El lugar al que pertenezco 21 Declan
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21 Declan

VEINTIUNO

DECLAN

Y así pasan los días, y las semanas, y salen las primeras prendas, y me siento tan raro en ellas que es como llevar otra piel encima, quizá porque no es un disfraz, como la ropa que me pongo para interpretar un personaje en una obra.

Es algo hecho por Riley, adaptado a mi cuerpo.

Él me toca, ajusta más las telas, las devuelve al taller, y yo me siento un poquito más vulnerable cada vez que una de sus creaciones me roza la piel.

—Es… como si me estuvieras tocando y yo estuviera desnudo delante de ti por primera vez —le digo cuando nos reunimos en su casa una tarde y me pide que me pruebe esto y aquello—.

Más desnudo de lo que estoy ahora, me refiero —añado cuando veo que su mirada se desvía a mis calzoncillos, lo único que llevo encima, y me doy un puñetazo mental por ser tan bocazas—. Vale, me callo ya.

Riley enrojece y me mira con ese verde que es como el de esos bosques que tanto describe Hardy en Los habitantes del bosque, donde la naturaleza indomable es casi un personaje más, y yo quiero perderme en él. A estas alturas, me da igual lo que piense mi hermano al respecto.

—¿Me crees si te digo que te entiendo? Porque siento algo similar. Es muy raro.

—¿Pero raro mal o raro bien? —pregunto—. Porque a mí me encanta. Nivel podría correrme en los pantalones solo con llevar tu ropa.

Las carcajadas de Riley me llenan el pecho de sensaciones de las que tampoco quiero escapar. Por nada del mundo.

—Raro increíble. No sé si a nivel de correrme, pero casi —admite con las mejillas sonrojadas. Joder, qué guapo.

Sonríe, sonrío.

Y me sigue tocando, y yo me voy probando prendas que él analiza mientras me siento cada vez más y más desnudo y resulta que me parece bien.

Por las noches subo a su cuarto. A veces nos sentamos en la ventana y hablamos, otras me tumbo con él en la cama porque nos gana el cansancio y no quiero volver a mi casa.

Algunas noches charlamos por videollamada con su amiga Millie, con quien comparto afición por los clásicos de la literatura y videojuegos de rol.

También la alergia a los crustáceos, para sorpresa de Riley, que nos mira como si fuéramos dos extraterrestres. Casualidades de la vida.

De sus padres no habla mucho. Me cuenta que son increíbles, que se han pasado media vida viajando por trabajo, las veces que se han mudado, los sitios que han visitado. Que han comprado una casa en Galway, donde llevan viviendo desde que él empezó sus estudios de diseño en la FDS.

—¿Dónde te ves dentro de cinco años? ¿Lo has pensado? —le pregunto una de esas noches en que ninguno de los dos quiere dormir.

—Sí, pero no.

Le doy un codazo y Haruka maúlla. Le pellizco la naricilla y ella me muerde en respuesta de esa manera en que muerden los gatos, con muchos dientes y mucha más suavidad.

—Deja de ser tan ambiguo y mójate.

Me pongo de lado para verle la cara. Tiene el pelo un poco húmedo a pesar de que se lo ha secado con el secador.

La habitación está a oscuras, pero hay suficiente luz para verle la mueca que se le dibuja en la boca, las arrugas en la frente.

Llevo la mano hasta ellas y se las aliso con suavidad.

Su aliento me hace cosquillas y me acaricia la muñeca con la punta de la nariz cuando eleva el rostro.

Apenas es un roce, pero se me eriza el vello de los brazos.

Todo mi cuerpo reacciona. El pulso se me dispara y siento un calor agradable en el estómago cuando me sujeta la muñeca y me coloca la mano sobre su pecho, por debajo de la suya, como si no quisiera que me moviera de ahí.

Estupendo, porque no quiero estar en ninguna otra parte.

Y me encanta cómo le late el corazón, así como el movimiento suave de su respiración.

—Me he pasado la vida siendo un turista —confiesa a media voz—, ¿cómo quieres que planee tan a largo plazo? Sí, te puedo decir que me gustaría tener mi propio taller en un futuro, una página web, ayudantes. Quiero hacer mis diseños, que sean reconocibles, pero seguir en el anonimato.

—Así que no quieres vender tu imagen.

—¿Te sorprende? Supongo que es raro, teniendo en cuenta lo que estudié y que, bueno, no me ha ido nada mal. Pero no es lo que quiero.

—Ahora que te conozco, me parecería más raro otra cosa, la verdad.

Sonreímos. Bajo la palma puedo notar cómo la respiración se le acelera y cómo se remueve para que no lo note. ¿O son cosas mías?

—Solo quiero vender mi ropa, que llegue a gente como yo.

—¿Como tú?

—Personas que sienten que van disfrazados, que llevan ropa que no está a su medida o no encajan con quiénes son. Todo eso.

Lo miro, preocupado.

—¿Te sientes así?

Observo el movimiento de su garganta al tragar saliva y me contengo para no tocarlo ahí. Porque si empiezo…, si lo hago… Dios.

—Por suerte, ya no. —Suspira y lleva la vista al techo, aunque sé que mira a otro lugar, uno que está lejos de aquí, lejos de mí, y no me gusta nada—. Y, bueno, también quiero ser feliz. Como todo el mundo. Y todo eso lo quiero ahora y lo querré en cincuenta años. ¿Te vale como respuesta?

Sonrío y muevo a la gata para trepar un poco por el colchón y ponerme a su altura.

Me suelto de su agarre y lo tomo de la barbilla para unir nuestros rostros, para respirar su aliento.

Apenas tiene vello en la cara, y su piel es tan suave que noto cómo se le pone de gallina a mi contacto, sobre todo cuando dejo caer la mano en su hombro y me dedico a acariciarle la curva del cuello con los dedos.

—Puedo hacerte la página web y llevarte las redes sociales, si quieres.

Son cosas que puedo hacer incluso en la distancia, y ya sabes que estoy buscando trabajo.

—Le guiño un ojo y a él se le escapa una sonrisa de las que me harían montarme encima y besarlo hasta que los dos nos quedáramos sin aire.

—¿Es tu manera de decirme que quieres seguir en mi vida aunque me vaya lejos?

—¿Te parece bien?

Vuelve a sonreír y hace algo que no me espero: se incorpora ayudándose de un codo y se inclina para besarme la comisura de la boca. Y creo que dejo de respirar, y que mi corazón deja de latir, y que ahora sí me voy a morir y lo haré por combustión.

Lo sujeto de la muñeca justo cuando regresa a su posición en la cama.

—¿Puedes volver a hacer eso? Y mover los labios hacia el centro. Te has desviado un poquito.

Riley se ríe y me da un manotazo.

—Te he besado tal y como quería hacerlo.

—No es justo —replico con una mueca exagerada, aunque lo pienso de verdad—, ni siquiera me has avisado.

Haruka se abre paso entre nuestros cuerpos como si se hubiera cansado de estar en un segundo plano, con sus coletazos y sus ronroneos y ese amasar el colchón con las patitas hasta encontrar su lugar perfecto. Los dos nos movemos para hacerle sitio y nos colocamos de lado.

—Es lo que dicen, ¿no? Que las mejores cosas pasan sin avisar. Y ahora duerme.

—Quiero un beso de verdad —me atrevo a decir. Nuestras manos se encuentran sobre el pelaje de la gata mientras ella ronronea, feliz con las atenciones.

—Declan…

—¿Qué es lo peor que podría pasar? —pregunto en el momento en que nuestros dedos se enlazan, y suspiramos casi a la vez.

Los dos sabemos cuál sería la respuesta, así que ninguno dice nada.

Lo peor que me podría pasar es que me enamorara.

Pero… ¿no es lo que estoy haciendo? De cabeza y sin frenos, me estoy enamorando de este chico que huele a verano, a libertad, a sueños que se cumplen y a verdad.

Me estoy enamorando de este chico y no pienso hacer nada por evitarlo.