El lugar al que pertenezco 23 Declan
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23 Declan

VEINTITRÉS

DECLAN

—¿Cuál es tu lugar favorito del mundo? —le pregunto a Riley la noche siguiente, cuando lo llamo por teléfono al llegar a casa y le cuento lo mucho que le ha gustado a Shay la camiseta que diseñó y confeccionó para mí: una con el cubo de Rubik más caótico de la historia de los cubos de Rubik.

El mejor regalo de cumpleaños de mi vida.

Me apoyo en la ventana de mi antigua habitación, donde me he encerrado solo para poder verlo desde el otro lado.

Pasan las ocho de la tarde y todavía quedan unas horas de luz.

Lleva un pantalón corto negro con una de esas tantas camisetas sin mangas ocho mil tallas más grandes que le gusta llevar dentro de casa.

Los músculos se le tensan cuando Haruka salta y él se la coloca sobre el pecho, acercando la cara para acariciarle la nariz con la suya.

—Si te lo digo, tendría que matarte.

—Prefiero que me beses. Puedes matarme a besos, si quieres. A mí no me importaría.

Y da igual que intente ocultar su sonrisa detrás de la gata, porque la veo.

—Calla, anda.

Me río y me cambio el teléfono de mano para girarme.

—Vale, te dejo que te guardes el secreto, por ahora. ¿Quieres saber cuál es el mío?

—Sí.

—Pues ven. —Le señalo el lugar justo debajo de mi ventana—. Venga, anda. Por una vez que lo hagas tú no te vas a morir.

—Creo que aquí el peligro eres tú —replica.

—¿No quieres conocer mi lugar favorito del mundo entero? —Nada más preguntar, dejo el móvil sobre la mesa, apago la luz y empiezo a bajar por la ventana hasta detenerme junto a la valla.

Estiro el cuello y sonrío cuando nuestros ojos se encuentran. Nos miramos, nos sonreímos. Un momento después, sé que se ha rendido.

—Ya voy. Bajaré como una persona normal —me dice a gritos y sale disparado de la habitación.

Un minuto después, aparece por la puerta y lo ayudo a cruzar a mi lado del jardín.

Me sigue por el camino arbolado que lleva hasta el lago y tomamos el desvío para dejar atrás el rosal de mi madre, así como la piscina vacía y tapada con el cobertor.

Riley se tropieza con una piedra y yo lo sujeto de la mano para terminar de hacer el trayecto.

Se me eriza la piel y noto que él se estremece, pero me aprieta los dedos como si me diera permiso.

Las nubes apagan el cielo, pero la iluminación es bastante buena.

Abro la verja del jardín anexo, donde tantas veces jugamos mi hermano y yo de niños, y lo llevo hasta la cama elástica.

Enorme. Mía. Un regalo de cumpleaños que me hicieron poco después de que Rory se fuera y mis días se llenaran de un invierno que no parecía querer irse nunca de mi corazón.

Hay un mapa de emociones en la cara de Riley y yo me pregunto si él también tendrá recuerdos escondidos que duelen, que salen cada vez que tiene un momento de debilidad.

Los míos se liberan y me llenan el cuerpo de pequeñas alas, mariposas diminutas de colores como las que él tiene atadas a su piel.

—¿Vamos?

—¿Es un buen momento para que te recuerde la edad que tenemos?

—Calla y ven. Te aseguro que ahora verás cada salto de otra manera. Un salto y adiós a tus problemas, un salto y bienvenidas sean las posibilidades.

Cuando subimos y nos colocamos uno delante del otro, descalzos, señalo sus piernas desnudas, larguísimas, fuertes, con un vello escaso y casi rubio.

—Bonitas piernas —le digo, y él enrojece y baja el rostro a las mías, ocultas por los pantalones—. Tranquilo, cuando quieras te dejo verlas.

—Dios, es que eres tontísimo. —Me empuja y yo lo empujo y no tardamos en empezar a saltar. Alto, muy alto.

Nos reímos, nos empujamos, y me caigo encima de él, y él se cae encima de mí, y somos piernas que se enlazan, corazones acelerados, alientos espesos, cuerpos que vibran, que tiemblan, que arden.

Le miro los labios, él me mira los míos.

Y nos levantamos para seguir saltando; ninguno de los dos quiere romper la magia.

Un rato después, con las respiraciones agitadas y los cuerpos sudorosos, nos quedamos tumbados.

Yo estoy de espaldas, con la vista clavada en el lienzo de nubes que manchan el cielo aquí y allá.

Él se coloca de lado, con la cabeza apoyada en un brazo y el otro estirado mientras se dedica a tocarme el pecho con la punta de los dedos.

—Así que este es tu lugar favorito.

—Ajá, unos pocos minutos y me siento, no sé, más ligero. ¿No te sientes así ahora?

—Supongo. —Desliza los dedos hacia mi cara y me pellizca la punta de la nariz—. Para, Declan.

—¿De qué?

—De mirarme los labios.

Sonrío. Vale, sí. Me declaro culpable.

—¿Con quién fue tu primer beso? —pregunto.

—Con un chico que me gustaba mucho. ¿Y el tuyo?

No le contesto, y él comprende por qué no lo hago y no sigue preguntando.

—¿Alguna vez tuviste dudas? Sobre si te gustaban los chicos, quiero decir —aclaro.

—No. Digamos que es lo único que siempre tuve claro. Supe que me gustaban los chicos antes de comprender quién era.

Me giro un poco para poder mirarlo mejor y le rozo el muslo con la rodilla. Él suelta un suspiro. Le aparto el pelo de la frente. Lo tiene suave, fino y cargado. Enrosco los dedos en sus mechones y, mientras se deslizan por mi piel, pienso en cómo sería tirar de él, arrastrarlo a mi boca, besarlo.

«No le mires los labios, no le mires los labios», me digo antes de que me lo vuelva a decir él. Pero qué fácil es decirlo y qué difícil no hacerlo cuando todo tu cuerpo te grita que esto está bien.

Riley se acerca como si respondiera a mi llamada y a mí se me tensa el cuerpo.

Me excito en cuestión de segundos, lo que resulta extraño e increíble, y pienso que es una locura y que ojalá no se dé cuenta del bulto que no deja de crecerme en los pantalones.

Huele a jabón, a crema hidratante, a sudor.

Lo agarro de la cintura solo para aferrarme a algo.

«Va a besarme, va a besarme», me digo y me repito, y estoy tan nervioso que apenas puedo pensar con claridad.

Así que acallo mis miedos dejándome caer sobre la colchoneta, enterrando los dedos en su pelo para tirar de él, arrastrando la nariz contra la suya…

Él me empuja hacia atrás, me pone una mano en el pecho, se coloca entre mis piernas, me toma del rostro, y yo muevo las caderas, lo que le arranca un gemido a él y a mí un gruñido de frustración cuando se aleja como si el contacto le quemara.

—Perdón —dice, y se aparta.

Se levanta y se peina el pelo hacia atrás con frustración. Tiene los hombros tensos, la mandíbula apretada, la negación en el cuerpo.

—No pasa nada, no hay nada que perdonar. O bueno, sí, que no hayas seguido.

Riley se gira hacia mí.

—No me lo pones fácil. Lo sabes, ¿no?

—Pues no. Solo sé que quiero besarte, pero respeto que tú no. Y no pasa nada.

Él va a decir algo, pero una gota cae sobre nosotros, y otra, y otra.

Los dos llevamos la vista al cielo un instante antes de volver a mirarnos.

Me levanto yo también y le tiendo la mano.

Él no duda cuando me agarra y yo me siento como un globo que se hincha hasta que estalla y mis restos salen volando a saber dónde.

Qué más da. Los dos bajamos raudos de la colchoneta, nos ponemos los zapatos como podemos y atravesamos el camino de vuelta, riéndonos, con los dedos resbaladizos de lo mojados que están.

Aun así, no nos soltamos. Y cuando nos detenemos delante de la valla y le señalo hacia la ventana, donde la gata maúlla como si estuviera muy mosqueada, él se acerca.

—Declan…

Le silencio los labios con un dedo.

—No digas nada. —Me agacho para besarle la comisura de la boca, cerca pero lejos de mi objetivo—. Así estamos en paz.

Y antes de que pueda protestar, trepo corriendo hacia mi ventana. Lo último que escucho es uno de sus comentarios sobre que las puertas existen y blablablá. Joder, necesito hacerme una paja.