20 Declan
VEINTE
DECLAN
La vuelta de mis padres trae consigo un caos maravilloso.
La intimidad muere. Se acabó el traer a alguien a casa, y el llegar borracho, y los baños en pelotas en el lago cuando el sol está despuntando y yo llego del gimnasio.
No soy tímido, pero hace tiempo que evito que mi madre me vea en bolas.
Y es justo a la hora de mi baño cuando ella se sienta cerca del muelle a coser o a trabajar en algo del taller. Le gusta estar cerca del agua.
Mi vecino sigue con sus patrones, hace ajustes día sí y día también, me hace probar alguna prenda y se pasa horas en el taller con mi madre. También con Shay.
Cogemos un calendario y marcamos lo que queda de julio y agosto hasta el día del festival, donde pensamos ir los tres y mi madre, si al final puede escaparse.
Cuando no está en el taller, Riley sale a correr, arregla el jardín o pasa las horas en casa con mi familia y la gata, que se ha adueñado de la butaca pequeña en la que mi madre suele sentarse a tejer cuando hace buen tiempo.
A mi padre le encanta. Hasta le ha comprado un rascador de gatos de casi dos metros al enterarse de que Riley se había dejado el suyo en Galway y lo ha puesto junto a la ventana del salón.
También la sigue por el jardín o se la coloca en el regazo mientras se dedica a repasar partidos de fútbol gaélico, su único pasatiempo en verano además de encargarse de la obra de teatro.
Durante el curso da clases de Lengua y Literatura en el instituto del pueblo, y es él quien se encarga de dirigir la obra y elegir a los actores en la función de inauguración de las clases.
Y en cuanto a mí…, soy como un río cuyas olas se balancean según los envites del tiempo.
Me dejo llevar, sin más. Cumplo con mis horas de trabajo en el pub, voy al gimnasio, hago de modelo y me dedico a conocer a Riley, y a intentar entender lo que me pasa con él.
Ese remolino de nervios que se me acumula en la tripa, el calor que me invade cuando lo veo con esos pantalones cortos y esos tatuajes y esos labios que cada vez me cuesta más no morder.
Aprendo cosas sobre él a través de los demás.
Mi madre me habla de su talento. Mi padre, de su fuerza y sensibilidad, de cómo entiende la naturaleza.
Shay, de cosas que me provocan una punzada de dolor en el pecho, cosas como esa soledad que advierto cuando nadie lo mira, el muro que pone entre él y el resto del mundo, su silencio denso, lo que calla.
Y luego está mi hermano, que por no hablar no habla nada.
—¿Te gusta ese tío? —me dice la primera o la segunda semana que pasa en el pueblo, cuando se sienta a mi lado en el muelle y hunde los pies en el agua.
Por qué sigue aquí es algo que se nos escapa.
Todos estamos preocupados por él. Es como si alguien le hubiese arrancado la sonrisa de la boca, esa que ha tenido pegada desde que era un crío.
—¿A ti no?
Su gesto de indignación me saca una sonrisa que provoca que me lance agua a la cara. Por las ojeras que trae parece estar de resaca, y me consta que la noche anterior no salió.
—Te lo estoy preguntando en serio.
—Yo también —contesto mientras me seco con el antebrazo.
Liam resopla.
—Dios, eres imposible.
—Y tú estás demasiado serio. ¿Me vas a decir ya qué te pasa?
—Mira, puede que tenga a toda la familia engañada, pero no me gusta. Te va a hacer daño. No quiero que te haga daño, Declan.
Me lo quedo mirando. Las arrugas de su frente, esa manera en que se muerde los labios y aprieta los dedos en el borde del muelle.
Y comprendo que está preocupado de verdad por mí.
Darme cuenta de eso me hace pensar en lo mal que se lo hice pasar cuando Rory se fue.
Y en que tengo suerte de tener un hermano que además es mi amigo.
Y una familia que me quiere y respeta mis tiempos. Una familia que siempre ha estado ahí.
—¿Por qué iba a hacerme daño?
—Para empezar, porque es un artista y tiene no uno, sino los dos pies fuera del pueblo. Te está usando, a todos, y luego se va a marchar y tú te quedarás llorando otra vez por un amor perdido.
«Otra vez».
Me levanto como si un insecto estuviera mordiéndome el culo.
—Tenías que mencionarla.
—Alguien tiene que hacerlo. Estáis embobados con Riley por aquí, Riley por allá, y soy el único que se da cuenta de cómo va a terminar la cosa.
—Nada va a terminar porque no hemos empezado nada. No hay nada entre Riley y yo. Y mira, tampoco lo hubo entre Rory y yo, ahora que lo pienso. Un beso, eso tuvimos.
—Un beso no te deja como te dejó —replica con acritud—. No intentes hacerte el duro conmigo, porque no cuela. Soy tu hermano y te conozco.
—Que lo dejes, joder. Ya lo he superado, ¿vale? Ya hasta entro en la casa de los cojones, por si no te has dado cuenta. De verdad, Liam. Estoy bien respecto a ella. He estado jodido, pero te juro que ahora estoy bien.
Liam se levanta y me estudia como si fuese un examen de los chungos. Su expresión es dura, pero algo en la mía consigue que se suavice, al menos un poco.
—Vale, no voy a hablar de ella. Pero sí voy a hablar de él.
Y no me vale que me digas que no hay nada.
La cuestión es que tú sí quieres que haya.
Puede que aquí no haya nada —se da un toquecito con el índice en la sien—, pero aquí…
—Baja la mano y se golpea el pecho con la palma; una, dos, tres veces—. ¿Qué sientes ahí?
Se me encoge el estómago, el pulso me late frenético y la mirada de mi hermano duele. Porque tiene razón.
—No pasa nada. En serio, Liam, no tienes que preocuparte por mí.
—Sí pasa. Eres mi hermano. Y no eres nuevo en esto. Sabes lo que duele.
—¿Por eso estás así? —Me acerco, Liam retrocede; y es su manera de esquivar mi mirada, la forma en que se aparta, lo que consigue alarmarme de verdad—. ¿Qué te han hecho?
Mi hermano sacude la cabeza, se encoge de hombros.
—Prométeme que lo vas a proteger. —Lo dice con los ojos fijos allá donde mi corazón late y late sin freno, la voz temblorosa, los puños apretados—. No dejes que te destroce.
Y ahí está el dolor de un corazón roto. Lo reconozco, he vivido con él durante demasiados años.
Consolar a mi hermano no es fácil. Sale mucho y bebe mucho más.
En casa nadie lo presiona. Mi padre intenta que haga cosas con él.
Mi madre solo se sienta a su lado y espera; siempre ha sido de las que esperan, a que pase algo o a que no pase nada.
«El mundo nos pone a las personas en su sitio, pequeño saltamontes, aunque a veces lo haga en lugares oscuros que no conocemos.
Tú no te preocupes, ¿eh? Da igual cuando sea, yo estaré aquí para llevarte de vuelta a casa cuando pase». Qué buena es, cómo la quiero.
Yo intento acercarme a Liam todo lo que puedo, pero la mayoría de las veces me esquiva.
Es dos años mayor que yo y no tenemos el mismo círculo de amigos.
Le pido a Shay que no lo pierda de vista cuando aparezca por el pub y él me asegura que no lo hará.
A cambio, me arranca una promesa a la que accedo de buena gana. Porque ya es hora, joder. Ya es hora.