18 Riley
DIECIOCHO
RILEY
La primera vez que entré al taller de Emily Molony era muy pequeño, pero ya sabía que era distinto.
No entendía en qué sentido, eso me llevaría un poco más de tiempo.
Pero allí, entre salas con mesas de corte, zonas de patronaje y esas otras llenas de máquinas que no entendía, con esos ruidos y esas telas que podrían convertirte en alguien diferente solo por cubrirte con ellas, se abrió un mundo ante mí.
De colores y posibilidades. Los hilos se unían para crear caminos a vidas distintas en las que yo quería perderme.
Y sin saber que estaba perdido, me encontré.
No solo dejé de salir con niñas, también dejé de vestirme como una.
El taller era mi refugio, el lugar donde podía respirar.
Y mientras los años pasaban, aprendí muchas cosas. Diseñé mis primeras prendas, hice patrones, corté y cosí telas, empecé a vestirme con la ropa que yo mismo creaba.
Un día Emily me miró y no necesitó que se lo dijera.
Aun así, lo hice:
—Algún día, quiero tener un taller como este. Haré ropa que hará felices a muchas personas. Yo… les quitaré los barrotes, y el peso, y serán libres.
Emily se agachó a mi lado, tomó mi rostro entre sus manos y me dijo:
—Algún día, esto será tuyo. Estás llena de colores, solo necesitas dejarte ver.
Tragué saliva. Había algo en sus palabras que dolía, y no tenía ni idea de qué era.
Ahora, a mis veintidós años, mientras atravieso este lugar que sigue igual y a la vez es distinto, mientras Emily me explica en qué ha cambiado y cómo vamos a organizarnos para sacar adelante mis creaciones en las semanas que tenemos, comprendo qué fue lo que me dolió entonces.
Era Riley, escarbando en mi pecho, queriendo dejarse ver.
Riley. Yo. Mi identidad fracturada intentando unirse pedazo a pedazo.
—¿Riley? —me llama Emily, y a mí se me forma un nudo en la garganta, de los que no duelen, de los que solo son alivio y una sensación de libertad que pensé que nunca volvería a sentir aquí, en el pueblo donde crecí.
La miro a los ojos y ella se acerca como aquella otra vez, toma mi cara, me sonríe—.
Cielo, te lo dije una vez y te lo vuelvo a decir ahora.
Todo esto es tuyo, si lo quieres, si te animas a volver.
Esta es tu casa. Solo quiero que lo tengas en cuenta.
Y da igual lo que pase con mi hijo, este siempre será un lugar seguro para ti.
Un lugar seguro.
Respiro hondo y Emily me abraza fuerte. Y, por primera vez en años, siento que no tengo que seguir buscando, que este es el lugar al que pertenezco.