34 Declan
TREINTA Y CUATRO
DECLAN
Lo que sucede durante el evento lo tengo entre brumas. Rory sigue en mi cabeza, y no sé por qué. Ahí están sus trenzas, y su sonrisa de medio lado, ahí están sus ojos del verde oliva de las aceitunas.
—Cuéntamelo todo —me pedía cada vez que llegaba de entrenar cuando me apunté al equipo de fútbol gaélico. Y daba igual que yo intentara explicarle que no había nada que contar, que había sido un día aburrido sin más.
—Fue un día normal, como siempre.
—¿Qué es un día normal?
—Pues como ayer, como el sábado pasado. Nada que no sepas.
—Pero es que ayer fue ayer y hoy es hoy y el sábado fue el sábado.
Son tres normalidades distintas. Y si son normalidades distintas, ¿no contradicen la normalidad en su definición?
Vale, ya sé que suena raro y que probablemente solo me entienda yo, pero…
¿qué es la normalidad? ¿Tú lo sabes? ¿Lo sabe alguien?
Rory hacía ese tipo de preguntas que me dejaban con la cabeza llena de un ruido confuso.
—Declan, dime, ¿qué es para ti la normalidad?
—No sé. —Y era verdad, no tenía ni idea, no sabía a dónde quería llegar y me dolía el costado por el golpe que me habían dado y que me había dejado tirado en el suelo del campo durante varios minutos.
Rory sonrió, se apartó el pelo de la cara y siguió uniendo las telas que tenía entre las piernas.
Mi madre le había enseñado a coser hacía unos años y ya se hacía su propia ropa.
Camisetas holgadas, pantalones, petos...
Todo demasiado grande. Cuando le preguntabas, sonreía y te decía que era la talla que necesitaba. Eso tampoco lo entendía.
—¿Qué es para ti? —pregunté para quitarme la sensación incómoda de la barriga, para huir del silencio, para intentar entenderla. Me costaba mucho hacerlo en los últimos tiempos.
Rory me clavó la vista. No recuerdo que me mirara así ninguna otra vez.
En realidad, no recuerdo que volviera a mirarme de ninguna manera.
Ese es justo el último recuerdo que tengo de ella, además del beso.
Ni siquiera recuerdo el día en que se fue, solo que se marchó con su familia para no volver.
Cuando se lo conté a mi nueva psicóloga hace unas semanas, me explicó cómo funcionaban los mecanismos de defensa contra el dolor de la pérdida, y que estaría bien que lo hablara con mis padres, que podría ayudarme a recordar.
Y me asusté, porque de veras que no quería recordar a Rory.
Después de tantos años de odiar su recuerdo, lo último que necesitaba era enterarme de que le había pasado algo.
Odiar a alguien por abandonarte era una cosa, odiar a un fantasma, otra bien distinta.
Y yo… en realidad nunca odié a Rory, solo la quería demasiado y necesitaba protegerme de alguna manera.
Sí, hablar con mi psicóloga ayudaba. Y dolía como nada.
La Rory de mi recuerdo se acercó, me acarició la cara y me dijo con esa voz profunda y solemne que usaba a veces:
—Ser invisible. Eso es la normalidad. Ser… lo que soy ahora.
Le sujeté la muñeca, pero ella me apartó como si mi contacto le doliera mucho. Eso me puso nervioso, y me llenó de un miedo extraño por dentro.
—No lo entiendo.
—No quiero seguir siendo invisible, no quiero ser normal. Si soy normal, nunca me verás, y yo quiero que me veas, ¿comprendes?
No, no comprendía nada. Tragué saliva. Luego mis padres o sus padres, o quizá ambos, nos llamaron a cenar. Y no volvimos a hablar de normalidades ni de ser invisible.
Rory y yo no volvimos a hablar de nada y yo no volví a pensar en eso.
Hasta hoy. Porque ahí están los padres de Rory, junto a un grupo de asistentes que se reúnen cerca de las exposiciones cuando terminamos de mostrar sobre el miniescenario las prendas de Riley y me quedo con el último modelo, un pantalón estilo vintage que me recuerda a uno de mis cubos de Rubik y una camisa de cuello en forma de uve abierta hasta el pecho.
Holgada, fresca, de mangas anchas que me llegan a los codos, con un corte llamativo y de un intenso azul que destaca la palidez de mi piel y mis pecas.
Todo el conjunto me evoca este verano que hemos pasado juntos y que está a punto de acabarse. Aquí, ahora.
Miro a los O’Brian como si fueran una aparición, como ese recuerdo que ha regresado a mí quizá espoleado por la terapia.
Quiero acercarme, hablar con Riley, pero está demasiado ocupado atendiendo a los diseñadores que se acercan a felicitarlo, además de a sus profesores de la academia, compañeros y conocidos.
Así que me quedo ahí, vivo pero inmóvil, como una grieta en el tiempo que ha empezado a resquebrajarse, escarbando, escarbando, escarbando…