel.
El sexo no nos define. Tú mismo lo dijiste, no eres lo que tienes entre las piernas.
Tampoco un nombre. Eres todo lo demás. Eres la persona que ha venido aquí y se ha enfrentado a sus miedos.
Eres el chico que se metió en un quirófano y pasó por un infierno para poder sentirse algo más que un polizón en un mundo hostil.
Porque lo hiciste, ¿no? —dice sin esperar respuesta—.
Eres precioso, por dentro y por fuera. Y me has echado de tu vida como si yo no fuera nada.
Me tiembla la barbilla. No sé cuándo he empezado a llorar, pero las lágrimas se me caen sin control.
—No es verdad. Tú lo eras todo. —«Lo sigues siendo», quiero decirle, pero no me salen las palabras; el miedo no me deja.
—Ya, si se notó lo mucho que era para ti.
Declan sonríe con una tristeza que me deja sin aire y sin saber cómo defenderme. Así que digo lo único que se me ocurre: la verdad.
—Estaba aterrado.
—Y yo me moría de la pena.
—Ni siquiera entendía lo que me estaba pasando.
Era un crío, Declan. Mi cuerpo estaba cambiando y yo solo quería que no lo vieran.
Ya era bastante chungo lidiar con mi vida, ¿entiendes?
Yo… Es que no podía. —No le digo que no podía lidiar con él, ni con nosotros, ni con ese amor que nos superaba a una edad en la que ninguno de los dos teníamos la fuerza necesaria para enfrentarnos a algo que se nos quedaba demasiado grande.
Y no se lo digo porque sé que él lo sabe, aunque ahora mismo no vea más que dolor.
—Has tenido siete años, Riley. Y han pasado casi tres meses desde que regresaste al pueblo y a mi vida. ¿Y qué has hecho? Volver a tratarme como si no fuera nada. Nunca has creído en nosotros.
Le tiembla la barbilla y se le escapa un sollozo que llena la calle. Alguien pasa por nuestro lado, pero yo solo lo veo a él, solo lo siento a él. Me acerco y estiro el brazo para impedir que se vaya, pero él retrocede y niega con la cabeza, dejándome claro que no quiere que lo toque.
—No —dice, nada más.
—Declan…
—Por favor. —Y vuelve a negar.
Luego se marcha y yo me quedo ahí, pensando en lo difícil que es tenerlo todo y lo fácil que es perderlo. Y comprendo que he perdido al amor de mi vida, la única persona que lo ha visto todo de mí y me ha aceptado incluso cuando le he tapado los ojos, la misma a la que nunca he dejado entrar.