29 Riley
VEINTINUEVE
RILEY
«Nada se parece a lo que siento cuando estoy contigo, Riley».
Estoy acojonado, pero me levanto de la cama.
El cuerpo me tiembla, de miedo, de necesidad.
No, no me he corrido, y después de escucharlo…
necesito hacerlo. Necesito confiar en él, necesito que lo sepa.
No que soy una mentira, eso todavía no. Necesito que comprenda un poco mi cuerpo.
No quiero esperar a que se duerma para quitarme el calentón porque me da vergüenza decirle que no he llegado.
Quiero poder pedirle que me toque cuando lo necesito.
Y Dios, estoy ardiendo. Verlo ahí, deshacerse por mí aunque no le haya tocado ni un pelo, que me acariciase con palabras, que me preguntara con esa voz que intenta parecer dura pero está llena de calidez…
Soy un puto cobarde. Tendría que haberle respondido a todo lo que me dijo.
En su lugar me quedé callado, haciéndole pensar que sus sentimientos solo van en una dirección.
Y no es así. Tengo que dejar de mentirle o terminaré por estropear lo más bonito que me ha pasado nunca, si es que no lo he hecho ya.
Con el corazón a mil, enciendo la luz de la mesita y atravieso la habitación con torpeza y demasiada prisa.
Estoy tan concentrado en no tropezar con su ropa, que en algún momento ha debido caerse al suelo, que no me doy cuenta de que lo tengo delante hasta que me estampo contra su pecho y él me sujeta de la cintura y yo a él de los antebrazos.
—Eh —me dice, y yo me ruborizo al darme cuenta de que está desnudo de cintura para abajo, con esas piernas fuertes y esos gemelos que me demuestran lo mucho que le dio al fútbol gaélico cuando me fui del pueblo.
Aún la tiene un poco hinchada y hay gotitas de agua descendiendo por su abdomen, como si se hubiera lavado—.
No pensé que te la iba a presentar tan pronto.
Ahora mismo está en estado comatoso y no muerde nada, así que quita esa cara, por Dios.
No quiero ni saber qué cara estoy poniendo.
—Me gusta en su estado comatoso —le digo, y él se sonroja, y qué guapo está con todas esas pecas que se encienden como si le hubiera dado a un interruptor.
Baja la vista para mirarme y yo la subo.
Es diez centímetros más alto que yo y está más cachas aunque no se esfuerce tanto como yo para mantenerse en forma, pero jamás me ha hecho sentir pequeño.
Le miro los labios y él mira los míos. Y no tengo ni idea de cómo pasa, pero en nada estoy sobre él comiéndole la boca y buscando un alivio que no he alcanzado cuando estábamos en la cama porque me podían los nervios y las inseguridades y esa necesidad visceral de esconderme con la que llevo luchando toda la vida.
Necesito sentirlo contra mí. Él parece entenderlo por cómo se aferra a mi espalda con más fuerza, por cómo me empuja contra la pared, por cómo lleva las manos a mi nuca, por cómo enreda los dedos en mi pelo para adentrarse más en mi boca.
Jadeo y le rodeo el cuello con un brazo.
Él hunde los labios en el mío; me acaricia con la nariz, lame, chupa, me besa la zona sensible por detrás de la oreja y se recrea en el piercing, y yo siento que me mareo y que no puedo más.
—Declan… —gimo cuando deslizo la otra mano por su culo desnudo y lo miro a los ojos, con ganas, con miedo, con tantas cosas que no soy capaz de explicar… Dios.
Él parece volver a entenderme, porque se agacha para unir nuestras frentes y arrastra el pulgar por mi cuello con una suavidad que me hace estremecerme.
—No has llegado, ¿no?
Dejo escapar el aire que me oprime el pecho. No necesito responder.
—¿Quieres que…? —Desliza una de las manos por la cinturilla de mis pantalones y yo me encojo porque no puedo dejar que se entere así; él parece leerme y vuelve a subir la mano a mi rostro—.
Dime lo que necesitas. —Me besa la comisura de la boca.
Luego atrapa mi labio inferior con los dientes, haciendo que me tiemble todo—. Háblame, Riley.
Trago saliva. ¿Cómo no voy a enamorarme de él? No es justo que sea tan bueno cuando no dejo de mentirle.
—Bésame y… —Qué difícil es expresar con palabras lo que necesito.
—¿Te subo a mi cintura? ¿Te gustaría sentirme?
Sonrío. Ahí está él, leyéndome la mente. Otra vez.
—¿Me pongo los pantalones? —pregunta con un titubeo y la vista clavada en su polla dormida—. No quiero que te sientas incómodo ni nada…
—Quiero sentirte —murmuro con la voz ronca.
Los ojos se le oscurecen y ahí está esa sonrisa que me hace temblar.
Y entonces sí que sí, me agarra de los muslos y cuando me quiero dar cuenta estoy encima de él, con las piernas alrededor de sus caderas y la espalda contra la pared.
Me besa suave pero profundo, penetrando cada rincón de mi boca, embistiendo con la lengua al ritmo de esas otras embestidas de sus caderas contra mi sexo.
El placer es doloroso por la intensidad de tenerlo tan pegado a mí.
Jamás había estado así con alguien, tan cerca, tan profundo. Es como si…
—¿Te gusta?
—Voy a correrme. —Y es la verdad. Ya estaba a punto antes y la sensación ahora es…
increíble. Tengo el corazón a mil, las piernas me tiemblan y he empezado a sudar.
Estoy hinchado y sensible, y la deliciosa fricción de su entrepierna al impactar contra mi prótesis de manera reiterada es demoledora.
No pienso en si nota que no la tengo dura, no como él, no pienso en nada más allá del placer que me recorre desde la punta de los pies hasta la raíz del pelo.
Él no deja de embestir, ni de besarme por todas partes.
La presión de su mano en mi pelo para mantenerme el cuello estirado y lamerme la garganta consigue que termine de romperme.
Le clavo los dedos de una mano en el hombro y la otra en el culo, y me dejo llevar por los temblores y las sacudidas y el corazón que no deja de brincarme en el pecho.
Declan se aparta de mi boca para mirarme. Me mira como si fuera lo más increíble que hubiese visto nunca. Como si le importara. Como si me quisiera. Y cuando dejo de temblar y noto su dureza en mi ingle, sonríe de oreja a oreja.
—¿Podemos empezar de cero?
Y yo le digo que sí, que podemos. Por supuesto que podemos.