12 Riley
DOCE
RILEY
Me paso dos días terminando algunos de los diseños que solo tenía esbozados y retocando las prendas de cada una de las vistas para tener los planos listos —con las costuras, pespuntes, cierres y bolsillos— para cuando Emily regrese de Escocia y nos pongamos a trabajar en el taller.
Tengo un nudo de nervios en la barriga, pero lo controlo a base de dar forma a una libertad que una vez logró salvarme.
Empecé a diseñar mi propia ropa para escapar de lo que el mundo tenía reservado para mí.
Lo hice aquí, en Spellwood, cuando aún me llamaban Rory y Emily me hacía trenzas.
Le preguntaba por esto y por aquello mientras la seguía por el taller, y ella me decía «eres una niña muy lista» y «algún día te encargarás del taller» y otras cosas de gente mayor que me hacían sentir completo a pesar de que ya me estaba rompiendo en pedazos.
Le envío a Millie los diseños acabados y otros que tengo esbozados, y ella me llama con los ojos llenos de sueños y una sonrisa que no le cabe en la boca.
—Eres el puto amo —me dice. Y, por una vez, no se lo discuto.
Por una vez, asiento y suelto un hondo suspiro.
Porque sí, mi exnovio o lo que sea que fuera me robó varios de mis diseños y un pedazo de mí que jamás recuperaré, porque el dolor te rompe y nunca te recuperas del todo, y eso es así.
Pero estoy aquí, sigo vivo, y soy el puto amo.
Sonrío. Y ella sonríe, pero enseguida deja de hacerlo y comprendo que algo va mal.
—¿Qué pasa?
Ella niega y se muerde el labio inferior.
Veo su dolor, la duda, y comprendo que lo que está a punto de decirme me va a doler.
Y duele. Vaya si duele. Y es que resulta que el capullo que rompió conmigo cuando me abrí en canal y me dejé ver al desnudo, el mismo que luego me robó y se fue de rositas solo porque había un par de ideas suyas en un trabajo hecho al noventa por ciento por mí, tiene otro novio.
Guapo y con una polla entre las piernas.
Y yo no puedo hacer más que romperme. Otra puta vez.