El lugar al que pertenezco 33 Declan
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33 Declan

TREINTA Y TRES

DECLAN

Apenas me doy cuenta del camino a Galway.

Shay y yo nos turnamos para llevar su vieja furgoneta, esa que heredó de su hermano.

Tenemos los asientos traseros repletos de perchas con prendas que cuelgan para mantener la ropa planchada, aunque habrá que retocarla en cuanto lleguemos.

De la música se encarga Riley. Está demasiado nervioso para hacer nada más.

Shay intenta animarlo con sus chorradas, incluso habla de mi hermano, o más bien de su pene.

Tengo claro que solo quiere mortificarme porque sabe que me cabrea, pero Riley solo pone cara de estar a punto de echar la pota, quizá por el trayecto de más de tres horas, quizá por la mención del rabo de mi hermano. A saber.

Llegamos a última hora de la tarde y nos da tiempo de ver el lugar donde se celebrará el evento, un hotel de cinco estrellas con salas habilitadas para las exposiciones y un pequeño escenario al fondo, donde el modelo de Millie y yo nos turnaremos para presentar las prendas de ambos diseñadores.

Los techos son altísimos, y la decoración, llamativa, casi como un reflejo de la ropa de Riley.

Millie nos ayuda a planchar lo que se ha arrugado y entre todos colocamos la pequeña exposición y sellamos el lugar con las cortinas habilitadas para ello.

Mientras tanto, nos cuenta que el modelo invitado es Oscar Broken, un activista trans con un millón de seguidores en redes sociales que viene para recaudar fondos para la ONG en la que trabaja.

La mención del modelo hace que Shay empiece a babear y que Riley se ponga más nervioso si cabe, y no tengo ni idea de por qué.

O a lo mejor es por guapo, ya que una búsqueda rápida en internet me deja sin aliento.

Qué mal repartido está el mundo, joder, ya quisiera yo tener esa piel y no todas estas pecas que se encienden al mínimo rubor; y ahora mismo debo parecer una bombilla dado el modo en que me miran Riley y su amiga, así como la sonrisita socarrona que me dedica Shay.

En fin. Oscar Broken. Lo odiaría si no fuera tan guapo ni tan buena gente como parece. Ojalá se quede calvo, al menos el tiempo que dure el festival, solo para que Riley no lo mire. Las comparaciones son odiosas y yo no pienso moverme mucho de su lado.

De ahí nos vamos a cenar y a ponernos al día.

Millie no deja de mirarme y yo me siento extraño y esperanzado por su escrutinio.

Significa que Riley le ha hablado de mí más allá de las videollamadas en las que la chica ha exigido que participe.

De ella descubro que, además de tener un carácter fuerte, quiere a Riley con locura.

Que se conocieron aquí, en Irlanda, cuando sus padres se instalaron tras años de viajar de acá para allá.

Que fue en la academia y que ella tuvo un flechazo del que aún no se ha recuperado.

Eso último lo cuenta con una risa nerviosa que provoca un gesto de desamparo en Riley y deja claro que su amiga no lo dice por decir, que detrás de la broma siempre se esconde la verdad.

Por suerte, Shay está ahí para hablar de peces en el mar y de cosas relacionadas con el diseño.

Es en esa conversación, entre risas y copas que van y vienen y que Riley no prueba, cuando vuelve a repetir eso de que no quiere dedicarse a nada que tenga que ver con modas y desfiles.

—Lo que dijiste antes sobre dedicarte a la moda…

—le pregunto en cuanto nos metemos en la cama horas después—.

¿De verdad va en serio? Ya sé que me habías comentado algo aquella noche en tu casa, sobre que querías vender la ropa y no tu imagen y todo eso, pero, no sé, creí que era lo típico que se dice por decir.

—Pues no, tonto. Es un mundo complejo y demasiado sacrificado. La mejor amiga de mi madre se dedica a eso. —Saca el móvil y me muestra algunos de sus diseños, reconocibles aunque no tengas ni idea sobre moda, y yo tengo mucha gracias a mi madre—. No quiero que mi sueño se desgaste.

—¿Por qué estudiar en una academia como la tuya, con lo difícil que es entrar, si no tienes pensado ir a por todas?

—¿Y qué es ir a por todas? Para mí es aprender, empaparme de todo y marcharme con una mochila enorme que iré descargando cuando me dé la gana. Una mochila de sueños y no de cansancio y apatía. Quiero una vida tranquila, ya te lo dije.

—¿Y entonces? ¿Qué vas a hacer a partir de ahora?

—Algo sencillo, como lo del teatro de tu pueblo. Una obra inmensa en un pueblo diminuto no tiene por qué brillar menos, ¿no te parece? Quiero algo a pequeña escala. No sé, montar mi propia tienda online, hacer diseños personalizados, trabajar en un taller como el de tu madre. Eso me encantaría.

La esperanza se abre paso por mi pecho y sé que de ahí ya no se irá. Porque antes no tenía nada y ahora…, ahora tengo una posibilidad. Tenemos. Él y yo. Nosotros.

—Vaya —digo porque no sé qué más decir aparte del «por favor, quédate para siempre conmigo» y el «hagámoslo todo a la escala que quieras, pero juntos» que tengo en la punta de la lengua.

—Sí, vaya…

Se arrima a mí y me envuelve entre sus brazos, pega su boca a la mía, me besa, primero lento y luego se me sube encima y comenzamos un baile de jadeos y empujes de cadera que no dura demasiado porque estamos cansados y sobreexcitados.

Esa noche sueño con Rory, pero no tengo ni idea de qué. Solo sé que la tengo en la cabeza cuando me levanto y se queda ahí, instalada en mi puto cerebro, cuando bajamos a desayunar y Riley se pasa todo el rato atento al teléfono esperando a que llamen sus padres.

Lo hacen cuando salimos hacia el evento para avisar de que llegan tarde. Eso pone más nervioso a Riley, cuya idea era presentármelos antes de entrar. Le digo que no pasa nada, que disfrute del momento, que estoy con él. Y él me regala un beso que me deja sin aire antes de acceder al hotel.

Y todo parece que va a ir bien hasta que deja de hacerlo.