28 Declan
VEINTIOCHO
DECLAN
Desde luego, enseguida llego. Como un rayo.
Como Flash, que de tan rápido que va por la vida nunca he conseguido tragarme al personaje, y no será porque Shay no lo haya intentado.
He leído sus cómics hasta el cansancio, pero, mientras el pobre Flash viajaba a una velocidad mayor que la de la luz (nunca supe qué velocidad era, si es que había alguna en concreto), yo me quedaba dormido, así, literal.
El caso es que llego lanzado, pero me quedo ahí, en el borde de la ventana.
Ni siquiera soy capaz de disfrutar de las vistas: Riley con los brazos al aire, los labios del color de las cerezas maduras, los ojos llenos de…
¿deseo? Joder, sí. Me desea. Este chico que es un sueño me desea.
A mí. Y yo solo puedo mirar hacia la ventana de enfrente y evitar caerme de la impresión.
Porque ahí está mi hermano, sacándole a Shay la polla de los pantalones.
Y no sé quién se pone más rojo, si Riley o yo, pero no puedo apartar la mirada.
Estoy contemplando un accidente de los que se te quedan clavados en las retinas.
Por Dios, qué asco. Adiós a la erección dolorosa con la que intentaba lidiar. Es que se me ha encogido de golpe.
—Te diré una cosa, solo para que quede constancia…
—empiezo a decirle a un Riley cada vez más avergonzado; un breve vistazo y ahora veo el culo de mi hermano ahí, al cien por cien.
El muy capullo apenas pisa el gimnasio y tiene mejor cuerpo que yo.
No hay derecho. Me planteo la posibilidad de taparle los ojos a Riley, que las comparaciones son odiosas y seguro que se espera que la genética haya sido igual de generosa conmigo.
Espóiler: para nada—. Si habías cambiado de opinión sobre lo de conocernos en profundidad esta noche, por debajo de la ropa, digo, te advierto que ahora mismo la tengo chiquitita.
Vamos, como la pasta en forma de caracola que hace mi padre, pero sin cocer, que es peor.
Detenido a unos centímetros de la ventana (y de mí), Riley se dedica a mirarme como si me hubieran crecido tres cabezas. A lo mejor es verdad, ver a mi hermano en ese plan causa traumitas.
—Dime, por favor, que no has tenido que ver esto todas las noches que me he liado con tíos.
—Y con tías. —Carraspea cuando la voz le sale demasiado ronca—. Él al menos cierra la cortina. —Señala cómo uno de los dos, mi hermano, creo, nos tapa las terribles vistas—. A ti te iba el morbo.
—En realidad me ibas tú —admito, y Riley eleva las cejas—. ¿Me crees si te digo que me ponía más saber que tú me estabas mirando que lo que estaba pasando con quien quiera que estuviera pasando?
La sonrisa que se le forma en la comisura de la boca es diminuta, pero la veo y la siento en todo el cuerpo. Vale, quizá todavía haya esperanza para mi micropene en suspensión.
Me impulso sujetándome del marco y consigo entrar en la habitación.
Me quito los zapatos y los calcetines mientras Riley me observa.
Lleva uno de esos pantalones ochenta tallas más grandes que suele ponerse cuando está en casa, camiseta sin mangas, el pelo recogido en una coleta de la cual se salen cientos de mechones que se le deslizan por la cara y el cuello.
Un cuello precioso que quiero recorrer con lengua y dientes.
—Hola —digo, y avanzo hacia él muy pero que muy despacio.
—Hola —dice. Mete las manos en los bolsillos y levanta el mentón como si me desafiara. Y resulta que a mí me encanta la idea de desafiarlo todo para llegar a él.
Me fijo en la tensión de sus brazos, en el movimiento de la cadena que lleva al cuello y que le roza las clavículas marcadas que también necesito lamer.
Dios. Quiero lamer cada parte de este chico, quiero llegar donde quiera que me deje llegar y quedarme ahí, perdido en lo que siento.
Estoy putoperdido por él y resulta que me gusta.
El rubor en su rostro no tarda en aparecer a medida que me acerco más y más.
Es tan evidente…, le llena las mejillas, el cuello, las orejas y parte del pecho.
Nuestros pies se rozan, los suyos llevan calcetines abrigados con estampado de gatos que se parecen mucho a la que ahora se me enrosca por la tela de los pantalones.
Sonrío y me agacho. Me la coloco sobre el hombro para darle un beso y acariciarle la cabeza.
Ella ronronea y maúlla y se remueve hasta que la dejo de nuevo en el suelo.
La dulzura que irradia Riley al ver lo bien que me llevo con la gata me llena el pecho de cosas que no quiero evitar por nada del mundo.
—Me encantas muchísimo.
—No me digas... —La trémula luz de la lámpara se derrama sobre su rostro, pequeñas motitas doradas aquí y allá, creando un efecto como el de esas manchitas que tienen las mariposas que cataloga su padre.
Y pienso en que, si tuviera que elegir una entre tantas, él sería mi favorita.
Todavía tiene las manos en los bolsillos, pero ahora las cierra en dos puños.
Me inclino más sin perder detalle de sus expresiones y estiro los brazos.
El espacio entre nosotros se acorta. Le saco las manos de los bolsillos, despacio, le abro los puños, enlazo sus dedos con los míos.
Los suyos están fríos, y creo que tiembla, quizá de frío, quizá de nervios.
No lo sé, pero pienso averiguarlo. Veo cómo traga saliva, cómo abre los labios, cómo acepta mi cercanía.
Le gusta. Lo sé porque brilla más que esas luces de discoteca que tanto fascinan a Shay y con las que ha cubierto una parte del pub aun sabiendo que su hermano se pondría como una moto porque no quiere que el local sea más que un hogar tranquilo para la gente del pueblo.
—¿Te molesta que haga esto? —pregunto mientras deslizo los pulgares por sus muñecas, sintiendo su pulso acelerado, su respiración cada vez más…
ansiosa. Un terremoto se desata dentro de mí cuando le rozo la mejilla con la nariz y continúo hacia su cuello, donde deposito un beso que le arranca un suspiro.
—No —contesta con un hilo de voz e inclina la cabeza para darme mejor acceso, para que deje un camino de besos hacia su hombro. Huele a sueños que quiero que cumplamos juntos, a cosas que me hacen sentir… en casa.
Le suelto una mano y deslizo el tirante de la camiseta hacia un lado para dejarle la clavícula al descubierto y acceder a su piel, a una mariposa azul encogida que despierto con la punta de la lengua.
Ulises, quizá, o morfo azul de Cramer. Arrastro la nariz por su cuello, le beso la zona sensible por detrás de la oreja y noto su escalofrío cuando le tiro del piercing primero con los labios y luego con los dientes.
Él suspira, me agarra de la cintura con la mano libre y me atrae hacia él; también me aprieta la otra mano.
Me acerco aún más hasta que nuestros cuerpos se unen y alzo el rostro para mirarlo a los ojos.
El verde se le ha oscurecido y siento que todo está bien, que estamos bien, que esto está pasando y que él quiere que pase a pesar de lo nervioso que está.
Porque quiere, ¿verdad? Por si acaso, se lo pregunto.
Sé lo que es que te arranquen cosas que no quieres dar (mi segundo beso, y el tercero, y la primera vez que alguien me tocó, en una fiesta, cuando no sabía ni lo que estaba pasando) y yo no quiero quitarle nada que no quiera darme.
—Voy a besarte. ¿Te parece bien?
Su respuesta es soltarme la mano, agarrarme de la nuca y besarme él.
Su calidez me explota en el paladar. Gimo al contacto de nuestras lenguas, que se empujan y se enlazan mientras buscamos estar más y más cerca.
Lo beso con un hambre que no sabía que tenía, pero que lleva dentro de mí toda la vida.
Y es un beso torpe, por las prisas, por cómo nos late el pulso, por nuestros cuerpos que no dejan de temblar.
Él me agarra de las caderas. Yo deslizo una mano por debajo de la tela de su camiseta para sentir la calidez de su piel.
Le quito el elástico con la otra, enredo los dedos en su pelo y se estremece cuando tiro con suavidad.
Riley arquea la espalda y cuela las manos bajo mi camiseta como he hecho yo con la suya, buscando piel.
No dejo de tocarlo mientras lo beso más profundo, me trago sus gemidos y le entrego los míos, más sonoros y desesperados.
Nos apretamos más, nuestros cuerpos encajan, le rozo la cadera con mi erección, la entrepierna con mi muslo, presionando, haciéndolo estremecerse.
Y todo está bien. Tantos años intentando encontrarme y lo hago aquí, en este chico que apareció de la nada y se coló en mi vida, en mi corazón y en mi hogar.
Nos besamos durante una eternidad, hasta que nos duelen los labios y tenemos que separarnos para respirar.
Luego nos miramos y sonreímos con una timidez que no encaja con la necesidad con la que nos hemos devorado.
Tengo la piel de gallina, la polla durísima y el corazón a nada de escapárseme del pecho.
—Te deseo —susurro contra sus labios, deslizando el pulgar por su mandíbula—. ¿Te das cuenta de lo que significa?
Él traga saliva, la nariz se le enrojece, los ojos le brillan.
—No me lo merezco.
Meneo la cabeza. Qué gilipollez más grande.
—Claro que sí. Tú te lo mereces todo. —Le levanto la barbilla y lo beso con suavidad en los labios—. Todo, Riley.
Él niega, pero suspira y vuelve a besarme con más ansias, con más prisa. Y comprendo que le pasa algo, que solo quiere olvidar en mi boca. Y, joder, yo no quiero que olvide. Quiero que esté, simplemente.
—Eh —me separo con cuidado y lo miro a los ojos—, no sé a dónde te has ido, pero vuelve conmigo, ¿sí?
La sonrisa que me dedica me hace querer ponerme de rodillas y prometerle el puto mundo entero.
—Estoy contigo.
—Bien, pues vamos a la cama.