11 Riley
cVP
ONCE
RILEY
Lo primero que negué fue mi nombre. Aún no había asimilado del todo lo que me estaba pasando cuando sucedió.
Hacía poco que nos habíamos mudado a Bristol y aún me sentía atado a Spellwood.
No tenía amigos, no tenía a nadie más que a mí mismo y mis pensamientos.
Echaba de menos nuestra antigua casa, a él.
Dios, lo echaba de menos a todas horas. A veces cogía el teléfono y marcaba su número, pero entonces imaginaba su voz al otro lado, llamándome Rory, y es que yo no era Rory.
No sabía quién era, pero no la chica a la que él veía cuando me miraba, no era esa chica a la que había besado.
Declan quería a una mentira y yo no podía seguir fingiendo que no dolía.
Los días pasaban y veía a mi madre, su cuerpo desnudo en el baño, y se me formaba un nudo en la garganta.
Tenía quince años y mi cuerpo estaba cambiando demasiado deprisa.
Cada noche me dormía con la misma angustia.
Temía levantarme un día y comprobar que me había convertido en esa chica que todos decían que era pero no.
Porque yo no era ella, aunque sintiera sus uñas blandas arañar la carne desde dentro del pecho, temiendo salir a un mundo que no era el suyo. Porque yo era un chico.
«Soy un chico», gritaba por dentro, pero la voz no me salía.
Solo estábamos yo y mi miedo, yo y todas esas palabras a las que no sabía cómo dar forma.
Salía a pasear y me fijaba en los otros niños, su forma de hablar, de comportarse, de caminar erguidos, y solo quería ser como ellos.
Dejar de caminar con los hombros encogidos, dejar de tener miedo. Solo quería ser… yo.
Y entonces…
—Rory O’Brian —llamó el profesor el primer día de clase, después de un verano lleno de lágrimas y mucho dolor.
El profesor volvió a llamar y yo no contesté, no pude.
Tenía el corazón en la garganta, me retumbaba en los oídos, por debajo de la piel.
La voz se me atascó, el pecho se me llenó de un fuego que quemaba y dolía, y los ojos se me inundaron de lágrimas.
Sentía que me llamaban y que me miraban, pero yo no veía nada más que un mundo que se hacía cada vez más grande y a mí, que me hacía cada vez más diminuto, aplastado contra la realidad.
Y luego tiré, empujé y salí a la superficie.
«No soy Rory».
«No soy Rory».
«No soy Rory».
La clase se desdibujó.
Todo se fundió a negro.
Más tarde me enteré de que había gritado justo eso: «No soy Rory». También supe que había sufrido un ataque de ansiedad, el primero de muchos a partir de entonces.
Cuando mis padres me recogieron en la enfermería, mi padre me cogió en brazos por primera vez en años, y me llevó a casa mientras yo veía a mi madre sonreír y llorar; estaba tan nerviosa y perdida que no sabía cómo consolarme sin que las lágrimas se le cayeran solas.
Y supe que no debía tener miedo de ellos, que pasara lo que pasara me entenderían.
—No soy Rory —les dije.
—Está bien. Entonces dinos quién eres.
—Soy un chico —les dije.
—Está bien.
—Tengo miedo —les dije.
—Lo sabemos. No pasa nada, pequeño. Vas a estar bien.
Y lloré.
«Pequeño».
Lloré mucho esa noche.
Mis padres me abrazaron, y se acostaron conmigo, y dormimos juntos.
Y por la mañana, cuando me levanté, ya no era Rory, sino Riley.
Rory me dio la llave, dejó de arañar con esas uñas quebradizas y se quedó ahí, en algún lugar dentro de mí, en mi pasado y también en la gente que dejé atrás.
Sobre todo se quedó en él, en esas cartas que a veces vuelvo a leer porque aún lo echo de menos, y en esas otras que jamás me atreví a enviarle.
Rory sigue aquí, en este pueblo, con esta familia.
Hoy he sentido cómo mi pasado se me caía encima como una lluvia torrencial. Lo hizo cuando Emily Molony me miró a los ojos y supo que una vez fui ella.
Rory.
Emily sabe quién soy. El chico por el que su hijo lloró.
El chico que nunca quiso saber de él. El chico que lo mató todo a su paso con tal de salvarse.
Y aun así… va a venir. Vendrá y no sé qué pasará cuando la tenga delante.
No sé si podré soportarlo; sus preguntas, sus acusaciones, la verdad que he estado evitando durante casi dos meses.
No sé si soportaré que él lo sepa.
Y lo sabrá. Lo descubrirá y me odiará y jamás volverá a mirarme como lo está haciendo ahora, como si yo fuera una cosa bonita a la que no quiere dejar de mirar.
Le gusto. Dios, creo que hasta le pongo; sexualmente hablando, digo, algo raro teniendo en cuenta su historial de intentos de ligue.
Lo peor es que a mí también me pone.
Más que poner, es como si me hubiese metido la mano dentro del pecho y hubiese removido cosas que creía marchitas.
Pero no, lo que siento por él está vivo, arde, y creo que voy a quemarme y que él se quemará hasta convertirse en cenizas.
Lo hará en cuanto sepa la verdad. Lo hará en cuanto me odie.
Y no sé si podré sobrevivir a eso, no sé si podré soportar que lo haga. No sé nada.