13 Declan
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TRECE
DECLAN
Todo empieza con un chupito. Como prometí, hemos venido a un concierto en Carlow y no he probado ni una gota de alcohol mientras Shay se dedica a celebrar por esto y por aquello en cuanto el grupo termina de tocar y el cantante se une a nosotros.
Mi amigo ya está achispado cuando lo rodea por el cuello y le mete un morreo que me hace ruborizarme, a mí y a Riley, que está igual de borracho que Shay o más.
—¿Me das uno de esos? —Riley deja caer una mano en mi muslo, muy cerca de mi ingle.
Me tenso y noto un latigazo inesperado en los huevos.
Trago saliva y lo miro. Dios, qué guapo es.
Lleva unos pantalones blancos muy ajustados y una camiseta negra sin mangas con el cuello en forma de uve que deja ver el fénix que tiene tatuado en el pecho.
Por fin se lo veo. No del todo, claro, para eso tendría que quitarle la camiseta, pero lo poco que advierto es increíble.
Del cuello sobresale un collar de plata con un zorro de nueve colas que, según me dijo, tiene también tatuado en la espalda.
Los tatuajes de sus brazos parecen moverse bajo las luces de colores que se desplazan sobre nuestras cabezas.
—Estás más borracho de lo que pensaba.
—No estoy borracho —replica y alarga el brazo para coger otro de los cientos de chupitos que hay dispuestos sobre la esquina de la barra que conseguimos adjudicarnos porque Shay (o más bien el novio del hermano de Shay) conocía al dueño y este nos dejó pasar antes.
—No vas a beber más. —Le sujeto la muñeca y él enarca las cejas en un gesto retador que creo que me la pone dura. Me tocaría para comprobar que no estoy alucinando si no fuese tan… raro.
—No puedes impedírmelo.
—Sí puedo y lo haré.
Acerco el rostro al suyo. Él acerca el suyo al mío. Nos miramos, nos retamos. Entonces me agarra de la camiseta y controla tan poco su cuerpo que a punto estoy de caerme encima de él, directo contra sus labios. Uf.
—Para.
—¿No dijiste que te ponía? Pues bésame.
—Joder, me encantaría hacerlo, pero no ahora. No voy a aprovecharme de ti.
Me mira con… Ni puta idea de qué significa esa expresión, pero Shay elige ese momento para decirme que se va, y que si puedo llevarlos a él y a su chico a la casa de este, que piensa quedarse a dormir con él.
Me parece bien, cualquier cosa con tal de llevarme a Riley y acostarme a dormir.
Mis padres regresan en dos días y todavía tengo que arreglar la casa para no escuchar a mi madre cuando vuelva, así que cuanto antes me acueste antes me levantaré y…
Riley se marea nada más levantarse y lo cojo por la cintura antes de que bese el suelo. Lo levanto. Pesa más de lo que imaginaba y el aliento le huele a frambuesa cuando gira el rostro y nuestras narices se rozan.
—Hola. —Sonríe.
—Hola. —Sonrío.
Y creo que se inclina para besarme, pero estoy demasiado aturdido para lidiar con eso, así que le planto la mano en la boca y lo saco de ahí como puedo, con Shay detrás de nosotros besuqueándose con el novio del mes. Puaj.
—Chicos, me encanta el porno, pero no en vivo. ¿Podéis, no sé, controlaros un poquito en el coche?
—Eres un soso —se queja mi amigo, pero sonríe.
La dirección del cantante no está demasiado cerca.
Le pregunto a Shay ochenta mil veces si de verdad es eso lo que quiere y, cuando me manda otras ochenta mil veces a la mierda, lo dejo ahí y me llevo a Riley a casa.
El trayecto es de apenas media hora y él se la pasa mirándome con fijeza desde el asiento del copiloto.
—Sea lo que sea lo que te ocurre, me lo puedes contar —le digo, y es que no queda nada del chico risueño con el que he pasado las últimas semanas.
O los dos últimos meses, si contamos nuestros atropellados inicios.
Está… apagado. El brillo en sus ojos se ha llenado de nubes, los párpados se le han caído y lleva los hombros demasiado encorvados para ser él.
Odio verlo así. Sea lo que sea lo que le ha robado su vitalidad, necesito que vuelva.
Desvío un instante la vista hacia la izquierda y lo veo sonreír con una tristeza que me mata. Tengo que apretar el volante para no parar en el arcén y sacarle la verdad a mordiscos.
—Venga, Riley, conoces toda la mierda que soy, no creo que sea peor.
—No eres una mierda —replica en un tono demasiado alto—. Odio que hables así de ti mismo.
—Y yo odio esa sonrisa que te pintas cuando no tienes ganas de sonreír. Llora si quieres llorar, grita si quieres gritar, pero no sonrías si no tienes ganas. Es… horrible, joder. Tu sonrisa es la mejor que he visto en mi vida y no me parece bien.
Pasan ochenta mil segundos. Estoy cabreadísimo, pero sigo concentrado en la carretera. Y entonces Riley se parte el culo. Sus carcajadas son tan escandalosas que de no ser por el cinturón acabaría en el suelo del asiento por el modo en que se convulsiona.
—Para, idiota. —Alargo el brazo y le pellizco el muslo. Él aprovecha para cogerme la mano y girarse hacia mí otra vez. La sonrisa se le borra de la boca, así, de sopetón.
—¿Por qué te lías con gente con la que no quieres estar? —pregunta.
—¿Por qué crees que no quiero estar con ellos? Si me lío con alguien es porque quiero.
—Eres asexual. Bueno, demisexual, que es una rama de la asexualidad. Te lías con ellos sabiendo que no vas a pasarlo bien, que no vas a estar cómodo, pero aun así lo haces. ¿Por qué?
La carretera está desierta y oscura, las ramas de los árboles a nuestro alrededor se agitan por el viento y escupen sombras que se retuercen en el asfalto.
Por un momento, mientras aprieto el volante y el silencio me sacude las tripas, me siento como un crío entrando en una cueva oscura, a nada de perderme.
Y no quiero eso. No necesito nada de esto.
—Dime por qué estás así y quizá te responda.
—Mi ex me dejó cuando fuimos a acostarnos —suelta como si lo escupiera, como si necesitara sacárselo de dentro de una vez—.
Me robó mis diseños y los usó en su proyecto final con una excusa de mierda.
No han pasado ni tres meses y ya está con otro.
—Alarga el brazo y tira de las costuras de mis vaqueros con suavidad—. Te toca.
Intento procesar todo lo que me acaba de decir, pero es demasiado y mi cerebro va a toda pastilla.
—Hija de puta. Espera, cuando dices que te dejó cuando fuisteis a acostaros, ¿te refieres a…? —El pensamiento que me cruza la mente es demasiado horrible para terminar la frase—. Dime que no intentó nada raro.
—No, tranquilo.
Suelto un hondo suspiro. Espero a que diga algo, pero está claro que no quiere hablar sobre ello, y yo no soy quién para presionarlo.
Y como el dolor por todo lo que me acaba de decir todavía flota en el aire y tenemos un trato, me meto en la puñetera cueva, aguanto la angustia, el miedo, esa soledad que sigue ahí, en algún rincón dentro de mí, y empiezo a hablar.
No de Rory, porque él ya conoce la historia aunque se haga el loco, sino de Brody, de lo que pensé que podríamos ser y no fuimos, de lo mucho que cuesta conectar con una persona y de cómo todo puede acabarse en un instante cuando lo haces.
—¿Nunca has sentido que vas a quedarte solo? ¿Que no hay nadie que encaje contigo, que estás roto y no hay forma de arreglar lo que eres?
—¿Lo que eres? —repite en un tono demasiado alto.
—Es lo mismo.
—No eres una cosa, idiota. Eres Declan Molony, tienes el pelo negro, estás lleno de pecas y tus ojos me recuerdan a una noche cerrada como la que tenemos delante.
También tienes un gusto pésimo por los chicos y por las chicas, y bailas de pena.
¿Qué? —Se le forma una sonrisa preciosa en los labios cuando le dedico una mirada inquisitiva—.
Me fijé en cómo te movías cuando tocaba el grupo.
—¿Antes de que te bebieras el agua de las macetas, dices? ¿Te dio tiempo?
—Pues sí, idiota. —Deja caer la mano en mi muslo y yo siento que tengo un enjambre de abejas y que todas quieren picarme a la vez—.
Todo eso es lo que eres. Pero también eres un chico amable, cabezota hasta decir basta, tienes el corazón enorme y te preocupas por tantas cosas que a veces te pierdes.
Eso es quien eres. Y en cuanto a tu pregunta, sí, muchas veces he sentido que no hay forma de arreglar quien soy.
Pero una pareja no va a arreglarte. Nadie puede, Declan.
—El cuerpo entero se me estremece cuando me aprieta el muslo con suavidad—.
Solo tú puedes hacerlo. Una pareja solo te completa, y tú necesitas encontrar a alguien que te vea a ti y no a tu polla.
Trago saliva y cojo el desvío que lleva a la entrada del pueblo.
Y sé que me está mirando, y que se arrepiente de todo lo que me acaba de decir pero no sabe cómo retractarse.
Y yo no quiero que lo haga, en absoluto.
Porque tiene razón. Él y Shay la tienen; tengo que dejar de hacerme esto.
Tengo que dejar marchar algo que lleva demasiado tiempo muerto dentro de mí.
—Estoy bien, tranquilo.
—Lo siento. Yo… lo siento mucho, Declan.
Aparco el coche, me quito el cinturón y me giro hacia él. Tiene la mirada perdida y vidriosa y me siento la peor persona de la tierra.
—Eh, mírame. —Le desabrocho el cinturón y tomo su rostro entre las manos—. Ella no se merece que estés así, nadie lo hace.
—Él.
Elevo las cejas.
—¿Qué?
—Mi ex era un hombre, Declan.
—Ah.
El corazón se me acelera, y de pronto me queman las manos al contacto con su piel.
Estamos tan cerca que nuestras narices se rozan.
Él se mueve, empuja la mía, y yo siento que me falta el aire, sensación que no hace sino crecer cuando me sujeta de la cintura y tira de mí para acercarme más.
La fuerza del empuje me hace apoyar una rodilla entre sus piernas para no caerme, apretarle ahí, sentarme sobre uno de sus durísimos muslos.
Dios. Joder. Tengo fuego por dentro y el calor se expande en cada punto en que nuestros cuerpos se rozan, abrasándome, quemándome.
Me muevo, se mueve, presiono su entrepierna y él suelta un gemido que lo llena todo y me excito y no necesito tocarme para saber que la tengo dura.
Él me pasa una mano por la nuca, hunde los dedos en mi pelo, tira de mí.
Se arquea y yo vuelvo a mover la rodilla, arrancándole otro gemido más crudo, más ansioso.
—Hazlo otra vez. —Me empuja hacia su rostro y creo que voy a volverme loco, y necesito besarlo, lamer sus labios, morderlo, ponerme encima, montarlo. Todo a la vez.
Madre mía.
No, no, no.
No puedo hacer esto.
No ahora.
—Para, Riley. —Él vuelve a tirarme de la nuca para acercarme, yo le empujo el pecho para alejarlo; nuestros labios se unen en una suave caricia que dura demasiado poco, lo justo para que su lengua me roce el labio inferior y la cabeza empiece a darme vueltas; estoy en un tiovivo y creo que me voy a caer en él—. Estás borracho.
—Ya no, y lo sabes.
—No sé nada. Joder, que hasta hace unos segundos no sabía que te gustaban los tíos y me sentía el peor pervertido de la historia solo por desearte hasta el dolor.
—Me deseas. —Sonríe de oreja a oreja, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes.
No hay nada de tristeza en ellos. El alivio me invade por dentro y no tengo ni idea de por qué.
Yo… solo quiero quitarle la tristeza y mandarla tan lejos como lanzo el sliotar las veces que voy a jugar al hurling con la familia de Shay.
Le levanto la barbilla para rozarle la punta de la nariz con los labios, le dejo un beso suave en la mejilla, en la comisura de la boca.
Él se queda quieto, temblando, con los dedos enterrados en mis hombros y el aliento entrecortado.
Se me infla el pecho y muevo la rodilla otra vez para arrancarle un jadeo que me suena como el sonido que me llevaría a la puta tumba.
—¿Lo dudas? Se me va a caer de tanto cascármela pensando en ti.
Él sonríe, los ojos llenos de un deseo líquido me dejan claro lo que viene a continuación, y no pienso dejar que lo haga.
—No, Riley. —Forcejeo cuando intenta acercarse. No quiero, pero lo hago.
Y ahí está de nuevo la tristeza; esa puñetera tristeza que se le pega a la cara como si ese fuera su sitio, y no.
—No me rechaces, por favor.
—No quiero aprovecharme.
—Pero yo sí quiero que lo hagas. Por favor —me dice con un tono de súplica que me revuelve las tripas.
—No me lo pidas así.
Tira de mí, pero yo no cedo. Los ojos se le llenan de lágrimas, su pecho sube y baja como si estuviese a nada de romper a llorar y no lo soporto. Es que no puedo.
Apoyo la frente en la suya y le acaricio el rostro con una mano. La otra la meto entre su espalda y el asiento para acariciarle la columna, arriba y abajo, despacio, mientras lo siento respirar y relajarse poco a poco.
—No me hagas esto, por favor.
—Vale —musita—. No pasa nada.
—Mírame, Riley. —Le levanto la barbilla con los nudillos y se me rompe el corazón al ver cómo le tiembla—.
Vamos a subir a tu habitación, nos vamos a meter en la cama, con tu gata, y nos vamos a dormir.
Y mañana, cuando nos despertemos, si todavía quieres que te bese, yo…
te arrancaré los labios a lametones. Y no me digas que no se puede —replico cuando reparo en su gesto de confusión—, porque te demostraré que sí.
Que lo de morder me encanta, ¿eh? Pero es que no te quiero hacer daño.
Puede que te parezca un tío duro, pero mírame, soy bastante normalito, y la violencia no me gusta nada.
—Me encojo de hombros, un poco avergonzado de mi propia verborrea; por Dios, que parezco un crío confesándose al primer chico que le gusta—.
Haré todo lo que me pidas cuando no tengas nada de alcohol dentro, cuando puedas decirme que pare sin que nada te nuble el cerebro. ¿Te parece bien?
—¿Vas a dormir conmigo? —Su tono exagerado de absoluta pena me hace sonreír, y debo ser un santo para no ceder cuando las ganas de besarlo se me desbordan.
Tengo la polla durísima y creo que necesito ir a terapia, porque Shay tiene razón, porque no entiendo que con este chico que lleva dos meses siendo mi vecino sí lo sienta todo cuando hasta hace tres minutos pensaba que era hetero y que jamás se fijaría en mí.
¿Quién cojones puede entenderme? Porque yo no lo hago.
Y ahora mismo, mientras Riley me abraza y me acaricia el cuello con los labios, decido que no me importa.
No me importa nada.