10 Declan
cUC
DIEZ
DECLAN
Desde crío siempre he visto a las personas como piezas de un cubo de Rubik, con sus centros, aristas y esquinas.
Te mueves, te arrimas a personas, a veces más y a veces menos.
Algunas se desplazan porque no encajan y otras…
, otras están bien clavadas y son inamovibles porque conforman tu diminuto mundo, tu verdad.
Y da igual lo rápido que intentes ir, buscarte, ordenar tu caos, porque el orden no siempre te da la felicidad, a veces la felicidad es caos, la irregularidad.
Lo pensé cuando los O’Brian se mudaron al pueblo y me sentaron con Rory en el jardín de mi casa, cuando me hice su amigo, cuando la besé por primera y única vez en su quince cumpleaños.
Lo pensé cuando se fue de mi vida y sentí lo que era que te arrancaran una de esas piezas inamovibles.
Lo pensé cuando conocí a Brody y supe que podría amar más de una vez, y que cada amor sería distinto.
Y lo pienso ahora cuando veo cómo Shay se arrima a Riley y se acoplan, encajan.
Un cubo de Rubik no funciona ni mantiene su estructura sin una de sus piezas fijas.
Y algo dentro de mí, absurdo y visceral, me avisa de que ahí está la pieza que me faltaba para que todo volviera a su sitio.
Clic.
Y no sé qué cojones significa ni por qué pienso lo que pienso, pero algo cambia hoy, ahora, en este momento, pero nadie se da cuenta porque sucede en mi interior y porque soy el único que los está mirando de verdad.
Nos pasamos la mañana en el pub, donde me dedico a trabajar mientras Shay se la pasa de la mesa donde está Riley a la barra con esos ojos brillantes que solo le veo cuando mira a Sky.
Por un momento, siento una punzada extraña en el pecho, pero decido no darle importancia.
No quiero pensar en la posibilidad de que mi amigo se pille por un chico al que quiero lamer hasta que su sabor se me quede pegado al paladar.
No quiero analizar lo que siento ni pensar en lo que supondría para Shay enamorarse de otro heterosexual. Con Sky ya tiene dramita para rato.
En algún momento de la larguísima mañana, Shay saca los diseños que tiene empezados para el vestuario de la obra y Riley los examina como si fueran una joya, lo mismo que hace mi amigo cuando Riley comparte lo que ha preparado para el festival.
Y yo me cago un poco en la puta, porque de telas y costura sé mucho gracias a mi madre, pero de diseños y patrones…
Me centro en los clientes, tonteo con este y con aquella, me invento historias tontas cuando me preguntan por el cuadro que es mi cara y, cuando por fin terminamos el turno y nos sustituyen, continuamos en mi casa.
El salón se convierte en un mini campo de batalla, y todo son dibujos y diseños e ideas a medio hacer.
Y risas. Y horas en las que el tiempo parece escurrirse en un embudo sin fin y yo siento que no quiero estar en ningún otro sitio.
Me pregunto cuándo fue la última vez que me sentí así.
—¿Por qué no venís al concierto en Carlow? Es dentro de dos semanas, un sábado. La última vez lo petaron, y mi chico actúa de nuevo allí.
—¿Tu chico? —pregunto con la boca abierta, porque no tenía constancia de ningún nuevo novio—. Espera, ¿te refieres al cantante de la cicatriz en la barbilla?
Shay se encoge de hombros y me paso un rato burlándome de él por imitar a su hermano, que acabó con un guitarrista, compositor y dueño de la tienda de discos del pueblo. Se lo cuento a Riley entre risas y Shay me da un puñetazo en el hombro.
Al final, nos convence a los dos para ir y me hace prometerle que haré de chófer, lo que significa que no beberé nada y que me mantendré alejado de los rabos y los coños. El muy capullo lo dice así y a mí se me va toda la sangre a la cara.
—Así nunca me enamoraré —me quejo, inclinándome para que la gata de mi vecino, que también se ha mudado a mi salón, me trepe por la espalda.
—No buscas el amor, y ese es el problema. Ya te he dicho que deberías ir a terapia para intentar entender tu cuerpo. La asexualidad existe, y que me arranquen un dedo si no lo eres. Asexual, digo.
Extiendo la mano y Riley entrecierra los ojos y me mira a través de sus kilométricas pestañas.
—Dame, que me lo como ya.
—Hablo en serio. No eres menos machito por ir a terapia, ¿sabes? Wyatt sigue yendo alguna vez y ya ves lo machito que es.
Wyatt es un fotógrafo que trabaja con el novio de su hermano en la tienda de discos. También es el marido del otro dueño del pub. Sí, Spellwood es un pueblo libre con una comunidad queer nada desdeñable. Supongo que es verdad eso de que nos juntamos con quienes nos hacen sentir… seguros.
—No me avergüenza ir a terapia —le aseguro, y lo digo en serio.
Fui varias veces, de crío, cuando ella desapareció.
Nadie te habla de la tristeza en la infancia, ni en la adolescencia, pero es tan jodida como tragarse un hueso y que se quede ahí, ni arriba ni abajo, justo en medio.
Jodida como sentir que sigues ahogándote incluso cuando ya te han sacado del agua—.
Es que siento que no tengo nada que decir.
—Siempre hay algo que decir. —Shay estira el brazo y aprieta el mío—. Dímelo cuando estés preparado y te llevo.
Y ahí se acaba todo. Riley, que se ha mantenido al margen para darnos un poco de intimidad, sigue a lo suyo. Y Shay no tarda en seguirle el ritmo.
Y así pasan los días, y así nos hacemos amigos.
Shay trae a Sky un par de veces, y también a su nuevo novio para que lo conozcamos antes del concierto, y Riley sigue con el jardín y no quiere ni hablar de que le pague, lo que me cabrea porque no ha venido a este pueblo para hacer de jardinero.
Sé que huye de algo, que se esconde. Y yo solo quiero que deje de hacerlo.
Pero si algo he aprendido es que no puedes obligar a nadie a salir de su escondite, solo alcanzarle una linterna y esperar a que salga.
Aquí estoy, en la puta entrada, esperándolo.
Por supuesto, mis padres me llaman cada día, y los domingos por la noche hacemos una de esas videollamadas larguísimas donde ellos comen haggis en algún lugar de Escocia y yo engullo una pizza mientras me ponen al día sobre el trabajo con los animales de granja y lo raro que es ver cómo sale un huevo por la cloaca (el culo) de la gallina. En fin.
Tardo diez días más en presentarles a Riley, y solo porque él y Shay se pasan el tiempo libre con los diseños de la obra y Shay quiere hablar con mi madre tanto de eso como de Riley.
Y creo que mi vecino no se lo espera para nada, porque enrojece como jamás lo he visto enrojecer, y eso que su piel es super sensible y se le nota todo.
Cuando mi madre lo tiene delante, me da la sensación de que hay…
algo. Algo que no entiendo pero que está ahí, flotando en el aire.
Se miran, se evalúan. Shay le explica dónde estudió y lo que necesita del taller para el festival de Galway, lo mucho que lo está ayudando con la obra y lo increíble que sería que trabajaran los tres juntos en la confección final de las prendas.
—Volveremos en unos días. El taller y yo estaremos a tu disposición para lo que necesites, cielo.
—La voz de mi madre me recuerda a las mañanas de los fines de semana, a la miel sobre las tortitas, a los scones recién hechos que te queman la lengua pero que no puedes evitar meterte en la boca—. Bienvenido a casa.
Riley sonríe, y creo que le duele, porque es una sonrisa bonita, pero la más triste que le he visto en la boca. Y tiene los ojos brillantes y rojos y no sé por qué. Shay y yo nos miramos; ninguno de los dos entiende nada.
Y entonces mi madre desvía la vista hacia mí y me dice:
—Más te vale no cagarla, pequeño saltamontes.
Y yo me pregunto qué cojones quiere decir con eso, pero a ella no le digo nada porque está demasiado ocupada dando órdenes al otro lado.
Por qué mi madre va a adelantar su viaje para ayudar a un desconocido cuando no pensaba hacerlo ni por mi cumpleaños, que es en unos días, es algo que se me escapa.
Y cuando miro a Riley y distingo su sonrojo, su vulnerabilidad, su miedo, no tengo claro si quiero saberlo. Nada de nada.