El lugar al que pertenezco 22 Riley
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22 Riley

VEINTIDÓS

RILEY

Hoy es su cumpleaños. Me levanto pensando en eso.

Llevo toda la semana pensando en eso, en realidad.

O todo el mes. O la puta vida. No hay un solo cumpleaños en que no lo haya hecho.

Pensaba en cómo lo estaría celebrando, quién se sentaría a su lado en la mesa, con quién soplaría las velas.

Declan y su manía de que los deseos hay que pedirlos junto a alguien para que tengan más fuerza, para que se cumplan.

¿Por qué no me lo ha dicho? ¿Por qué nadie lo menciona siquiera? ¿Por qué?

Me paso el día en el taller, intento sacarle el tema a Emily, preguntarle de manera indirecta tonterías como si la cena es a la misma hora (sí, lo es) y si de verdad no les importa que me acople todos los días (desde luego que no), pero es como si el día no importara, como si hoy no hiciese veintidós años que Declan Molony llegó a este mundo.

Quiero felicitarlo, así, como quien da los buenos días, como hacía cuando éramos críos. Pero es que no me ha dicho que hoy es su cumpleaños y resulta que yo lo llevo tatuado en la piel, justo debajo de la axila, uno de los tantos motivos por los cuales no puedo desnudarme delante de él.

—¿Por qué no lo celebráis? —le suelto a Emily cuando terminamos de cenar y Declan sale a bañarse al lago con su hermano; y es que me voy a morir si no se lo pregunto—. Siempre lo hacíais.

Emily lleva una mano húmeda a mi mejilla y me la acaricia antes de seguir secando la vajilla y pasándome platos que voy colocando sin dejar de mirarla.

—Hace mucho que no, aunque intentamos cenar juntos y estar un rato en familia. ¿Por qué crees que Liam está aquí y no en alguna fiesta? No sé qué le pasa a ese niño últimamente.

—Pero ¿por qué? —insisto.

—Es mejor dejarlo así, cielo.

No me mira y sigue a lo suyo. Parece distraída, pero yo sé que no lo está. Y entonces lo entiendo.

—Es por ella. —El plato se me escurre de entre los dedos y no sé ni cómo consigo cogerlo sujetándolo con los muslos antes de que se estampe contra el suelo.

Emily me lo quita de las manos con cuidado.

—No, cielo. Es por ti. El primer año lo intentamos, pero te echaba muchísimo de menos y en terapia acordamos que no era bueno para él.

Shhh, no me contradigas —me silencia con el índice cuando intento rebatirle—.

No era a Rory, sino a ti, a su mejor amigo, a quien echaba de menos.

Y él te diría lo mismo si supiera quién eres.

Sé que es difícil para ti, pero no puedes castigarlo por algo que desconoce.

—No lo castigo. Yo… —Me duele que eche de menos una parte de mí que ya no existe, y sé que no es su culpa, pero es que no sé ni cómo decírselo, mis inseguridades me comen vivo, esas que creía haber mantenido a raya pero no; tampoco me sale explicárselo a ella.

Es como si me arrancaran las palabras, las mezclaran y las lanzaran al aire; por mucho que las ordene, no suenan igual que en mi cabeza—. Lo siento mucho, Emily.

—Eh, tranquilo. —Me coloca las manos en los brazos y me aprieta con suavidad—. Mira, sinceramente, dudo que hoy recuerde qué día es. Hacía mucho que no veía a mi hijo tan feliz, y es gracias a ti.

—Qué tontería. Soy yo quien lo ha hecho infeliz —le recuerdo con amargura.

—Pero también quien lo hace feliz. No sé tú, pero eso en mi mundo significa quedar en tablas. Ahora tendrás que currártelo un poco para ganarle a lo malo —dice con una sonrisa.

Ganarle a lo malo, ¿eh? Siento como si me quitaran de golpe un gran peso de encima, y comprendo que debo hacer algo. Quiero ganar. Quiero ganarle a la vida.

—Pequeñas victorias —me dice Cassandra cuando se lo cuento un rato después, cuando regreso a casa y le enseño el regalo que le he hecho pero no me he atrevido a darle—. Mira, chico, dáselo y punto. Los dramas se afrontan cuando vienen.

—¿Dramas? ¿Por qué tiene que haber drama? —inquiero, pero me tiembla la voz; porque sí, hay drama. Siete años de drama, para ser exactos, y una mentira de mi tamaño.

—No lo sé, tú eres el pesimista. Y eso que el de Thomas Hardy era él, ¿no?

La carcajada que suelto creo que llega al otro lado de la ventana, donde Declan frunce el ceño y decide venir hacia mí.

Me despido de Cassandra y espero a que suba sentado en el alféizar.

En cuanto se hace un hueco entre mis piernas y advierto sus pintas, lo hago entrar para secarle el pelo pese a sus protestas porque, según él, hace mucho calor.

Cuando estoy terminando, le pregunto:

—¿Cómo está Liam?

—Pasando por una crisis existencial de las chungas.

—Suelta un gemido cuando empiezo a acariciarle el pelo ya seco desde la raíz en un gesto que sé que le gusta, pero que no me había atrevido a hacer hasta ahora—.

No quiere contármelo, y es una mierda. No quiero ser el hermano plasta que lo presiona, ¿sabes?

—Le aprieto el hombro en respuesta y él estira el cuello hacia mí— . ¿Y tú?

—¿Yo qué?

Me coge del brazo y me hace sentarme a su lado en la cama. Me evalúa como si fuese uno de sus rompecabezas difíciles, y la verdad es que en parte lo soy. Los dos lo somos. Nuestra relación lo es. Caos. Puro caos.

—Estás raro, así que voy a suponer que te lo han dicho. Y no pasa nada, ¿vale? Te dejo que me felicites solo si me das un besito. —Me señala la boca.

Pero… ¿qué? Me descojono. Lo hago tan fuerte que me caigo sobre el colchón de la risa.

Él se me sube encima, con una rodilla apoyada a cada lado de mi cuerpo, y empieza a hacerme cosquillas para que me calle.

Lo que él no sabe (porque no le he dicho quién soy) es que las cosquillas y yo no nos llevamos demasiado bien.

No sé cómo, pero acabamos en la alfombra con la ropa de cama enredada entre nuestros cuerpos y una gata cabreada que no deja de gruñir.

Tengo la camiseta remangada por encima del ombligo y me encojo cuando Declan lleva la mano ahí y me roza la cola del fénix, las mariposas de los lados, las frases que lee como si se las aprendiera de memoria.

Trago saliva y él aparta los dedos, como si de pronto se diera cuenta de que se ha dejado llevar.

—Perdón. —Y ahí están todas sus pecas brillando bajo la bombilla encendida que es su rostro.

—No pasa nada.

—Tienes una piel preciosa. Todo tú lo eres.

—¿Todo? Solo has visto partes de piel pintada, no el conjunto.

—El conjunto lo vi hace tiempo, cuando empezaste a mostrarte. Esto de aquí —desliza los dedos por la cinturilla de mi pantalón, por una de las primeras frases que me tatué, y yo me estremezco y contengo el aliento— solo es el envoltorio. Y es la hostia, pero eres más que eso.

Nos quedamos callados. Él se acomoda a mi lado y se dedica a dibujar con los dedos los contornos de mis tatuajes.

—Son diferentes.

—¿Las mariposas? —pregunto, y él asiente con un gesto de cabeza—. Mi padre las estudia desde hace unos años. Trabaja mucho, así que observar las mariposas y aprender sobre ellas lo relaja.

—O sea, que tienen un significado.

—Cada especie tiene su historia y significado. Pero todas hablan de la metamorfosis, de la transición, de alcanzar la libertad, y… —Aprieto los labios; no puedo ir por ahí, no ahora.

—¿Cuántas tienes?

—No tantas como pecas tiene tu piel —contesto con una sonrisa.

—¡Eso es trampa! —se queja y me da un pellizco en la tripa.

—¿Qué? —Me retuerzo por la risa—. Es la verdad.

—«Siento la necesidad de poder atar mi flotante corazón» —dice leyendo una de las frases, esa que recorre la línea por encima del elástico del pantalón—. ¿Qué significa?

—Las frases significan lo que tú quieres que signifiquen.

Para mí es… —Cojo aire y lo suelto despacio mientras noto cómo un enjambre de abejas se ensañan con mi piel cada vez que Declan me toca—.

Hubo un tiempo en el que me sentí muy perdido, sentía que todo se me escapaba de las manos, que yo mismo vagaba sin rumbo. Necesitaba…

—Ordenar el caos —termina por mí, y los dos sonreímos; qué simple es, qué bonito—. Vamos, que eras como un cubo de Rubik desordenado.

—Pero sin muchos colores, más bien iba todo de gris.

—Tú no podrías ir de gris ni aunque quisieras. Estás lleno de colores.

Trago saliva, porque no es la primera vez que escucho esa frase. Lo hice antes, en el pasado, y la escucho en el taller cada día, cuando Emily la pronuncia.

—Es de Orlando —explico solo para cambiar de tema—; la frase, digo. Fue… mi primer tatuaje.

Él me mira con curiosidad.

—¿Por qué te gustan tanto los tatuajes?

—Porque hablan, transmiten, incluso cuando la voz no te sale porque la gente a tu alrededor la silencia. Por eso.

—Vaya. —Me mira a los ojos—. Háblame de ellas. De las mariposas, digo.

Y entonces sonrío, porque si de algo puedo hablar durante mucho rato sin pensar en nada más son las mariposas.

Le hablo de las que considero más bonitas (la morfo azul de Cramer, la cebra, la pavo real), de las más grandes (la atlas, la alas de pájaro, la ninfa del Malabar) o de mi favorita (la monarca; no por ser la más hermosa, sino por ser la más libre).

Y cuando me doy cuenta de que han pasado siglos enteros y que la medianoche se acerca, decido dejar de dar vueltas a ninguna parte. No soy una mariposa monarca que emprende un viaje de miles de kilómetros; soy este manojo de nervios que está dejando que el tiempo se le escurra entre los dedos.

—Feliz cumpleaños, Declan.

La vibración de su risa en mi mandíbula me pone la piel de gallina cuando se gira para mirarme.

—¿Me lo vas a dar ya? —pregunta con un tono ronco y suave que provoca un incendio en mi interior—. El regalo, tonto. Sé que tienes algo.

Se me encienden las mejillas.

—Es una tontería.

—Pero es mi tontería, y la quiero. —Me vuelve sonreír y me baja con cuidado la camiseta, como si quisiera evitar la tentación de seguir tocando piel sin mi permiso.

Y mientras me levanto para coger el regalo que he hecho para él, tengo la absoluta certeza de que ahora mismo le daría cualquier cosa que me pidiera. Cualquiera.