15 Riley
QUINCE
RILEY
«Amigos».
Una vez leí en un libro sobre historia del bordado que en un papiro egipcio se describía lo que debía hacerse tras una amputación:
«Después de coser, colocar carne fresca sobre la herida el primer día, sin vendar, para detener la hemorragia. Si los puntos se aflojan, unir con dos tiras de lino y tratarlo con un ungüento hecho de grasa animal y miel hasta su recuperación».
No sé por qué, pensé en Declan, en nuestra amistad amputada, sangrante, rota, perdida. Pensé en una herida que se cierra con el tiempo. Una herida que, por muchos ungüentos que pusiera, nunca dejó de doler.
Durante años, me dediqué a llamarlo casi cada día. Lo hacía hacia dentro, donde el grito suena más pero se oye menos. «Declan, Declan, Declan». Su nombre era un talismán que había desaparecido para siempre pero que aún sentía dentro de mí, el anhelo de lo perdido.
«Amigos».
¿Podríamos volver a serlo? Unir dos partes rotas que ya no sangran, pero cuyo dolor está ahí, como un miembro fantasma. ¿Funcionaría una amistad cuando se basa en una mentira? No tengo ni idea, pero necesito que funcione.
Quiero recuperar a Declan, volver a ser su amigo. Y para eso tengo que decirle la verdad. ¿Cuándo? No lo sé. Pero antes de que todo estalle. Antes de que me odie.
—Tengo que pedirte un favor —le digo esa noche cuando sube a mi ventana y me quita el cuaderno para ver de cerca el diseño en el que he estado trabajando desde que nos separamos esa tarde.
Se coloca con las piernas flexionadas a cada lado de las mías, el cuerpo encorvado hacia delante, el pelo alborotado, sus ojos oscuros un universo donde me pierdo cada vez que lo miro.
Está guapísimo con su sudadera negra y los vaqueros a juego.
Me recuerda a esas veces en que salíamos de incógnito cuando éramos críos, dispuestos a comernos el pueblo, que era nuestro pequeño mundo.
—Sí a lo que sea —contesta sin mirarme, la atención puesta en la libreta y en la gata, que se le ha colgado del brazo y se dedica a morderle el pulgar y atrapar sus dedos con las patas mientras él se ríe y hace lo posible por que no se caiga de la ventana.
—Espera a que te lo pida, idiota. —Le empujo el gemelo con el pie—. ¿Y si te pido que me bajes la luna?
—Pues te la bajo, vaya problema —dice entre carantoña y carantoña.
—Fantasma.
—Hombre de poca fe. —Me devuelve el empujón—. Dime lo que necesitas y haré lo que pueda para conseguirlo.
Así, sin más, me deja sin palabras. Y pienso en que esto es la amistad: elegir hacerlo todo incluso cuando no puedes hacer nada.
Desde luego, Declan jamás podrá bajarme la luna, pero inventará mil maneras de hacerme creer que sí.
Eso es la amistad. Eso hemos sido siempre.
Y me pregunto si algún día podrá perdonarme, por apartarlo, por ser ese amigo que mira la luna y solo ve un imposible.
—¿Me harías de modelo?
Declan me clava la vista un instante para luego bajarla a la libreta y deslizar el dedo por el dibujo hecho a lápiz.
—¿Para tus diseños?
—¿Para qué si no?
—Pero… —se mira a sí mismo, como si no entendiera bien por qué le pido una cosa así— no tengo cuerpo de modelo.
—Quiero un cuerpo real, no un profesional. Y tienes un cuerpazo.
Cuando Declan se ruboriza, su rostro se convierte en un cielo estrellado, brillante, luminoso, y muy rojo.
Es… precioso. Para comérselo. Me llevo los brazos al pecho y los cruzo para frenar las ganas que tengo de tocarlo, de comprobar eso que dicen de que el cerebro no es el único lugar que almacena recuerdos, si mis dedos aún son capaces de reconocer su cuerpo a pesar del tiempo y la distancia.
—Pero no como para subirme a una pasarela. Espera, ¿tengo que subirme a una pasarela?
Me río. Pero qué tonto es.
—Es un festival, no un desfile —replico con una sonrisa—.
Habrá una plataforma donde expondremos nuestros diseños, pero será breve y no habrá demasiado público.
Queremos llamar la atención, que se nos acerquen diseñadores.
El evento dura una semana y participan varias academias.
Yo tuve la suerte de ser uno de los admitidos para participar.
—Lo miro a los ojos—. No tienes que hacerlo, ¿vale?
Es solo si quieres. Es decir, puedo buscarme a alguien. Todavía tengo tiempo y...
—Lo haré yo —me corta—. Iré contigo. Estaré encantado de llevar tu ropa, Riley.
Su sonrisa la quiero lamer y morder con mucha mucha calma, y descubrir si la lengua también tiene memoria, si sus besos son igual de amargos que ese que nos dimos y cuyo sabor aún tengo pegado al paladar.