El lugar al que pertenezco 16 Antes
40%

16 Antes

DIECISÉIS

ANTES

RILEY Y DECLAN

Era verano y hacía calor. Riley trataba de unir una tela con otra siguiendo las instrucciones del libro que Emily le había regalado.

La ropa que tenía no le gustaba y odiaba ir de compras, ese momento incómodo en el que su madre lo hacía ir por los pasillos en busca de vestidos y prendas que lo hacían querer encerrarse en un probador y no salir nunca más.

Por eso, cuando el sol despuntaba y sabía que en la casa de los Molony ya se estaban preparando para ir a trabajar, Riley salía corriendo y se iba con Emily al taller.

Era difícil hacer las cosas por su cuenta cuando no tenía tantos materiales en su casa, pero ella siempre lo ayudaba.

Ese verano, Riley había hecho muchas prendas, había descartado otras tantas. Buscaba su propia voz a través de telas de colores que Emily elegía con cuidado para él, aunque se las diera con la excusa de que sobraban.

—Venga, vamos al lago —repitió su amigo por tercera o cuarta vez.

Declan no entendía que Riley no quisiera salir, que no aprovechara el verano, así que se tiraba en la cama junto a él, con sus libros y sus cubos de Rubik y todas esas palabras que a Riley se le iban metiendo dentro hasta que una sonrisa asomaba a sus labios y Declan comprendía que había ganado.

Unos minutos después, salían por la puerta, con sus toallas y esas prisas por querer alargar un verano que siempre acababa por llegar a su fin.

Riley se fijaba en Declan con disimulo, que ya era más alto que él.

Se había puesto tan guapo que le daba vergüenza mirarlo y empezaba a entender por qué.

Declan también miraba a Riley y no comprendía qué era lo que había cambiado, por qué llevaba toda esa ropa encima cuando hacía bueno, por qué no se la quitaba ni para bañarse con él, por qué se escondía.

Entonces se empujaban sin querer, sus cuerpos se reconocían, conectaban, se daban la mano y ya no pensaban más que en pasárselo bien, y en reír hasta que les doliera la barriga, y quizá bajar hasta el centro del pueblo y comerse un helado.

Pero ese día no.

Ese día, Liam había ocupado esa parte del lago que era de ellos.

Solo llevaba un bañador, igual que la chica que se apretaba contra su cuerpo.

Tenía una mano en la nuca de ella, la otra en su cadera, justo donde le caía el lazo del bikini.

Los dos estaban mojados y el agua se deslizaba por sus cuerpos.

Riley se encogió sobre sí mismo cuando vio que sus labios se unían. Declan tuvo ganas de vomitar.

Los dos se pusieron de acuerdo para esconderse entre las ramas del avellano y esperar.

A que dejaran de hacer eso, a que se marcharan.

Riley apretaba la mano de Declan tan fuerte que este llegó a pensar que los huesos de ambos se fundirían, y la verdad es que la idea no le parecía nada mal.

Buscó algo que decir, cualquier cosa, pero Riley se le adelantó.

—¿Por qué lo hacemos si duele tanto?

—Los besos no duelen —replicó Declan, que intentaba mirar a cualquier parte menos a su hermano.

—Me refiero a querer a alguien. Querer duele mucho, Declan. No quiero hacerlo. No quiero que me duela.

Declan se olvidó de todo para centrarse en Riley. Tenía la mandíbula apretada, sus ojos verdes brillaban incluso bajo la sombra del árbol donde se escondían.

—¿Qué dices? Pero si es al revés. Querer no duele, es más como la pomada esa mágica que nos pone tu padre para las heridas.

A Riley le tembló la barbilla, pero no contestó. Declan se sintió muy perdido.

—Espera, ¿te gusta mi hermano? ¿Es eso lo que te duele? —Nada más decirlo, sintió algo muy desagradable en el pecho. No podía querer a su hermano; Declan se moriría si pasara algo así. De pronto comprendió lo que intentaba decirle: el amor sí podía doler. No solo eso, podía destrozarte vivo.

Riley se ruborizó.

—No, bobo. Claro que no. No hablo de él. Yo… Es que no me gusta sentir cosas. Cuanto más siento, más me duele, y se me va toda la fuerza, como cuando le cortaron el pelo a Sansón en la historia que nos contó tu abuela y dejó de ser fuerte, ¿recuerdas?

Sí, Declan se acordaba. Pero seguía sin entender lo que quería decir.

Y pensó que ojalá pudiera entrar en su cabeza, ojalá pudiera entender lo que le estaba pasando.

Declan sabía que no era solo por ese beso que al parecer ya había terminado, sino algo más profundo, algo que empezaba a separarlos y que él no sabía cómo arreglar.

Ojalá las personas funcionaran como los cubos de Rubik.

Por primera vez en su vida, el caos le parecía demasiado complejo y Declan no encontraba los movimientos para poder arreglarlo.

Riley tampoco se entendía a sí mismo. Tenía trece o catorce años y tardaría un tiempo en darse cuenta de que sentir no dolía, amar tampoco, lo que dolía era lo que implicaba hacerlo.

La vulnerabilidad. La ternura, el miedo, la libertad que perdías al querer a alguien.

Todo eso dolía. Veía a esos dos chicos besándose y solo podía pensar en que quizá nadie lo besaría a él así, quizá nadie lo querría así.

Tampoco sabía si algún día sería capaz de dejarse ver de esa manera, ese piel contra piel, ese arrimarse tanto, ese desnudarse hasta el alma.

No, no podría; el miedo no se lo permitiría.

—¿Cómo es? —preguntó Riley muy bajito.

—¿Él qué?

Riley señaló al lago, a Liam, que volvía a tener la boca pegada a la de esa chica, ahora dentro del agua.

—Besar a alguien.

Declan se encogió de hombros. Sus pecas brillaron como lo hacía el sol arriba en lo alto. Estaba tan rojo… Riley sintió que el corazón se le iba a salir del pecho, las manos le sudaban de lo mucho que se apretaban, pero ninguno de los dos quería soltarse.

—No lo sé. Todavía no he besado a nadie.

Eso sorprendió a Riley. Mucho mucho.

—Ah, pensaba que sí.

—¿Por qué?

—No sé, es que siempre estás rodeado de chicas.

—Pero no me apetece besar a ninguna. Prefiero estar contigo, ya lo sabes.

Además, no me gusta besar a gente que no conozco.

Me da un poco de rollo. Y no entiendo por qué le dan tanta importancia.

Es decir, que yo también quiero besar —se apresuró a decir; hablaba tan rápido que las palabras se le atropellaban—, pero solo lo haría con alguien que me importara.

—Y entonces miró a Riley, y Riley lo miró a él, y los dos dejaron de mirarse porque de repente hacía mucho calor y resultó que Liam y la chica se habían ido y el lago se había quedado libre.

Los dos sonrieron para sí y sintieron cómo algo les burbujeaba en el pecho.

—¡Tonto el último! —gritaron a la vez. Luego salieron volando hacia el agua, pensando en besos que no duelen nada y en amores que sí.