24 Riley
VEINTICUATRO
RILEY
Emily me convence para que me tome el día libre, porque trabajo mucho, porque necesito despejarme la cabeza, y porque ha hablado con mi madre y las dos están preocupadas.
Todo eso y más. Me hace entrar en su despacho del taller y nos pegamos una videollamada de una hora en la que mi padre se dedica a hojear un ensayo sobre algo relacionado con la ansiedad en la cirugía y mi madre resuelve un sudoku y nos hace mil preguntas.
Siempre se le ha dado fatal, pero finge que no mientras los demás le resuelven las dudas.
Esa es mi adorable familia. Los quiero con locura.
Cuando se cansan de hablar de ellos y de mi salud, pasan al tema que realmente les interesa: Declan.
Los comentarios van del «¿cuándo se lo vas a decir?
» al «no puedes esconderte eternamente» y al «no has dejado de demostrarnos lo valiente que eres, puedes con todo lo que te propongas».
Y yo quiero responder, de verdad que sí, pero es que no me sale la voz.
¿Cómo decirles que no es falta de valentía sino miedo?
Y no miedo a dejarme ver, sino otro más feo: miedo a decepcionarlo.
Porque le he mentido, llevo demasiados años ocultándome, silenciándonos.
Y ahora que conozco al chico en el que se ha convertido me doy cuenta de que me habría aceptado, lo habría hecho sin dudarlo, y yo…
no he confiado en él. Y me siento fatal.
Por tener miedo, por ser cobarde, por no ser yo mismo con él cuando él siempre lo ha sido todo conmigo.
Lo más duro llega cuando Emily me dice lo peor que se le puede decir a una persona que se siente culpable: «Cielo, sabes que él te lo perdonaría todo, solo tienes que ser sincero».
Lo sé, joder. Lo sé. Y eso es lo que más me duele.
A la mierda.
Ese día decido hacerlo. Se lo diré. Y él me perdonará por todo este silencio, por esta nada.
Lo hará porque me quiere. Me quiso cuando no era yo y me quiere ahora que sí lo soy.
No me lo merezco, pero lo hace. Y sé que esto que ha empezado a florecer entre nosotros, esta amistad bonita, solo puede crecer y crecer y no debe hacerlo sostenida en una mentira.
No puede. Necesito decírselo. Solo tengo que mirarlo a los ojos y…
Salgo del taller sintiéndome como un cubo de esos que tanto le gustan, de los que tienen modificaciones y dan dolor de cabeza de solo mirarlos, y cojo el coche para dirigirme a casa.
Según Emily, Declan está en la suya ayudando a su padre con algo.
Es uno de esos días de agosto donde parece verano de verdad, con ese cielo despejado pintado de azules y naranjas parecido a los cuadros de Dalí que hay en mi casa de Galway, y ese calorcito que se te pega a la piel.
Me muero por bañarme en el lago. Sé que Declan lo hace casi todos los días, pero por nada del mundo puedo dejar que me vea desnudo antes de contarle la verdad.
A veces me asomo a la ventana y observo cómo se quita toda la ropa y corre con el culo al aire para lanzarse de un tirón. El agua del lago siempre está fría y es la única manera de no arrepentirte a mitad de camino. ¿Cuántas veces lo hacíamos de críos? ¿Cuántas?
Suspiro y me doy cuenta de que lo tengo delante cuando salgo del coche y él se dispone a entrar en el suyo, aparcado justo al lado.
—¿A dónde vas? ¿Te toca trabajar en el pub? —pregunto, un poco demasiado ansioso porque no contaba con que se fuera y eso desbarata mis planes de contarle la verdad.
—No. Sí. —Titubea—. El pub, eso es.
Enarco las cejas. Él ni siquiera me mira.
Está… raro. Y más arreglado que de costumbre, con unos vaqueros claros y una camisa blanca remangada hasta los codos con los botones abiertos a la altura del pecho.
Y no es que le esté mirando la piel pálida y llena de pecas por detrás de la tela, ni la manera en que tensa los brazos cuando se mete las manos en los bolsillos de puro nerviosismo, es que está guapísimo.
El pelo le ha crecido desde que llegué, y los mechones oscuros le caen sobre los ojos ahora sí y ahora también.
—¿Estás bien?
—Claro. —Se aparta el flequillo con la mano—. Es que llego tarde. Nos vemos luego, ¿vale?
Y, sin mirarme ni una sola vez, se mete en el coche y yo me quedo ahí sin saber qué decir. Porque no es verdad que vaya al pub, no es verdad que llegue tarde a donde sea que vaya. Sé reconocer una mentira. Digamos que soy un experto en ellas.
—Vale —contesto bajito, más para mí que para nadie. Luego desaparece y yo me quedo ahí, aliviado porque la verdad sigue siendo solo mía y confuso porque no tengo ni idea de lo que me esconde.
Solo para cerciorarme de que no estoy paranoico, me presento en el pub un rato después.
Shay me saluda con un abrazo y me avisa de que hay fútbol gaélico y que en nada esto se llenará de gente.
Me va a servir una cerveza, pero le digo que no bebo alcohol y me pone un zumo de frutos rojos.
Puede que tenga momentos de debilidad, pero nunca me ha gustado demasiado beber, y menos desde que supe que los excesos no eran buenos con mi tratamiento hormonal.
Además, odio lo que el alcohol hace con las personas, la fuerza que les da y lo rápido que se la quita.
Y me reafirmo en cuanto veo a Liam en una esquina de la barra.
No debería acercarme a él; me lo digo y me lo repito.
Liam Molony me odia. Conoce mi verdad y lo que le estoy haciendo a su hermano.
Lo sabe todo y no ha dicho nada. Y eso me sorprende y me aterra al mismo tiempo.
Es… como una granada lanzada al aire que en cualquier momento puede estallar por los aires.
Aun así, planto el culo en el asiento a su lado y contengo el aliento.
Él se gira. Me mira como si fuese un ser horrible.
Se parece a su hermano en la forma de la mandíbula, y en los ojos oscuros, y en el cuerpo, aunque el de Liam es un poco más grande y musculoso, y su piel es menos pálida.
Pero él carece de pecas, y sus labios son un poco más finos, y su sonrisa no es igual de bonita que la de Declan.
Que sí, que está bueno y probablemente sea un rato más guapo que su hermano, pero es que a mí me gusta el hermano en cuestión.
—¿Qué haces aquí?
—Iba a tomarme esto y pensé que necesitabas compañía. —Elevo el vaso antes de dejarlo a mi lado sobre la barra.
—No la necesito, te puedes ir.
Le dedico una sonrisa pequeña. Me pueden los nervios, pero mantengo mi posición.
—¿Quieres que te lleve a casa?
—¿Te gusta Shay? —suelta Liam sin venir a cuento.
Meneo la cabeza. Desvío la vista hacia Shay, que se ríe con algo que le dice un grupo de clientes mientras les sirve varias jarras de cerveza. Su hermano, el rubio buenorro con pintas de malote, le dice algo al oído cuando pasa por detrás.
—¿Qué mierda de pregunta es esa?
—Solo quiero saber cuánto le va a doler.
Ya no solo mentirle sobre quién eres. Es que si encima te lías con Shay…
—Resopla y puedo oler todo el alcohol que ha consumido; arrugo la nariz sin disimulo, pero dudo que se dé cuenta de por qué lo hago—.
Están muy unidos desde que te fuiste y se hicieron amigos en el instituto.
Lo sabrías si hubieses estado aquí. —Levanta el índice de una manera que tengo que echarme hacia atrás para que no me lo meta en la nariz—.
Si te lías con él, lo matas. ¿Comprendes lo que quiero decir?
—Vale, lo pillo. Y para tu tranquilidad, no tengo intención de liarme con Shay —le aseguro, cosa que es verdad; en ningún momento he mirado al chico de esa manera, y dudo que él se sienta atraído por mí—. Mira, puedes insultarme, si quieres. He estado esperando a que lo hagas.
—No pillas una mierda. Y no me sale de los huevos insultarte.
Lo que quiero es que le digas la verdad.
Quiero que dejes de mentirle. Él no se lo merece.
—El golpe sobre la barra me hace dar un respingo, a mí y a los chicos que tenemos a cada lado; incluso el hermano de Shay se detiene delante de nosotros para comprobar si está todo bien y no se va hasta que Liam le dice que sí con un gesto—. No te mereces a Declan.
Abro la boca para explicarle que hoy, justo hoy, he estado a punto de hacerlo, que estaba decidido, pero las palabras se me atascan al comprender que no sé cómo dirigirme a este chico.
En el pasado no tuve una relación demasiado estrecha con Liam, aunque me tratara con el mismo cariño con que trataba a su hermano, y abrirme en canal con desconocidos nunca ha sido lo mío.
Es como si me borraran algo tan básico como es el habla.
Liam menea la cabeza y se inclina hacia mí.
—Mira, sé que lo pasaste mal. Y sé que mi hermano era un niñato estúpido y que no veía más allá de sus huevos.
Pero… ¿sabes cuánto te lloró? No, no tienes ni idea.
—Su aliento a cerveza tostada lo llena todo cuando me acerca la cara, pero esta vez no me muevo; el dolor me paraliza, el suyo, el mío y el de Declan; sobre todo el de Declan—.
Se pasaba horas encerrado en su habitación escribiendo cartas que mamá enviaba y que nunca recibían respuesta.
Tuvo que ir a terapia, renunció a muchísimas cosas porque estaba triste o no tenía ganas.
Lo único que parecía hacerlo feliz era su obsesión por ser más rápido resolviendo cubos de Rubik, y también los libros deprimentes que sacaba de la biblioteca.
—Coge la jarra y se bebe un trago; yo ni siquiera pestañeo hasta que continúa—: Sé que te han robado mucho, que tu vida no ha sido fácil, pero tú le has robado su adolescencia.
Mi hermano tiene veintidós años y no sabe quién es.
No es capaz de entrar en su cuarto y tirar todo eso que tanto daño le hace.
Te quiere. Quiere a una chica que ya no existe.
Y quiere a este chico que tengo delante y que es un puto cobarde.
Inspiro, exhalo. Tengo una bola en la garganta, los ojos me escuecen, el aire parece irse, el ruido de la sala me retumba en los oídos y él está demasiado cerca. Estoy pero no estoy; así de raro me siento, así de perdido.
—Yo… —Intento hablar, pero las palabras se me atascan otra vez.
—Te he visto con mi madre, y con mi padre.
Y veo cómo te comportas con mi hermano. Mira, sé que eres un buen tío, y no te guardo ningún rencor, ¿vale?
A mí también me dolió que te fueras. Fue un golpe para todos —admite con un tono que me pellizca el corazón—.
Pero necesito que le digas la verdad. Él se merece saberlo.
Se merece dejar de echarte de menos. Joder, todo el mundo se merece ser feliz, y mi hermano más que nadie.
Es… demasiado bueno. Si alguna vez te importó aunque sea un poquito, tienes que dejarlo libre.
Libre. Libre. Libre.
—Él… ya es libre —digo casi sin voz.
—Los dos sabemos que no. Seguirá viviendo encerrado en una mentira hasta que decidas abrirle la jaula y dejar de ser un cobarde. Pero qué sabré yo, si nunca he conocido un amor así. —Su risa suena gutural, falsa, desgarradora—. Todos sois iguales, ¿sabes?
—¿Todos?
—Los tíos como tú. Guapos por fuera, vacíos por dentro.
Me quedo sin palabras. Veo cómo se lleva la cerveza a la boca y se la acaba de un trago largo. Luego se va y yo me quedo ahí, con todas mis mentiras y toda su verdad.