32 Declan
TREINTA Y DOS
DECLAN
Agosto sigue su marcha y el teatro parece un mercadillo al que han entrado a saquear.
Hay partes del escenario a medio hacer, telas y cortinas aquí y allá, micrófonos, cámaras, focos y reflectores, así como bloques y paneles de madera que dicen poco del escenario que queremos representar. Es… puro caos. Y me encanta.
Riley está nervioso, también guapísimo con esos pantalones negros ajustados, las botas Dr. Martens y esa camiseta azul palo de bordes deshilachados y el estampado de un helado de colores derretido en la parte frontal, con salpicaduras en la manga derecha.
Mi madre le enseña el vestuario completo salido del taller y él suspira cuando le explica que hay que retocar alguno.
—Cielo, ya me ocupo yo. Ahora ve y diviértete —le dice después de darle uno de sus abrazos reparadores—. Solo quería que vieras por qué no voy a acompañaros a Galway. Me encantaría ir, pero no llegamos.
—No pasa nada, mamá. Millie y yo nos encargamos de inmortalizarlo todo.
Mi madre me abraza, le dice algo a Riley con un movimiento de labios que no comprendo y se marcha para encargarse de dirigir a los despistados.
Nos quedamos un rato por ahí y le enseño por encima las distintas salas, centrándome en la parte del escenario y tramoya, así como en los bastidores y cuartos donde estaremos los actores, arreglándonos o esperando para entrar y salir.
Nos detenemos un poco más en la sala de ensayos, controlando la hora.
En nada tenemos que salir de camino a Galway si queremos llegar a una hora decente, aunque Millie ya se ha encargado de preparar el puesto donde Riley expondrá sus creaciones al día siguiente.
Según nos ha explicado la chica, el festival no solo cuenta con puestos de ropa, accesorios y calzado; también incluye un pequeño desfile para diseñadores invitados y ponencias varias de gente del mundillo.
Llamar la atención, que se fijen en ti y que resuene el nombre de tu academia…
, de eso va todo. La ropa de Riley es la hostia, por cierto, pero él ya lo sabe.
Que esté nervioso es lo normal, pero sé que hay algo más.
Necesito que deje de pensar, así que hago lo que mejor se me da: hacer el tonto y tocarle las pelotas. Y no de manera literal, todavía no hemos llegado a ese punto. No sé en qué punto estamos, pero no me quejo, la verdad.
Aprovecho que está concentrado en mirarlo todo, lo rodeo por la cintura desde atrás y hundo la nariz en su cuello. Huele a verano, a sueños que se hacen realidad, a él. Un olor incomparable. Un olor que me la pone dura al instante.
Suspiro hondo y empiezo a hablar:
—«Tu nombre va en mi pecho como en un cascabel y, como el alma mía jamás está serena, el cascabel se agita, y tu nombre resuena».
—¿Qué haces? —Riley se ríe e intenta apartarse, pero lo agarro con más firmeza.
—«De ti me lo sé todo, y aun más de lo que callo: sé que el año pasado, un catorce de mayo, saliendo de mañana, te soltaste el cabello, y era tal su hermosura, tal era su destello, que, como cuando miras hacia el sol de reojo y todo en torno tuyo adquiere un halo rojo, cuando aparté la vista de tu melena ardiente, todo lo que miraba se incendió de repente».
—Espera, ¿estás recitando Cyrano?
Le tiro del piercing con los dientes con suavidad y él jadea al notar mi erección en su espalda.
—Y ahora es cuando Roxane dice: «Eso es amor».
Riley sonríe, desliza una mano por mi cuello, la lleva a mi nuca, me besa. Un beso dulce y lento que me enciende como nunca.
—¿Por qué cojones te lo sabes?
—¿Tú qué crees? —pregunto a la vez que deslizo la lengua por su labio inferior.
Él eleva las cejas, la boca se le abre de la impresión y yo me río a carcajadas. Ha valido la pena haber guardado el secreto hasta ahora, aunque dudo que se pueda considerar «secreto» algo que sabe todo el mundo.
Él me empuja para apartarme, pero me vuelvo a pegar a él, y a hundir la nariz en su cuello, y a respirar su olor.
—Para y dime por qué no me lo dijiste. Sabía que ayudabas en la obra, pero no que tenías un papel, y menos de protagonista.
—No quiero parar y no te lo dije porque…
Ni idea. Quizá quería que te dieras cuenta.
Si es que lo sabe todo el pueblo. Llevo haciendo papeles principales desde los dieciséis años.
No se me da mal interpretar y me puedo aprender casi cualquier cosa gracias a mi increíble memoria fotográfica —admito con sinceridad y no poca vergüenza. Fardar no se me da demasiado bien.
—Entonces la ropa… Ni siquiera me fijé en que eran tus medidas.
—Bueno, no te esperes una tremenda actuación.
Y David, el profesor de Educación Física del instituto, hace de Roxane.
Ya sabes, aquí se estila lo del teatro antiguo.
Solo participan hombres. Normas de mi padre, ya ves.
Intentamos abolirla el año pasado, pero ninguna mujer se quiso presentar al papel de protagonista femenina, ni a ningún otro, ahora que lo pienso, porque decían que les gustaba mucho cómo nos quedaban las faldas a los hombres.
Riley me mira como si le estuviera tomando el pelo, y se ríe en cuanto se da cuenta de que no. Para nada. Lo llevo de la mano al centro de la sala, allá donde los guiones de la obra de teatro llenan las mesas.
—¿Lo has leído? —le pregunto.
—Sí. Y he visto alguna adaptación. Es… triste. Odio el final.
—Bueno, las mentiras son tristes. No puedes sostener un amor con ellas.
—Él solo quería que Roxane fuera feliz.
—¿Y crees que lo fue? —Me acerco, despacio, y estiro los brazos para sujetarlo de los bolsillos del pantalón y atraerlo hacia mí—.
Nunca tuvo la posibilidad de querer a la persona de la que estaba enamorada, solo quiso una mentira.
Sí, él acaba muerto, pero ella acaba destrozada y confundida.
«¡Tan solo he amado a un hombre y lo pierdo dos veces!
». Esas son las palabras de Roxane. Es… horrible, si te paras a pensarlo.
Riley me mira durante tanto rato que me pongo nervioso y no sé por qué. Sus ojos verdes me recuerdan a un bosque espeso, más oscuros e insondables que de costumbre. Parece triste y odio la idea de que lo esté.
Me inclino, enrosco sus mechones entre los dedos y le sonrío con todo lo que soy. Él me clava los suyos en la cintura y cierra los ojos un instante antes de volver a mirarme. Y ahí está la tristeza, y aquí estoy yo, que no sé qué hacer con ella.
—Eh, solo es una historia tonta.
—Siempre hay verdad en las historias —replica Riley—, por muy tontas que te parezcan.
—¿Me vas a contar qué te pasa? Sé que estás nervioso por lo de mañana, pero hay algo más, ¿me equivoco?
Él se encoge de hombros y me rodea con los brazos, apoya el rostro en mi pecho y se deja abrazar. Y quizá sea ese acto vulnerable lo que más me inquieta. Porque Riley siempre está en primera línea, siempre lleva las armas. Y ahora es como si se rindiera, signifique lo que signifique eso.
—Mañana vas a conocer a mis padres.
—Lo sé. —Le beso la frente—. ¿Eso es lo que te preocupa? No tienes que presentármelos si no quieres. Es decir, no es que seamos novios ni nada. Ni siquiera hemos hablado del final del verano.
—Ya lo sé, pero... ellos te conocen.
Me conocen. A mí. Mi mente se llena de imágenes.
Rory sobre el árbol llamándome gallina, Rory llorando porque no quiere ponerse el vestido de flores que le regaló su madre, Rory arrastrándome debajo de la cama para que ningún monstruo pudiera asustarnos desde abajo.
Rory. Claro que me conocen. Por ella. Y por los padres de ella.
Se me forma un nudo en la garganta que me cuesta tragar.
—No tienes que preocuparte por eso —le digo en un susurro áspero.
—Declan, ellos son… muy especiales. —Me toma del rostro para que lo mire—.
Soy quien ves aquí y ahora gracias a ellos.
Son unos padres maravillosos y he tenido muchísima suerte de tenerlos y contar con su apoyo incondicional.
Y sé que cuando los conozcas todo va a cambiar, pero quiero que sepas que sigo siendo este chico muerto de miedo que ves aquí. Y yo…
—No me gusta nada —lo corto.
El dolor que veo en su expresión me atraviesa de lado a lado.
—¿Qué?
—Que el miedo no te queda bien —contesto y deslizo el pulgar por su mandíbula, sintiendo su respiración acelerada, sus nervios.
—Y aun así lo llevo a cuestas, como todo el mundo.
—Pues te lo quitaré y lo llevaré yo. Soy mucho más fuerte que tú.
Él se ríe y me pellizca la cintura en ese punto que hace que dé un respingo.
—No quiero que me quites nada, idiota. Solo quiero que me veas, ¿vale? Quiero que seas capaz de mirarme a los ojos y me veas a mí. Solo a mí. Prométeme que lo harás —dice con un deje de desesperación que no entiendo y que me pone la piel de gallina.
Lo estrecho entre mis brazos y le aparto el pelo de la cara.
Tiene las mejillas sonrojadas y la preocupación pintada en todo él.
El corazón se me acelera y creo que me tiemblan las rodillas de pura impotencia.
¿Todo eso de llevar su peso por él? Lo decía en serio.
Haría cualquier cosa para que Riley estuviera bien.
Ojalá confiara más en mí, ojalá se atreviera a explicarme lo que le preocupa de verdad, ojalá.
Pero como no lo hace y yo no tengo forma de convencerlo antes de poner rumbo a Galway, lo único que puedo decirle es:
—Riley, a lo mejor te lo tengo que tatuar para que te lo creas, pero cuando te tengo delante no existe nadie más. Nadie.