El lugar al que pertenezco 14 Declan
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14 Declan

CATORCE

DECLAN

Riley me pide que lo espere fuera mientras mea y se cambia de ropa, y yo aprovecho para hacerlo en el mismo pasillo, con la mirada penetrante de Haruka maullándome desde la puerta para que entre a la habitación o para que salga de la casa, no lo tengo claro.

En cuanto termina, mi vecino me da un cepillo y nos lavamos los dientes juntos, uno a al lado del otro, los codos chocándose sin querer, los ojos en el espejo, las mejillas sonrojadas.

Lo mucho que se me notan las pecas cuando me pongo colorado es algo a lo que jamás me acostumbraré.

El momento me parece más íntimo que cualquiera de los encuentros sexuales que he vivido, incluso cuando estaba con Brody.

¿Hice algo así con él alguna vez? ¿Algo tan…

doméstico y sencillo? No, qué va. Los amores intensos tienen eso.

Son instantes robados al tiempo, algo más primitivo y carnal que sientes mucho pero se queda en nada.

Nos tumbamos en la cama, de lado, el rostro de Riley apenas a unos centímetros del mío, la gata entre los dos, nuestros dedos rozándose cada vez que movemos la mano para acariciarla.

La luz de la calle se cuela por la ventana semiabierta creando un despliegue de sombras que se mueven por la piel de Riley como si extendieran las alas de las mariposas; el aire llena la habitación del olor a tierra humedecida, a hierba fresca y a algo que me recuerda a la infancia y en lo que no quiero pensar.

No sé en qué momento me quedo dormido. Estoy en una balsa, el vaivén me calma, me mece, me atrapa; sentir la caricia de sus pies sobre los míos me hace sentir a salvo, en casa.

Es… dulce, y embriagador, y creo que me excito de nuevo un poquito, y menos mal que no he bebido nada o todo sería incluso más confuso.

Mañana.

Mañana lidiaré con lo que siento.

Mañana.

Mañana llega sin darme cuenta y seguimos uno junto al otro y él me está mirando la erección pronunciada con las mejillas sonrojadas y cara de querer estar en cualquier parte menos aquí conmigo en su habitación. Mierda.

Levanto el culo para taparme con la manta, pero él me sujeta del brazo para que me quede quieto.

—No tienes que esconderla. No pasa nada.

—Sí pasa. —Claro que pasa. Pasa que tiene esa cara de haberse equivocado de tren y necesitar bajarse cuanto antes. He visto esa cara cientos de veces, cada puta vez que me enrollo con alguien.

Y no tengo ni idea de qué está viendo Riley en mí, pero me acaricia la muñeca y a mí se me forma un nudo en el pecho y duele y quiero irme, desaparecer. Con los demás nunca duele nada, lo que es horrible, si me paro a pensarlo, pero con él sí. Con él duele como una puñalada en el centro del pecho.

—Para. Deja de hacer eso. —Me revuelvo para que no siga acariciándome, pero su mano vuelve a mi piel, sus dedos a esas caricias tiernas que me ponen el corazón del revés.

—¿Te molesta que te toque?

—Sí. No. Qué más da. —Resoplo, y él no deja de acariciarme, y yo no me aparto porque me gusta, aunque duela—. Bueno, vale, sí. Pero no.

Él sonríe con toda la frente arrugada. Está guapísimo con el pelo alborotado de cualquier manera sobre la almohada, los labios demasiado secos tras la noche de alcohol, la piel y la nariz enrojecidas.

Tiene la camiseta subida por encima del ombligo y me cuesta un mundo no llevar la mano ahí, sentir el tacto de su piel desnuda, aprenderme sus formas con las puntas de los dedos.

—¿Te dejo un rato para que te aclares?

—No hay nada que aclarar. Yo… Mira, no quiero hacerte sentir incómodo.

No quiero que esto sea raro. Lo que te dije anoche lo decía en serio.

Estoy super a gusto contigo y no quiero cagarla.

—Me incorporo con intención de ir a buscar alivio y volver para poder…

hablar de todo—. Será rápido. Enseguida vuelvo y hacemos como si nada.

Me mira la entrepierna otra vez, y se ruboriza, muchísimo.

—¿Ves? Eso es lo que quería evitar. —Resoplo—. Iré a casa, me daré una ducha y volveré en media hora.

—No te vayas.

—No quieres que esté aquí.

—¿Qué te hace pensar eso?

—La cara que estás poniendo. Es la misma que pone toda esa gente con la que me enrollo y me rechaza cuando ve que no soy normal. Pues mira, resulta que estoy un poco hasta los huevos, la verdad.

Riley se sienta para poder mirarme.

—Por Dios, Declan. No estoy poniendo esa cara en absoluto.

—Claro que no —suelto con una risotada amarga.

—Ni se te ocurra hablar por mí. Si te digo que no es que no.

—¿Y entonces? Dime por qué estás tan…, no sé, tan raro, incómodo o lo que sea.

Riley se echa el pelo hacia atrás y deja escapar el aliento con frustración.

—¿Tú que crees? Porque he recordado lo que pasó anoche, por eso.

Es perfectamente normal sentirse así. Pero claro, qué sabrás tú, si vas a lo que vas.

Hay personas a las que les cuesta una vida lanzarse.

¿Crees que voy por ahí pidiéndoles a tíos que me besen o que me toquen?

La cara que pongo es de vergüenza, no de rechazo.

Pero, ahora que lo pienso…, me alegra que me hayas frenado.

Si estamos así sin haber hecho nada…, imagínate si llegamos a hacer algo más.

No quiero que lo nuestro se ponga incómodo.

Yo también estoy a gusto contigo, Declan.

No sé qué cojones responder a todo eso. Demasiadas palabras, demasiado dolor.

Soy idiota, joder. Me inclino y estiro el brazo para tomarlo de la mano.

El corazón me golpea el pecho con saña cuando creo que me va a apartar, pero, en lugar de eso, me aprieta con cariño.

Haruka nos rodea y se frota con la cintura de su dueño, dos veces, una a cada lado de su cuerpo.

—Lo siento mucho. Yo… lo siento de verdad.

—Acerco la otra mano y le rozo la mejilla con los nudillos.

Como si no le gustara el giro de los acontecimientos y temiera por su dueño, la gata se me sube sobre los muslos y maúlla, alarga una de sus patitas y arrastra las uñas sobre la piel de mi antebrazo con suavidad.

Y yo me derrito y sonrío; cada vez que se me acerca así, como si confiara en mí, siento que gano algo muy gordo que no tiene precio—. Menuda fierecilla.

—Alguien tiene que proteger mi virtud —murmura con una sonrisa.

—Lo siento, Riley.

—Tranquilo, ya lo has dicho. —Toma mi mano y se acaricia la mejilla con la palma, me da un beso suave en la muñeca y sé que puede sentir mi pulso, lo sé porque sus ojos se oscurecen, y porque me besa una, dos, cientos de veces, y yo siento que podría quedarme a vivir en esas caricias, y que no necesito nada más. Es… más intenso que el sexo, mucho más.

—Estoy tan acostumbrado al rechazo que me cuesta pensar que puedan sentir algo por mí aunque yo no… —Me rasco la frente, un poco demasiado avergonzado.

—Ya te lo dije, no eres lo que tienes ahí. —Me señala la entrepierna con un gesto de cabeza—. Aunque parece que no está nada mal.

Se me escapa una sonrisa.

—Te gustan los chicos —declaro al tiempo que le tiro del piercing con suavidad, solo para dejar constancia a la luz de la mañana. Haruka me vuelve a clavar sus uñas y me lame con esa lengua rasposa y diminuta.

—Me gustan los chicos.

—Entonces, si te besara, y si tú quisieras que lo hiciera sin todo ese alcohol de anoche…, ¿me devolverías el beso?

Riley traga saliva y se pasa la lengua por el labio inferior.

—Creo que sí.

—¿Crees?

—Intento hacerme el interesante, no me cortes las alas.

Sonrío y me acerco todo lo que la gata me permite. Dios, esto es un sueño. No puede ser real. Pero lo es, lo estoy tocando, y yo… lo deseo tanto que me duele.

—Jamás podrías ser más interesante. Ya eres todo lo interesante que se puede ser.

Él sonríe. Está nervioso. ¿Lo está?

Me acerco más y más hasta que nuestras rodillas se juntan y le rozo la cadera con el muslo.

—Entonces, si te tocara…, en un caso totalmente hipotético, ¿te parecería bien?

La sonrisa que me dedica me la guardo dentro. Es mía, solo mía.

—Claro que sí. —Entonces sube la mano a mi cara y me pellizca la nariz.

Haruka se me lanza encima para jugar y yo la entretengo con una mano, me muerde, le agarro la carita, me muerde más, la zarandeo, todo sin dejar de mirarlo a él—.

Pero no lo harás, porque no queremos que esto sea raro, y mañana vienen tus padres, y…

el sexo lo suele matar todo. Así que haremos como si no hubiese pasado y seguiremos siendo… vecinos.

—Amigos —lo corrijo—. Somos amigos.

—¿Lo somos? —dice con una inseguridad que me pellizca el corazón—. No me conoces lo suficiente.

—Pues deja que te conozca más. Quiero ser tu amigo, quiero poder llamarte o ir a por ti cuando no estés por aquí y me apetezca verte.

Yo… no quiero que desaparezcas. —«Como ella».

No lo digo, claro, pero sé que lo entiende porque se le llenan los ojos de lágrimas.

Y yo me pregunto de verdad, por primera vez en mi vida, si Rory está bien, si está… viva.