17 Riley
DIECISIETE
RILEY
En mis peores años aprendí mil formas de esconderme, de quedarme dentro de una burbuja y dejar al mundo fuera de ella, cerca y lejos, para que no doliera. El miedo a no querer que me vieran pero saber que sí lo hacían me provocaba un miedo atroz.
Me servía a ratos, claro; al final siempre acababa por salir de mi escondite. Cuando te escondes de los demás, también lo haces de ti mismo por efecto rebote. Y eso pasa factura. Yo lo sé bien.
Me escondí cuando dije por primera vez mi nombre en voz alta en una clase llena de gente que no me conocía, gente que no quería que me viera pero lo hacía.
Me escondí cuando empecé a hormonarme y llegaron los primeros cambios.
Me escondí cuando me miré por primera vez a un espejo y por fin me reconocí. No por vergüenza, sino por miedo a otras miradas, al rechazo, a los insultos, a que me vieran como una mentira o a que no me vieran en absoluto.
Por esconderme me escondí hasta de mis padres, las únicas personas que sabía que nunca me darían la espalda. Cuando eres trans, siempre contienes el aliento. Es un acto reflejo.
La mañana en que entro a la casa de los Molony y huelo el perfume de Emily, también contengo el aliento.
Me aíslo, me escondo. Hank deja caer una mano en mi hombro y me sonríe, no sin antes soltarme un «uf, me voy ahora que puedo, te toca aguantarlos a ti», al que le sigue un «¡te estamos escuchando!
» que hace que salga por patas por el pasillo fingiendo sentir un escalofrío.
Me río con nerviosismo y Declan me empuja por detrás para que entre en la cocina.
Haruka, que se había mantenido enroscada en mi cuello, sale disparada y se sube encima de una de las sillas.
Maúlla a modo de saludo y Emily se seca las manos y le hace carantoñas durante una eternidad.
O eso me parece. Estoy demasiado ocupado apretándome el pecho para evitar que se me salga el corazón.
Dios. Me muero de nervios. La técnica de esconderme se me escurre y solo soy capaz de ver a esa mujer que siempre me ha sonreído como si fuera algo preciado y hermoso.
Y entonces se gira. Nuestros ojos se encuentran. Y sonríe. Una sonrisa que es calidez, y hogar, y madre.
—Cielo, menos mal que has venido. Espero que sepas cortar verduras, porque si depende de ellos… —Resopla con frustración—. Declan me quema la casa y Liam nos deja sin comer. Sigue durmiendo, por cierto.
—¿Liam está aquí? —pregunta Declan, y yo me acerco para lavarme las manos junto a Emily, que me acaricia la mejilla antes de ponerse de puntillas para besarme ahí.
El corazón me da un triple salto mortal, pero nadie parece darse cuenta. Suelto todo el aire contenido y dejo que la calidez de su contacto se extienda por todo mi cuerpo.
—Lo fuimos a buscar. Unos días en familia no le van a venir nada mal. Sube y haz que se dé una ducha y baje. Creo que tiene resaca.
—O mal de amores —agrega Hank desde algún lugar del pasillo.
—Hank, querido, deja de poner la oreja y enciende la barbacoa. Y tú, ayuda a tu padre, venga.
—¿Saco a Liam de la cama o ayudo a papá? ¿En qué quedamos?
—Lo que quieras, pero sal de aquí para que los adultos trabajen. —Lo dice dándome un empujón y yo me río y me dispongo a hacer lo que me pide.
Me habla de lo que va a cocinar, de su estancia en Escocia, de todos esos animales fantásticos que tienen en la granja de su hermana y de la lluvia que no echa nada de menos.
Luego me pregunta por mis diseños, por el festival, y se sorprende cuando le explico que su hijo me hará de modelo y que la ropa tendrá que ser de su talla.
—¿Y ha accedido? Porque mira que es raro ese chico. Con lo que nos cuesta que participe cada año en la obra de teatro... ¿Te ha dicho que esta vez toca Cyrano de Bergerac?
—¿De quién fue la idea? —pregunto con curiosidad.
—Es por votación. Él quería que representáramos Lejos del mundanal ruido, pero las reglas son las reglas.
Me derrito y a punto estoy de tirar el cuchillo.
—¿Estás bien?
—Sí, es que es… Bueno, supongo que es por mí. Cree que me gusta Thomas Hardy.
—¿Y te gusta? —quiere saber.
—Me gusta la belleza de su narrativa, pero no el pesimismo de su obra. Además, no creo que deban considerarse romances.
—¿Porque no acaban bien?
—Porque no hay conexiones. No hay respeto, ni amistad, ni nada. Solo una atracción física que deriva en algo trágico y sinsentido.
Emily sonríe y a mí me arde la cara. Mierda, ¿por qué estoy soltando tantas tonterías?
—Me gusta tu visión del amor.
—No te he dicho cuál es.
—No hace falta, cielo. Y esto ya está. —Mete los dos pasteles en el horno y se gira para mirarme—. ¿Has estado en su cuarto?
Me ruborizo. «Su cuarto», ese que veo desde mi ventana, en el que tantas noches lo he visto besar a otras personas, tocar a otras personas, intentar sentir a otras personas.
—No.
—Ven, te enseñaré la casa.
No le explico que la casa ya la he visto, que su hijo y yo hemos pasado muchos días aquí dentro, los dos solos o con Shay. Y no se lo digo porque me muero de nervios y ella está a mi lado, y creo que en algún momento empezará a hablar y me quedaré desnudo y sin saber qué decir.
Lo recorremos todo habitación por habitación como si yo nunca hubiera caminado por esos pasillos y no me los supiera de memoria.
Lo hice incluso a la pata coja cuando era un crío, una de esas veces en las que a Declan y a mí nos dio por leer a escondidas un libro raro y creíamos que un demonio nos había poseído la pierna izquierda.
Al llegar a la habitación de Liam, vemos cómo Declan lo zarandea para que salga de la cama. Él no nos ve pasar por delante, ni dirigirnos a su dormitorio.
Cuando Emily me abre la puerta y me hace entrar, me quedo sin aliento.
Porque ahí está nuestra infancia, ahí estoy yo.
No hay fotos, ni una sola imagen, pero está todo lo demás.
Los mapas de los lugares que creábamos en las paredes, los cubos de Rubik de Declan y esos otros puzles que construimos juntos, los juegos de mesa, las letras de las canciones que nos inventábamos, los libros que leíamos, mis dibujos.
Y luego las prendas hechas con tela que sobraba del taller y que Emily dejaba ahí para mí. Mi caja de costura.
Me agacho sobre la pila de ropa que hay en el sillón de la esquina y cojo una camisa. Es de las primeras que cosí. Una manga de un color, un bolsillo de otro, las costuras de otro.
—Te encantaban los colores —musita Emily.
Se me forma un nudo en la garganta.
—Siempre supiste que no era un juego para mí.
—Lo imaginaba, pero es que a esa edad… —Se limpia las manos en el pantalón de estar por casa, como si las tuviera sucias, como si no supiera qué hacer con ellas, y comprendo que no soy el único que está nervioso, que está sintiendo tanto.
Quiero abrazarla, necesito que al menos ella me entienda, que me perdone—.
Tenéis tanto que descubrir… Los padres solo podemos dejaros las herramientas y esperar.
Eso fue lo que hicieron los tuyos, si te paras a pensarlo.
—Todos estos años, yo… —Sacudo la cabeza, me fallan las palabras; Emily se me acerca, me acaricia la mejilla con una dulzura que duele—.
Siento que he estado dormido, y que de repente alguien me ha echado un cubo de agua fría encima y me he despertado de golpe.
—Lo digo más para mí que para ella; porque, cuando me fui, Declan y nuestros recuerdos juntos se vinieron conmigo, pero no todo lo demás.
Mi infancia se quedó aquí, el resto de recuerdos, los Molony; todo encerrado como me encerraba yo cuando no quería que nadie me viera—. No lo entiendo.
—Nuestro cerebro actúa de manera impredecible cuando trata de mantenernos a salvo, pequeño.
A Declan le pasó algo peor. Tú dejaste tu infancia aquí, pero él borró partes de ella.
Hay cosas de la época previa a vuestra marcha que no recuerda, incluso la despedida la borró de su mente.
¿Por qué crees que ni se ha planteado que puedas ser la misma persona?
Has cambiado mucho, Riley, pero tus ojos siguen siendo los mismos.
Hank y yo nos enteramos hace un tiempo por tus padres, pero te habríamos reconocido igualmente.
—La emoción que transmiten sus palabras es tal que tengo unas ganas inmensas de abrazarla—.
Llevamos a Declan a una psicóloga durante unos meses; después se encerró en sí mismo.
El fútbol, las clases, los amigos... Fue muy duro para él —explica con una pena que me hace temblar el corazón—.
Eso que decías antes sobre el amor… Para mí es esto.
Mi hijo nunca te olvidó, pero sí lo encerró todo aquí para que no doliera.
No deja que nadie toque este sitio y viene solo cuando está muy triste.
A veces se sienta ahí, entre las telas de colores, y se queda dormido.
Todavía te quiere muchísimo, aunque lo disfrace de odio.
Me arden los ojos, el corazón, las manos de apretarlas con fuerza.
—Quiere a alguien que nunca existió.
—¿Eso crees? Apuesto lo que sea a que sigues siendo el mismo chico lleno de colores. —Desliza una mano por los de las mariposas de mis brazos—. Tu brillo sigue siendo intenso, aunque haya cambiado de tonalidades. Desde luego, él lo ha visto. A esta casa no entra nadie que no le importe.
La miro a los ojos.
—¿Se lo vas a decir?
—¿Lo harás tú? No es algo que me toque a mí, cielo. Yo solo participo en la obra, soy un personaje secundario. La amistad es vuestra, el amor es vuestro.
—Odio la idea de que me odie —admito y me río porque suena demasiado estúpido.
—No creo que mi hijo sepa lo que es el odio. Está hecho para querer, pero eso ya lo sabes. Y ahora vámonos antes de que nos pille y nos eche un sermón.
—Si no duerme aquí, ¿dónde lo hace?
—En la habitación de invitados. Tiene todas sus cosas ahí.
No le digo que entra más a esta habitación de lo que ella cree, ni que ha traído a chicos y chicas cuando ellos no miraban.
Emily no necesita saber eso y yo necesito procesar la verdad: que mi amigo de la infancia busca algo más que sentir algo físico con otra persona, que quiere matar lo que fuimos, matar a Rory, quizá de la misma manera en que lo hice yo.
Después de eso, bajamos al jardín y Emily se queda boquiabierta al descubrir cómo está quedando.
Me abraza y me dice que no me piensa dejar ir jamás, y a mí el corazón me da brincos en el pecho porque hacía demasiado tiempo que no sentía que sí puedo hacerlo, quedarme, echar raíces.
Y debería horrorizarme, sentir rechazo. A fin de cuentas, aquí nació Rory, aquí dejó de existir, y aquí sigue, atada a los recuerdos de un chico que todavía la quiere, un chico al que todavía quiero, un chico por el que empiezo a sentir demasiadas cosas.
Pero no siento nada de rechazo. Solo alivio, y reconocimiento.
La última vez que estuve aquí no me veían, y ahora…
, ahora soy yo. Yo con todo lo que tengo, yo con todo lo que siempre me faltará.
Soy una prenda hecha de retazos, mal cosida y con partes perdidas que nunca recuperaré.
Y aun así, cuando Declan baja y me presenta a un Liam con los ojos enrojecidos que nada más verme comprende quién soy, cuando este me abraza con fuerza y se aparta enseguida como si el alcohol que aún lleva en el cuerpo le hubiese nublado el juicio… , yo… me siento completo.
Por primera vez en años, no tengo que esconderme. Soy libre.
O lo sería si no estuviera escondiéndole la verdad a la persona que más merece conocerla: Declan Molony, el chico del que me estoy enamorando. Otra vez.