30 Antes
TREINTA
ANTES
RILEY Y DECLAN
—¿Cuándo crees que se rompe la magia? —preguntó Riley aquella tarde cuando por fin pudo escaparse de la fiesta y hundió los pies en las aguas del lago.
Cumplía quince años y estaban en familia; no habían invitado a nadie más.
Él no había querido. Y aun así… se sentía exhausto.
Demasiadas miradas sobre él, demasiada atención.
Su amigo no tardó en sentarse a su lado.
Sus piernas se rozaron bajo el agua y ambos sintieron cómo la piel se les ponía de gallina, cómo el calor les burbujeaba desde dentro a pesar del frío.
Declan llevaba uno de sus cubos de Rubik en la mano, el clásico, y sus dedos volaban sobre él.
Cada vez era más rápido. Cincuenta segundos era su récord.
—¿Qué magia?
—En un romance. Ya sabes, las parejas —explicó Riley con timidez. No podía dejar de mirarse las piernas ni de compararlas; las suyas parecían pequeñas ramas raquíticas al lado de las de Declan, más poquita cosa y más blancas a pesar de que su tono de piel era más dorado.
—¡Hala, cuarenta y seis segundos! —dijo Declan, y le entregó el cubo a él como trofeo—. Ahí tienes otro regalo de cumple.
Entonces por fin miró a Riley, y vio que tenía las mejillas sonrojadas y unos ojos cada vez más tristes.
Los hombros se le encorvaban bajo esa ropa que le quedaba demasiado grande.
Declan sabía que le sucedía algo, se había pasado el cumpleaños ausente y apenas les había hecho caso a los regalos, y eso que había recibido muchos, casi todo telas para que confeccionara su propia ropa, lo único que parecía llenar de felicidad sus días.
—¿Crees que no soy capaz de armarlo?
—Sé que puedes, pero te aburre.
—¿Y a ti por qué te gusta tanto?
—Porque es como ordenar el caos con los dedos. —Declan se ruborizó y sus pecas se enfatizaron. Tenía tantas…
A Riley le encantaba tocarlas con la punta de los dedos, coger los rotuladores de colores, esos que brillaban en la oscuridad, y pintar encima de ellas. Luego apagaba la luz y lo hacía posar delante del espejo.
«Mira cómo brillas, Declan. Así te veo siempre. Las mariposas pueden ver la luz ultravioleta, por eso yo puedo verte así incluso cuando no tienes rotulador».
«¿Eres una mariposa?», le preguntaba él, pero Riley no respondía.
No sabía cómo explicarle que no, que en realidad era una oruga que aún no había terminado de crecer, que intentaba encontrarse, buscar un lugar seguro donde cubrirse en su crisálida antes de que llegara el cambio.
Pero lo sería. Algún día sería mariposa, y él seguiría brillando, y Riley lo seguiría viendo.
Declan observó cómo Riley cogía el cubo de Rubik y lo empezaba a mover.
Blanco, amarillo, rojo, naranja, verde, azul.
Tres pares de opuestos. Qué bonito era el caos, y qué fácil era para Declan ordenarlo.
En ese momento pensó que ojalá pudiera ordenar con la misma facilidad lo que fuera que llenaba la mente de Riley.
Declan sentía que el mundo se le caía encima cada vez que veía cómo se perdía en sus pensamientos.
Por eso alargó la mano y lo salpicó con el agua.
—¡No hagas eso!
—Pues espabila. ¿Qué era eso que decías de la magia?
—Hablaba del amor, tonto. —Riley lo miró a los ojos y notó esa cosa rara en la barriga que solo sentía con él.
Y el corazón, que se le volvía loco. Riley quería apartar la mirada para que su amigo no descubriera lo nervioso que se ponía, ni cómo se le enrojecía la cara, ni cómo temblaba.
Aun así…, no se movió, porque era Declan y no quería huir de él, aunque estuviera a punto de hacerlo.
¿Cuántos días quedaban? Pocos, muy pocos.
En nada, él y su familia se mudarían y no volverían a verse hasta…
Riley no lo sabía, quizá pasarían meses, quizá toda una vida—. ¿Cuándo crees que se acaba?
—¿Por qué iba a acabarse?
—Porque todo se acaba.
—Bueno, mis padres siguen juntos, y se quieren, y los tuyos también.
—Pero son… anomalías, creo, y son nuestros padres. Seguro que han tenido que pasar por cosas que jamás nos dirán, y quizá el amor que sienten ahora no tenga nada que ver.
—Bueno, todos tenemos que pasar por cosas. Buenas, malas… ¿Qué más da? ¿Tú no estás deseando que pasen?
—¿Aunque duelan?
—Hay personas que merecen la pena. Y, no sé, creo que esas personas harán lo posible para que no duelan tanto. Creo que eso es querer a alguien: dejar que la otra persona sea sin dejar de ser tú mismo. Buscar un equilibrio, supongo.
Riley lo miró. Parecía tan mayor… No sabía cuándo había pasado.
Ya lo había superado en altura, tenía los hombros más anchos, los gemelos más grandes, los brazos más fuertes.
El pelo le había crecido más de la cuenta y los mechones le tapaban los ojos cada vez que se movía.
«Qué guapo es», pensó Riley cuando Declan se volvió y le sonrió con timidez, y qué lejos empezaba a sentirse de él a pesar de tenerlo tan cerca.
Declan no podía ni imaginar todo lo que a Riley se le pasaba por la cabeza; estaba muy concentrado analizando sus propias palabras por si había dicho algo vergonzoso.
Él era así. El chico más listo de la clase, el que leía los clásicos a escondidas y luego iba a los partidos de fútbol gaélico y se comportaba como el resto de los chicos de su edad; temía que el mundo supiera que era especial.
—¿Cuándo has crecido tanto? Pareces…
—Como me digas que parezco un crío me voy a enfadar —le advirtió Declan—. Tengo quince años.
—Yo tengo quince, tú todavía tienes catorce.
Y entonces se miraron. Riley vio cómo se le encendían las pecas, una a una, pequeñas lucecitas preciosas salpicadas de rojo.
—Me gustas. —Declan meneó la cabeza y se rio con nerviosismo—. Yo… te quiero, Ro…
A Riley se le saltaron mil latidos. Le puso la mano en los labios y no lo dejó terminar.
—No lo digas.
Declan le sujetó la muñeca para apartarle la mano y volvió a sacudir la cabeza. ¿Cuándo se había vuelto todo tan complicado entre ellos? ¿Y por qué?
—¿Que te quiero? Pero si ya lo sabes.
«Ese nombre», pensó Riley. No quería que lo pronunciara, no ahora. No sabía por qué, pero todo se rompería si lo hacía. Se sentía pequeño, diminuto, y tan frágil…
—Yo también te quiero. Ojalá todo fuera distinto. Ojalá…
—¿Qué quieres que sea distinto? —Declan tomó el rostro de Riley entre las manos y le acarició la mejilla con el pulgar; qué suave era, sentía que le ardían los dedos allá donde las yemas estaban en contacto con su piel—. Esto es perfecto.
—¿Esto?
—Tú y yo. Somos perfectos, Rory.
Y ahí estaban el dolor de barriga, el escozor de las lágrimas, esa sensación de mareo, de querer arrancarse la piel, de esconderse, de protegerse.
Como una oruga buscando un lugar en el que resguardarse, así se sentía Riley.
Una oruga insignificante. Se le escapó una lágrima y Declan se la quitó con los labios.
Y se acercó más y más, y le dijo que lo quería, y sus labios se rozaron, y el miedo se fue, y su cara estaba muy cerca y brillaba.
Cuánto brillo. Qué bonito. «Ojalá no se apague nunca», pensó Riley.
Declan quiso guardar el recuerdo en su memoria y encerrarlo con candado para que nadie se lo quitara nunca. Quería recordar ese momento toda la vida.
Entonces Declan cerró los ojos y besó a Riley.
Y mientras la oscuridad los engullía y el amor les burbujeaba dentro del pecho, comprendieron que nunca volverían a sentirse así con nadie.
Riley pensó que el amor era sentir que no necesitabas caparazón, que fuese lo que fuese lo que pasara, estarías a salvo.
El amor era encontrar tu lugar en el mundo.
Declan, en cambio, solo podía pensar en parar el tiempo, y en que el beso durara para siempre. Por favor.
Luego abrieron los ojos y Declan volvió a pronunciar un nombre que no era el de Riley. Y Riley sintió que perdía el lugar al que pertenecía.