El lugar al que pertenezco 26 Declan
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26 Declan

VEINTISÉIS

DECLAN

Riley está huyendo de mí. No sé en qué momento ha pasado ni cuándo me doy cuenta.

Por las noches ya no me espera en el alféizar antes de acostarse, a veces incluso cierra la ventana para que no entre, lo que me provoca una punzada desagradable en el pecho.

Cuando estamos en el taller o en mi casa, guarda las distancias, evita mirarme, se esconde.

Y así pasan tres días. Y yo no tengo ni idea de qué hacer al respecto.

No lo entiendo y tampoco sé si quiero saberlo.

En realidad, me imagino lo que sucede: aún quiere a su ex.

No puedes mirar a alguien cuando tu atención todavía está puesta en el pasado, en otro cuerpo, cuando tu corazón no te pertenece. Y, joder, duele. Muchísimo.

Quizá por eso me bebo un par de copas de más cuando acabo el turno en el pub y Shay tiene que llevarme a casa.

Quizá por eso dejo el orgullo y el dolor aparcados junto a mis miedos y abro con la llave de repuesto.

Quizá por eso subo por las escaleras semioscuras y me cuelo en su habitación en el mismo instante en el que él se sitúa delante de la cama y deja caer la toalla en el borde.

Me quedo sin aire. Ahí está el zorro de nueve colas; se desliza por su cintura, por sus omóplatos, baja por su columna, se enrosca en torno a sus hombros.

Ahí están las mariposas, ahí están todas esas palabras.

Y su culo, redondo y musculoso, sus piernas fuertes, sus gemelos.

La piel le brilla y tiene el pelo recogido en una coleta.

Las gotas le caen por el cuerpo, pequeños remolinos que quiero beberme a sorbos.

Se me pone dura al instante y a punto estoy de caerme cuando la gata se mueve entre mis piernas y maúlla.

Entonces Riley repara en mi presencia y se tensa como un cable roto al contacto con el agua.

Se mueve con rapidez para coger la toalla del suelo y se envuelve con ella.

Luego se gira hacia mí, con esa cara roja, y esos labios brillantes y mordidos, y esos ojos que son hogar pero también un rayo de furia que me lanza sin control.

—¿Qué cojones haces aquí?

—Venía a verte.

—Bueno, pues ya me has visto. Ahora lárgate. —Se echa el pelo hacia atrás con rabia y se coloca mejor la toalla, como si odiara la idea de que lo viera desnudo.

Me acerco, él retrocede como si fuera… Como si yo fuera… Me quedo paralizado. ¿Qué cojones cree que voy a hacerle?

—¿Tienes miedo de mí o qué?

—Quiero que te largues de mi puta habitación, donde nadie te ha invitado.

Retrocedo. El golpe es duro, y me dejaría caer al suelo si no tuviera tantas ganas de alejarme, de dejarle el espacio que me está pidiendo.

No sé cómo cojones sentirme cuando se tapa un poco más y se da la vuelta para no mirarme.

Lo único que sé es que me duele el corazón, que la polla me palpita y que necesito correrme.

Y no debería, porque estoy sin aliento, y enfadado, y confundido, y no entiendo cómo puedes sentir deseo, enfado y dolor a la vez.

Pero resulta que tengo un cuerpo que no entiendo ni soy capaz de controlar.

Me voy por donde he venido y subo corriendo a la habitación de invitados, donde duermo desde que ella se marchó. Cierro con llave por si a mi hermano le da por entrar y me meto en la cama con el bote de lubricante.

Me quito la ropa, prenda a prenda, como si fuera un ritual de apareamiento y no mi necesidad de buscar un alivio que se me niega constantemente. Me acaricio los pezones, deslizo los dedos por mi torso, por mi ombligo, y desciendo entre los muslos hasta dar con mis huevos, hinchados y duros.

Cierro los ojos.

El mero roce del antebrazo en mi erección me hace clavar los talones contra el colchón y subir las caderas. Me embadurno los dedos de lubricante porque no puedo más, me envuelvo la polla en un puño, la sacudo, y, entonces sí, suspiro hondo y comienzo a acariciarme.

Rápido, muy rápido.

Sigo enfadado y dolido y demasiado excitado. Gimo y muevo las caderas al ritmo de mis giros de muñeca mientras me aprieto los huevos con suavidad con la otra mano.

Pienso en él, en esa manera que tiene de mirarme, en sus labios gruesos y sonrosados, en su voz ronca, en su calor. Pienso en su boca abarcándome, gimiendo, lamiendo, la punta chocando contra su garganta, deslizándose por su paladar.

Me masturbo como si el mundo fuera a acabarse y solo estuviéramos nosotros, un chico que se esconde y otro que solo quiere que lo mire.

Y cuando me corro, lo hago con la certeza de que esto es lo que se siente cuando conectas con alguien, esta liberación, esta puta agonía.

Todo eso que pensaba que jamás volvería a sentir por nadie.

Y lo hago por un chico que no quiere estar conmigo, un chico que ni siquiera me ve.