El lugar al que pertenezco 28 Declan #3
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28 Declan #3

—Vaaale. —Y lo hace, lo sé por el ruido del elástico de los pantalones. Al parecer, soy el único que se ha quedado en pelotas de cintura para abajo; estupendo.

—Lo haremos juntos, ¿sí? Como si tus manos fueran las mías y las mías las tuyas, ¿vale?

—Vale.

Me relajo y respiro hondo.

—Súbete la camiseta hasta el cuello y acaríciate el pecho. Quiero que recorras los tatuajes, uno a uno. Es… lo que haría yo si te tocara —confieso con cierta timidez—. Los dibujaría uno a uno con los dedos y después con la lengua. Quiero aprenderme cada rincón de tu cuerpo.

Le digo cómo hacerlo, la cadencia, dónde tocar, cómo apretar.

Y cuando advierto que está perdido en las sensaciones, lo hago yo en mi propio cuerpo.

Deslizo la mano por mi torso desnudo, bajo los dedos por mi abdomen, juego con mi ombligo.

Nuestras respiraciones se aceleran, nuestros cuerpos buscan un contacto que no llega.

—Llévate la mano a la boca y métete dos dedos —continúo cuando siento que el cuerpo empieza a arderme, y que hace demasiado calor.

Él no contesta, pero escucho el sonido de sus labios al chupar; eso me lanza una descarga directa a los huevos.

Doblo los dedos de los pies con fuerza y me estremezco—.

Llénalos de saliva y tócate un pezón con ellos.

Y después el otro. Quiero que pienses en mi lengua, en mi boca succionándolos uno a uno, en mis dientes tirando de ellos.

—Me paso la uña por uno de los míos un instante antes de darme un pellizco que me hace estremecer.

—Declan… —Gime y los dedos desnudos de sus pies rozan los míos. No me aparto y él tampoco lo hace; me acaricia la pierna con el talón y lanza otro gemido grave—. No puedo más, necesito tocarme.

—Hazlo. Yo… no voy a durar mucho —lo aviso.

Él no responde, está demasiado concentrado en su propia excitación, en rozarme la pantorrilla y en hacer que me retuerza por un placer que no me da, pero que siento como si lo hiciera.

¿Cómo es posible que esto me ponga más que todo lo que he intentado hacer este verano con gente a la que no voy ni a recordar? Gente a la que no le importo.

Bajo la mano a mi entrepierna, me envuelvo la erección en un puño y comienzo a acariciarme.

—Hazlo rápido, Riley, hazlo fuerte. Quiero sentirte.

Su respiración pesada me funde el cerebro y lo llena de luces brillantes, o tal vez tenga que ver con el hecho de que estuviera apretando los ojos con fuerza para aguantar un poquito más.

Quiero alargarlo, que me escuche deshacerme por él.

Es… como si de verdad me estuviera tocando.

Su calor me envuelve a través del único punto en que nuestras pieles se rozan.

Estamos juntos, en su cama, e imagino que lo tengo entre mis piernas, que se mueve contra mí, que me aprieta los huevos a medida que mueve la mano arriba y abajo a lo largo de mi longitud.

Me la sacudo con suavidad para evitar correrme y vuelvo a nosotros.

En mi cabeza es él quien está encima, quien me mete los dedos, quien une nuestros sexos y me hace suplicar.

La piel me hormiguea y clavo los talones en el colchón cuando intensifico las caricias y los gemidos de Riley se mezclan con los míos, provocándome deliciosos escalofríos por todo el cuerpo.

—Más rápido, Riley —balbuceo al límite de todo.

No sé cuánto más dura. Debería darme vergüenza lo rápido que va a terminar, pero es Riley, y con él estoy bien, no tengo miedo, puedo ser yo.

Y es que no puedo más.

Acelero las sacudidas, los jadeos se me escapan sin control y él no deja de tocarme la pantorrilla y los pies, solo para que sepa que está ahí, a mi lado, y que voy a llegar con él.

El pecho se me infla, incapaz de abarcar tantas cosas pero sin querer dejar ir todo lo que siento en este momento, todo lo que siento por él.

Echo la cabeza hacia atrás y me agarro los huevos con la mano libre mientras aumento el ritmo y me dejo llevar por el placer, por el modo en que se mueve y gime, por las sacudidas, por el aire cada vez más pesado a nuestro alrededor.

El orgasmo llega como Riley lo hizo a mi vida, de golpe y sin avisar.

Me corro con una intensidad que jamás he vivido, ni solo ni acompañado.

Coloco la pierna encima de la suya y se la aplasto en un intento estúpido de que sienta algo de lo que estoy sintiendo, de que me vea.

Y es una tontería, porque Riley ya me ve.

Que esté aquí conmigo, que me permita este momento de intimidad cuando está claro que le cuesta, ya me demuestra lo mucho que me ve, y lo mucho que quiere que yo también lo haga, cosa que no he dejado de hacer desde que apareció en mi vida, por cierto.

La piel se me eriza, la tensión estalla y se diluye en cuestión de segundos, y yo continúo acariciándome hasta que mi cuerpo se relaja y deja de convulsionarse. El suyo, en cambio, todavía sigue temblando cuando advierto que se queda quieto y se baja la camiseta.

—¿Has llegado? —pregunto con cautela; estoy casi seguro de que no.

—¿Alguna vez habías hecho algo así? —me pregunta casi al mismo tiempo, y los dos nos reímos.

—No, pero te aseguro que no lo cambiaría por ningún polvo. Ha sido… la mejor experiencia sexual de mi vida.

Él resopla.

—Exagerado. Seguro que con ese novio que tuviste echaste unos polvos mucho mejores.

—Solo fue uno, y resulta que no eras tú. Aunque sentía cosas por él, nada se parecía a esto. Yo… nunca me había sentido así.

Rueda por la cama para girarse y nuestros pies vuelven a encontrarse.

Bajo la oscuridad a la que empiezo a acostumbrarme, distingo que me está mirando, y eso me pone tan nervioso que aparto la vista para que no lea todo lo que estoy sintiendo, este sentimiento que no hace más que crecer y que me burbujea en el pecho.

Es… como si me fuera a estallar el corazón.

—Nada se parece a lo que siento cuando estoy contigo, Riley. Solo quería que lo supieras, pero no tienes que decir nada ni sentir lo mismo.

Nos quedamos callados. Estoy hecho un desastre y necesito limpiarme, así que le pido que no se mueva, que vengo enseguida, y salgo de la habitación huyendo de una verdad que tiene dientes y de la que ninguno de los dos puede escapar.