19 Declan
DIECINUEVE
DECLAN
La casa de los O’Brian parece un cementerio, algo descascarillado, hueco, vacío.
Los muebles son distintos, los cuadros han desaparecido, las paredes están recién pintadas pero desnudas, como si alguien buscara tapar recuerdos pero se hubiese olvidado de que las huellas están ahí debajo, ocultas pero vivas.
Todo sigue vivo en mi cabeza. El ruido de nuestras pisadas al subir las escaleras, el tacto de la madera que se te pegaba a los dedos cuando te impulsabas para subir más y más deprisa, la risa fácil que se nos escapaba cuando nos colocábamos con la espalda apoyada en el marco de la puerta y nos regañaban porque no sabíamos quedarnos quietos.
El olor suave a lavanda del perfume de la señora O’Brian, el verde oliva de los ojos de Rory.
Y su voz, siempre contenida, como si estuviera a punto de contarte un secreto y este se resistiera a salir de entre sus labios.
La avalancha de recuerdos no me provoca el mismo dolor punzante que otras veces, sino uno que tiene más que ver con la nostalgia. Quizá porque estoy en esta casa por propia voluntad, sin la esperanza de encontrar algo que hace mucho que no está.
—¡Ja! Mido más que tú —recuerdo que me decía Rory con orgullo—. ¿Lo ves?
—¿Y qué? Yo salto más que tú —le contestaba yo—. Si salto soy más alto.
Y lo hacía, saltaba en círculos a su lado hasta que los mofletes se le ponían rojos y se cruzaba de brazos.
Ese fue el motivo por el que mi madre empezó a llamarme «pequeño saltamontes».
Rory se meaba de risa y yo me hacía el ofendido por fuera, pero por dentro sentía que tenía una manguera a presión.
Era tan tonto cuando se trataba de ella… Y la quise tanto…
El aire se me escapa y me cuesta un mundo concentrarme en respirar. Alargo el brazo y coloco la mano en la madera del marco, en esas marcas que fueron creciendo con los años, subiendo y subiendo hasta que un día llegamos a la misma altura y pensé… Y pensé...
«Hala, qué guapa. Ya puedo besarla». Eso fue lo que pensé. ¿Qué edad tendría entonces? No lo recuerdo. Trece, quizá más, quizá menos.
Y pasaron los meses y ella fue cambiando de una manera que yo no podía comprender.
«Son cosas de chicas», me decía mi padre cuando me quejaba de esto o de aquello, y mi madre negaba con la cabeza.
«Solo dale tiempo». Tiempo. Pero ¿qué es el tiempo cuando tienes esa edad?
Un muro, duro y complejo, al que no sabes cómo enfrentarte.
Tiempo. Rory se alejó del mundo poco a poco, casi con timidez; se encerró en sí misma, pero nunca se apartó de mí, quizá porque no la dejé.
Y el tiempo siguió pasando. Y llegaron sus quince, y con ellos el beso que por fin me atreví a darle. Y después se fue y ya no pasó nada más.
El tiempo se detuvo ahí para mí.
El tiempo dejó de importar.
Todo dejó de importar.
Y ahí están sus marcas, y ahí estamos nosotros, y aquí estoy yo, y ella a saber.
Y entonces…
Noto una mano en mi cintura, la otra sobre la mía, agarrando la madera, tapando esa marca que es ella, su aliento en mi cuello, su pelo haciéndome cosquillas, mi respiración acompasándose, calmándose, regresando al ahora. Con Riley.
—Eh, ¿estás bien?
«Tienes que soltarla», me dijo mi hermano una vez, hace mucho tiempo, después de uno de esos días malos que todos temíamos en casa. Hubo muchos días así. La echaba demasiado de menos.
«Tienes que soltarla», me dijo Shay cuando empecé a buscarla en otros labios, en otros cuerpos.
«Deja que se vaya», me digo a mí mismo aquí, ahora, sintiendo la mano caliente de este chico, su olor a sueños que aún quiero alcanzar.
Y lo hago. Permito que se marche y noto un crac en el pecho que no duele, porque el dolor nunca se ha ido y yo estoy demasiado acostumbrado a él.
«Adiós, Rory».
Dejo caer la mano y sonrío. Regreso al motivo por el que he vuelto a este lugar.
Ahora que mis padres han regresado, la casa de los O’Brian, o la casa donde vive Riley, se va a convertir de manera oficial en nuestro centro de trabajo con Shay.
Y necesitaba entrar, enfrentarme al pasado de una puñetera vez.
También quería preguntarle a Riley cómo le había ido en el taller con mi madre, y cómo había reaccionado ella al saber que yo sería su modelo.
«Tendremos que usar mucha tela para esconder los músculos de mi hijo», le había dicho ella, y él se había descojonado al contármelo.
Qué manera de exagerar. Que sí, que voy al gimnasio cada día, pero solo porque necesito sacarme energía del cuerpo para poder dormir de un tirón.
Me giro y observo la estancia fría y llena de nada, el hueco central que antes ocupaba una foto suya, de Rory, con sus trenzas y su cara manchada de chocolate. Y la imagen me viene nítida, perfecta.
—¿Por qué te gustan las mariposas? —pregunto con cautela; algo en las mariposas siempre me recordará a ella y necesito asegurarme antes de meter la pata—. Son bonitas, pero, no sé, viven tan poco…
Riley sonríe con algo que intuyo que es alivio. Prefiere hablar de mariposas que de un pasado que no le pertenece, supongo.
—Me gustan por eso. No por lo de bonitas, que también.
Las mariposas son efímeras, pero viven como si fueran eternas.
Cuando mi padre me explicó su ciclo de vida, pensé en mí y en que quería ser como ellas.
Vivir a tope, vivirlo todo, como si no hubiese un mañana.
Sin preocupaciones, sin miedos, siendo… libre. Quería dejar de esconderme.
—¿Esconderte de qué?
Riley sonríe, pero no responde; y yo necesito que lo haga, entender de qué cojones tendría que esconderse alguien tan luminoso como él. Pero no soy quién para presionarlo, así que me trago las preguntas y me voy a lo importante:
—¿Te gustaría llenar ese hueco? Creo que tengo el cuadro perfecto. Bueno, vale, no lo tengo, pero conozco a alguien que podría hacerlo. Es amiga de Shay, dibuja unos bichos increíbles.
—No llames así a las mariposas, idiota. —Me da un empujón.
Me río y le sujeto la muñeca, atrayéndolo hacia mí.
—¿Sí o no? Solo si quieres, si… —Si no vas a irte ya, si no vas a convertir la casa en un segundo cementerio. Claro que eso no se lo digo, por nada del mundo quiero estropear este momento.
—Me encantaría. Y ahora… ¿empezamos a trabajar? Tengo que tomarte las medidas.
—Claro. —Le acaricio la muñeca con el pulgar y juro que puedo sentir cómo se le pone la piel de gallina; por mí—. Estoy encantado de que me metas mano.
Riley resopla, se suelta y se marcha a por sus cosas, pero no puede esconder el rubor ni la sonrisa. Sobre todo la sonrisa.
Desnudarme delante de él no es nada comparado con verle la cara cuando lo hago.
Es decir, sí, me pone nervioso como nada en el mundo.
No es la primera vez que estoy sin ropa delante de alguien, y ni siquiera estoy desnudo del todo.
Todavía llevo el bóxer, y siento que me aprieta en cuanto me pone las manos encima y empieza a medirme.
El cuello, el pecho, el tórax, la cintura, los brazos…
Cada vez que sus dedos me rozan, siento que sus mariposas hechas de tinta vuelan y aletean por mi piel, provocándome un hormigueo delirante que noto en todo el cuerpo.
Cuando desciende hacia mis muslos, mis piernas se convierten en gelatina que no ha terminado de cuajar.
Creo que me muero. Tiemblo como el crío que no soy y su risa me hace cosquillas en la zona sensible de detrás de la rodilla cuando se coloca ahí.
—¿De qué te ríes?
Riley no contesta. Termina de medir lo que fuera que estuviera midiendo, que ya ni sé lo que era; siento el cuerpo como una cosa blandita y sin sentido y me digo que necesito lanzarme de cabeza al lago, ahora mismo. Por Dios.
—¿Por qué estás tan nervioso? —pregunta una vez deja la cinta y la libreta sobre la mesa y se coloca delante de mí.
—¿Tú qué crees?
—¿Te sientes incómodo?
—No, Riley. Solo estoy… —Trago saliva. ¿De verdad me va a hacer decírselo?—. Pues como se suele estar cuando el chico que te gusta te toca. —Me encojo de hombros; paso de quedarme callado—. Dijiste que te gustaban los chicos, ¿no? Pues eso.
Riley me mira durante una eternidad, y creo que se me enciende toda la cara, porque estira la mano y me roza la mejilla con la punta de los dedos con la misma suavidad con la que antes medía las partes de mi cuerpo.
—Qué bonito te ves cuando te pones rojo.
—¿Solo cuando me pongo rojo?
Él menea la cabeza, pero sonríe.
—Gracias.
—¿Por gustarme? —pregunto, un poco demasiado avergonzado de mí mismo—. Un placer.
—No, idiota —replica, riéndose—. Gracias por querer hacer esto. Y… por lo de la otra noche. Ya sabes, por no querer aprovecharte. Por todo.
—Somos amigos, ¿no? —Sonrío.
—Sí, lo somos. —Sonríe.