9 Riley
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NUEVE
RILEY
Mis padres me llevaron a varios psicólogos.
Lo hicieron cuando dejamos atrás nuestra vida en Spellwood y me hallaba más perdido que nunca.
Y seguí yendo después de empezar el tratamiento, cuando cumplí la mayoría de edad.
Viajamos mucho. Como era cirujano, mi padre cambiaba de trabajo tantas veces como yo necesitara cambiar de aires, o de instituto.
Los primeros dos años los pasamos en distintas ciudades del Reino Unido.
Después nos fuimos unos meses a España, y a Suecia, y a Francia...
Siempre volvíamos a Irlanda, aunque fuera unas semanas, para ver a mis abuelos o porque mi madre lo necesitaba.
Por mucho que dijera que el hogar estaba donde estuviéramos nosotros, su familia, ella no era del todo feliz fuera de aquí.
No fue hasta que conocí a Cassandra cuando algo hizo clic.
Y fue aquí, en Irlanda, en una de esas primeras idas y venidas intermitentes para ver a la familia.
Cassandra no solo era psicóloga, también era una mujer trans.
Nos miramos, nos reconocimos, y, cuando terminó la sesión, me pidió permiso para abrazarme.
No fue mi psicóloga durante demasiado tiempo.
Había un conflicto emocional entre nosotros.
Me derivó a una colega, una psicóloga safe (respetuosa para las personas trans), y yo me volví a marchar, pero ella se convirtió en mi amiga.
Y en amiga de mis padres. Y mi entorno cambió, empecé a sentirme seguro, empecé a entenderme.
Todavía recuerdo como si fuera ayer las palabras que se me clavaron a fuego en el corazón...
—Imagina los géneros masculino y femenino como esos iconos que usas en redes sociales, el muñeco rosa y el muñeco azul.
Cada uno es libre de elegir dónde hacer clic.
No es fácil, a veces no puedes, a veces te equivocas.
Se requiere entenderse a uno mismo y no hay cosa más complicada que esa.
Tú y yo lo hemos tenido fácil. Supe que era mujer desde bien chiquita, y tú has sabido que eres hombre desde pequeño, aunque te haya costado un poco más aceptarlo.
Somos privilegiados. —Limpió la lágrima que se me había derramado por la mejilla y sonrió con un cariño que no le pedí, pero que me regaló porque sí, porque ella era de esas personas que daban todo sin esperar nada a cambio—.
Y luego hay personas que no eligen, pero que tienen la suerte de poder ser ambas cosas a la vez. Elecciones, pequeño.
Tuvo que pasar un poco más de tiempo para que entendiera lo que me estaba diciendo.
Cassandra fue la persona que me compró mi primer binder cuando los pechos me crecieron como los de esas niñas con las que nunca me sentí identificado.
Me temblaba todo el cuerpo cuando ella me ayudó a desnudarme y me lo ajustó a la espalda.
Elegimos varios, luego me puse la ropa y, cuando me miré al espejo, algo en mí había cambiado.
Y lloré. Muchísimo. Pero también nos reímos.
Y ella me contó cómo había sido su transición.
Y ese día comimos helado, y nos metimos en el cine a ver una peli a la que ninguno de los dos prestó atención, y mis padres nos dieron permiso para que me quedara en su casa.
Y le hablé por primera vez de él, de Declan, y me dijo que no tenía que hacer nada si no quería, pero que podía hacerlo todo si sí.
Y que el miedo era un ladrón, y que ya me había robado demasiado.
Y mientras me decía todo eso, yo no dejaba de repetir su nombre en mi cabeza.
«Declan, Declan, Declan».
Antes de quedarme dormido, Cassandra me prometió que, pasara lo que pasara, ella siempre estaría conmigo.
Fue uno de los mejores días de mi vida.
Después hubo muchos malos. Y muchos cambios, y muchos sentirme pequeñito, y muchos amigos que resultaron no ser amigos.
Y demasiada gente que no me entendía, que ni se esforzaba por verme.
Pero entonces ya tenía a Cassandra y no me sentía tan solo.
Y mi dieciocho cumpleaños llegó y la espera terminó.
Y luego llegó Millie, y Cassandra y mis padres la adoraban.
Y la vida, por fin, cambió de tonalidades.