El lugar al que pertenezco 28 Declan #2
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28 Declan #2

Asiente. Le pido permiso para ir al baño y me tiro media vida para poder mear, porque la erección no se me baja y no puedo dejar de pensar en sus besos ni en sus gemidos.

No es hasta que el recuerdo de mi hermano me cruza la mente cuando se me va todo.

Mierda. Me digo que mañana hablaré con él, pero no ahora. Ahora solo somos Riley y yo. Por fin.

Me doy prisa en salir del baño y vuelvo a la habitación.

Él ya está en la cama, tumbado de espaldas con Haruka sobre el torso.

La gata mordisquea y atrapa sus dedos con las patitas, además de moverse a un lado y a otro como una croqueta.

En cuanto me ve, se incorpora y maúlla. Luego se lanza al suelo como si supiera que es momento de darnos espacio.

Sonrío y Riley también lo hace. Ha cerrado la cortina, así que la habitación se queda en penumbra en cuanto me meto en la cama y él apaga la luz.

Me pongo de lado y busco su rostro. Riley me coge la mano y me deja un beso en la muñeca, me acaricia con los labios y deja otro en la palma antes de morderme con suavidad.

La sensación es increíble, como un aleteo suave que me hormiguea la piel y me hace contener el aliento.

—¿Todo bien? —pregunto. Necesito saber que estamos en el mismo punto. Que quiere lo mismo que yo, que siente conmigo.

—Sí. Yo… ¿No te importa que vayamos despacio?

La ternura que me provoca su voz ronca y temblorosa me explota en el pecho, seguida de una necesidad visceral de protegerlo.

—Claro que no, tonto. —Me estremezco cuando noto el roce de su palma contra la mía, más grande y ancha que la de él, aunque también más suave. Eso me gusta.

Cuando aún vivía, mi abuela me decía que las manos decían mucho de la fortaleza de una persona, de su viaje por la vida.

Y las de Riley son fuertes, sólidas y un poco ásperas por el trabajo; me hacen sentir…

seguro. Él no dice nada, solo suspira y se dedica a acariciarme, a enlazar nuestros dedos, a apretar como si quisiera dar forma a algo que no se puede ver. Y a mí me invade un mal presentimiento.

—Dime que el capullo de tu ex no te obligó a nada.

—¿Qué? No. Claro que no. Es decir, yo… —Otro suspiro, me suelta la mano, se tapa más con las sábanas, como si quisiera protegerse, y yo solo quiero decirle que no tiene que protegerse de mí, que jamás le haría daño, no de manera intencionada, al menos—.

Bueno…, no llegó a pasar nada entre nosotros, la verdad.

Me refiero a nada más allá de los besos y el sobeteo.

Asiento y me dedico a acariciarle el brazo.

Apenas veo su silueta, pero me lo imagino con una nube negra danzando sobre su cabeza, como esas que se usan en las viñetas de los cómics a veces, llenas con cosas que quiere decirme pero no sabe cómo.

Desde que lo conozco me ha parecido que hay un mundo dentro de él que solo comparte con las personas a las que quiere, a las que elige.

Y yo solo deseo ser esa persona a la que elige. Quiero que me elija, por favor.

—¿Declan?

—Mmm. —Deslizo el dedo por donde creo que están sus tatuajes, les doy forma y siento cómo se le eriza la piel, cómo se despierta; casi puedo ver pétalos que se mueven, alas que se abren, que alzan el vuelo, que son… libres.

—Nunca he llegado hasta el final con nadie. No sé lo que es estar desnudo con otro chico y te mentiría si te dijera que no me da miedo. Necesito saber que voy a estar bien. Y quizá no me entiendas, pero… no siento como otras personas.

—No eres como otras personas. No eres como nadie.

Solo eres tú. Además, ¿tú me has visto? Yo tampoco siento como los demás.

En mis veintidós años, solo he sentido algo físico por tres personas, y dos de ellas me dejaron tirado.

—No le digo que vi a mi ex hace unos días en el pub, que hablamos, que fue incómodo; tampoco le digo que sé que él también lo vio, y que sabe quién es porque Shay se lo contó.

Y no se lo digo porque no quiero hablar de él, ni de…

ella. No me interesa nadie más que nosotros—.

El tercero está aquí, y resulta que me encantas, Riley.

—Eso ya lo has dicho.

—Y pienso repetirlo hasta el cansancio, cada puto día si hace falta. Tu piel por fuera me encanta, pero lo que más me gusta es lo que veo a través de ella. ¿Comprendes?

—¿A través de ella? —Se ríe—. ¿Quién eres, Superman?

—Ojalá. Si lo fuera estaríamos en el aire. Te lo haría allá arriba, en el cielo, mientras me besas como hiciste antes. Uf, fue increíble —digo, y él se echa a reír—. Ni cuando gané el campeonato nacional de speedcubing hace tres años sentí tanto, y te juro que casi me muero.

Una risa suave, un apretón en la mano.

—Espera, ¿qué? ¿Ganaste el campeonato de cubo de Rubik? ¿En serio?

—No es para tanto. Llevo practicando desde los cuatro años. Algún día tenía que pasar. —Le pellizco la nariz—. Mañana te lo enseño, lo tenemos grabado.

—Vale. Qué fuerte —dice con una emoción que me infla el pecho.

Luego vuelve a enlazar nuestros dedos y tarda una eternidad en pronunciar las siguientes palabras—: Entonces…

, ¿no crees que soy un bicho raro? Sería lógico que lo pensaras.

Richard también lo pensaba hasta que… —No termina la frase y a mí me dan ganas de darle un puñetazo al puto Richard, y a la puta vida, por hacerle creer algo así.

—Te lo repito, por si se te vuelve a olvidar: soy el tío que buscaba tener sexo con desconocidos para intentar sentir algo, el tío raro al que ni se le levanta.

Soy la comidilla del pueblo, y todo porque no quería asumir que sentía distinto.

Si hasta me negaba a ir a terapia. Si hay un bicho raro aquí, soy yo.

—A mí me gusta quien eres.

Sonrío. Es que me putoderrito.

Busco a tientas su rostro con la mano y lo sujeto de la nuca para besarlo.

Lo beso hasta que solo se escuchan nuestros jadeos, y los ronroneos de Haruka, que duerme sobre la silla al otro lado de la habitación, y el rugir del viento seguido del arañazo de las ramas en la ventana.

Cuando Riley me muerde el labio inferior y empuja la lengua por mi paladar, vuelvo a excitarme, y a buscar la fricción con su cadera, y a gemir en su boca.

Entonces lo noto tensarse y respirar profundo.

—Tranquilo, no voy a hacer nada. Iremos todo lo despacio que necesites. No tengo nada de prisa.

—Pero… ¿quieres que yo…? —Baja la mano a mi bragueta y yo lo detengo sujetándolo de la muñeca—. No me importa, Declan.

—Pero a mí sí. El día en que me toques, quiero poder devolverte el favor.

—No es ningún favor, idiota. Quiero tocarte.

—Y yo me muero por que lo hagas, pero no hoy.

—Me muerdo el labio inferior y se me ocurre una idea tonta que ya no hay manera de que se me vaya de la cabeza.

Así que se lo suelto, sin más—: Podríamos…

hacerlo. Me refiero a tú en ese lado de la cama y yo en este. Con la luz apagada, si te da vergüenza.

—¿Quieres que nos hagamos una paja, como esas que se hacen los chavales en las pelis?

—No solo pasa en las pelis —replico recordando las acampadas y esas pajas que solían hacerse los chicos cuando estaban juntos y de las que yo me escapaba porque no me ponía nada y me moría de la vergüenza—.

En la vida real también se hacen, ¿eh? Aunque yo siempre fui un bicho raro y más que ponerme palote me causaba pavor.

Su risa me calienta el pecho y otra parte del cuerpo que necesito aliviar.

—¿Y conmigo sí quieres?

—Tú me pones —admito—. Ya has sentido cuánto me pones.

Las ganas de encender la luz para ver cómo se ruboriza son enormes, pero me contengo. Quiero respetar sus tiempos, así que no pienso insistir si no me contesta. Ya se me bajará, o quizá pueda irme al baño y terminar solo. Sí, sería lo mejor.

—Oye, olvídalo, ¿vale? Voy un momento al baño y vuelvo enseguida. Es que así no podré dormir.

—Vale —dice, y, al ver que voy a levantarme, me sujeta de la manga de la camiseta y me empuja de nuevo contra el colchón—. Vale a que me parece bien que nos corramos juntos. Pero tienes que prometerme que no me vas a mirar.

—¿De verdad necesitas que te lo prometa?

Casi puedo ver su sonrisa atravesar las capas de oscuridad.

—No. —Y no es un «no» de esos que se dicen por decir.

Es un «no» que asegura que confía en mí.

Eso me hace sentir enorme y diminuto, y ponerme un poquito más cachondo.

Y sí, esto no trata solo de sexo, pero también hay de eso, y es la primera vez que siento tanto por una persona a todos los niveles.

Me aparto de él para dejarle espacio y giro el cuello para hacerle la pregunta del millón:

—¿Puedo quitarme los pantalones o prefieres que me los deje puestos? Lo digo porque probablemente suene mucho y… —Vale, me estoy poniendo rojo, y él se está riendo de mí. Una risa ronca que se me pega—. No te rías, es una pregunta seria.

—¿Te das cuenta de que el ruido del que hablas solo me pondrá más cachondo?

El deseo se tensa más en mi interior, me baja por las piernas, me explota en las pelotas. Eso que dije antes sobre que es mejor que ganar una competición… iba en serio. Con Riley siento una euforia distinta, algo que no sé describir.

—Vale, pues me lo tomo como un sí.

Y sin más, me deshago de los pantalones y los calzoncillos y llevo una mano a mi durísima polla. Pero entonces lo siento moverse y suspirar y creo que ya ha empezado y me pongo nervioso porque no quiero que termine, lo cual es absurdo cuando se supone que nuestro fin se reduce a eso: terminar.

—¿Riley? —Más ruido, más nervios que se me acumulan en la tripa—. ¿Ya te la estás cascando?

Otra risa ronca.

—Esto se te da de pena, Declan. Te voy a dar un premio al mayor cortarrollos de la historia.

No le hago caso.

—¿Podemos ir a otro ritmo? No quiero que te corras tan pronto.

—Suelo tardar, no te preocupes por eso. Espera, ¿tú ya estás a punto?

—¿Puedes, por favor, apartarte la mano de los huevos? —le digo en un tono un poco demasiado alto.

Riley se echa a reír.