El lugar al que pertenezco 8 Declan
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8 Declan

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OCHO

DECLAN

Por qué lo he dejado entrar en mi habitación es algo para lo que no tengo respuesta. A él y a su gata, a quien ni he visto llegar.

—¿Cómo ha entrado? —le pregunto cuando la veo pasearse por mi habitación y frotar su cuerpecito contra cualquier superficie.

Él se ríe, se acomoda sobre mi cama con sus piernas kilométricas enroscadas de una manera que la nube de alcohol que me inunda el cerebro no me permite procesar.

—Está muy apegada a mí —explica mientras abre el botiquín y alinea en el colchón las cosas que va a utilizar para curarme—. La encontré en una carretera cuando aún tenía los ojos pegados y no sabía mantenerse en pie. Supongo que esas cosas unen.

Se me encoge el corazón, de rabia y dolor.

—Qué asco de mundo.

—No todo es tan malo —dice, pero su voz suena mucho más tenue; no me cabe duda de que él piensa lo mismo, aunque intente buscar el lado bueno de las cosas.

—¿Qué harías si pudieras cambiarlo? —pregunto con curiosidad—. ¿Por dónde empezarías?

Él deja lo que está haciendo y me mira a los ojos. Bajo la lámpara y las estrellas que decoran el techo, los suyos se ven mucho más claros, con pequeñas motitas marrones y grises pegadas a sus iris.

—Nadie puede cambiar el mundo. Solo es una quimera, y no me gusta pensar en cosas que no van a pasar nunca.

—Querido Riley, solo intento entablar una conversación.

Él intenta no reírse, pero la risa se le escapa por todo el cuerpo.

La gata maúlla y salta a la cama. Avanza hacia mí despacio, ronroneando, y yo acerco la mano para que me huela.

No solo lo hace, también me da un lametón áspero que me pone la piel de gallina y se recuesta sobre sus patas sin quitarme la mirada de encima.

Es como si dijera: «Quiero confiar en ti, no la cagues».

—Y yo que entiendas que no sirve de nada cambiar algo que tiene vida propia y late.

El mundo entero puede reducirse a cenizas, los humanos pueden nacer y crecer, resetearse, y el mundo volvería a ser injusto y cruel por cualquier cosa.

No es el mundo el que tiene que cambiar, somos nosotros.

Así que si tuviera que cambiar algo, empezaría por mí y por toda esa mierda que intentan inculcarnos desde la infancia.

Me lo quedo mirando. Él empieza a limpiarme la herida con una gasa empapada en antiséptico con un cuidado que me pone el corazón del revés.

De cerca es más bonito, más sexi, más… todo.

De cerca puedo ver las mariposas, todas distintas.

Parecen contar una historia, hablan de nacimiento, de transformación, de ser… libre.

—¿Cuál es tu historia, Riley?

—No creo que estés preparado para conocerla —contesta con una sonrisa que no es triste, pero tampoco alegre.

Haruka maúlla y salta a la mesita de noche para olisquear mi móvil, que lleva parpadeando desde que lo dejé ahí.

—¿No lo coges? Parece importante.

Observo la foto de Shay y me siento como el capullo más desagradecido de la historia de los capullos, si es que tiene algún sentido.

—¿Te importa? Es un amigo.

Riley se encoge de hombros. Mete las gasas llenas de sangre en una bolsita de las reciclables para tirarla a la basura y observa cómo le doy al manos libres y cojo la llamada.

—Pon la cámara —me gruñe mi amigo.

—Estoy bien.

—Que pongas la puta cámara.

Resoplo y lo hago. Y ahí está Shay con todo su cabreo. Lo bonito que es y el miedo que llega a dar. ¿Cuántas veces lo habré visto enfadado? Pocas, y así, ninguna. Ni siquiera cuando le hacían bullying se enfadaba tanto, solo se ponía triste.

—Joder, es que lo voy a matar. Peor que eso, se lo voy a contar a mi hermano. Verás cómo se caga en los pantalones, el muy desgraciado.

—No vas a hacer nada. Eh —lo llamo al ver que se dispone a ir a saber dónde—. Mírame y prométeme que no vas a hacer nada.

—¿Por qué cojones no te defendiste? Eres más fuerte que él.

—No creo que la fuerza tenga nada que ver.

—Y lo digo de verdad, aunque me duela reconocerlo—.

¿No te ha pasado alguna vez que quieres hacer algo pero estás paralizado?

No me esperaba que reaccionara así. Tampoco es que pensara llegar hasta el final con él, pero él creyó que sí y…

—Me encojo de hombros—. Mira, no lo sé explicar, solo quiero olvidarlo.

—¿Hasta cuándo? ¿Hasta que se te curen las heridas o hasta que vuelvas a emborracharte y te dé por repetir con otro como él? No sé qué hacer para ayudarte y es una mierda, Declan.

Me ruborizo, y mucho más al sentir la mirada de Riley clavada en mí.

Vale, tiempo muerto.

Carraspeo.

—Las heridas ya me las están curando. —Le pido permiso a Riley con la mirada y este asiente, de modo que giro el móvil para que lo vea—. Te presento a Riley, mi vecino. Riley, este tío cabreado de aquí es Shay. Y grábate bien su cara, porque no volverás a verlo tan enfadado. O eso espero.

Mi amigo abre los ojos de par en par, luego los entrecierra y al final acaba por hacer lo que ya sabía que haría: olvidarse del cabreo y comenzar a apreciar las vistas.

Sé lo que ve, en lo que se fija. Lo sé porque lo conozco.

Le está mirando los labios brillantes, la marca de la mordida que han dejado los dientes ahí, la forma en que se le curva la sonrisa y ese modo adorable en que se sonroja por cualquier cosa.

El movimiento suave de su nuez al tragar saliva, las clavículas sobresaliendo por la camiseta sin mangas y el cuello estirado que deja entrever el tatuaje con su nombre y las formas de ese otro que tiene más abajo y no he conseguido ver.

Y luego el resto de tatuajes que decoran sus músculos; bonitos, elegantes y sexis.

La belleza de Riley es un golpe de realidad que deja a mi amigo sin palabras.

—¿Ves? —Suelto un resoplido exagerado—. Cabreo resuelto.

—Dime por qué cojones te has liado con ese imbécil cuando podrías estar dibujando esas mariposas con saliva. Perdón, ¿eso es una frase de Lorca? —pregunta, señalando el «Quiero llorar porque me da la gana» en el que se posa una mariposa de colores terrosos.

Riley se ríe y se le encienden las mejillas. Aprieto la mano en un puño para no tocarlo ahí, ni en la punta de las orejas, ni en el cuello.

—Porque es hetero. Y si no lo fuera, no tengo por qué ser su tipo.

—Venga ya, eres el tipo de cualquiera —replica mi amigo.

—El tuyo no —le recuerdo con amabilidad.

—Bueno, eres tú quien no se siente atraído por mí y no al revés, te recuerdo. Por Dios, eres la fantasía sexual de la población joven de Spellwood.

—No quiero hablar de sexo —digo con una mueca que me provoca un pinchazo de dolor en la herida del labio.

—Vale, pues hablemos de tus pecas. Nadie luce todas esas pecas como tú. ¿A que no? —le dice a mi vecino.

Riley, que se había mantenido concentrado en la conversación como si de un partido de tenis se tratara, le dedica un cabeceo a mi amigo antes de clavarme los ojos.

—Desde luego que no.

Ahora soy yo quien se pone colorado, de modo que hago lo que hago siempre para desviar la atención hacia un lugar más… seguro.

—Adivina. Riley estudió Diseño de Moda, como tú.

Eso capta la atención de Shay, que parece haber llegado a su casa y habla en susurros y a oscuras hasta que se encierra en su habitación y enciende la luz.

—¿En serio? ¿A qué facultad fuiste?

—No fui a la universidad. Estudié en la FDS de Galway.

—Guaaau. —Shay se deja caer en el colchón—. Eso es… la hostia. Es como la Juilliard para los diseñadores. Y carísimo —agrega a media voz.

El comentario hace que Riley desvíe la mirada, solo un momento, como si le avergonzara pero a la vez se enorgulleciera.

—Tengo unos padres fantásticos. He tenido suerte, la verdad.

A partir de ahí, empiezan a hablar de patrones y diseños y profesores y diseñadores y técnicas y mil cosas que comprendo porque me he criado con ellas y las tengo asumidas. Llevo toda la vida viviendo en este mundillo por el taller de mi madre.

—Vas a ir al Fashion pero hay que confeccionarlos para exponerlos, ya sabes cómo va, y el festival es a finales de agosto.

—Si tienes los patrones lo tienes todo, y los dos lo sabemos.

Riley traga saliva. Empiezo a conocerlo y sé que quiere decir muchas cosas, pero las palabras se le quedan atascadas en la garganta.

A veces me lo quedo mirando y pienso en cómo debe ser el peso de su verdad, en qué es lo que esconde con tanto recelo.

Porque esconde algo, de eso no tengo dudas.

Su silencio, así como sus días en Spellwood, es prueba de ello.

Y que no hable de su familia, de la que vivió aquí hace siete años, me hace estar más seguro de que no me equivoco.

—Deja que te ayude, yo y el taller de los Molony. Si he estudiado lo que he estudiado es gracias a la madre de Declan.

Riley me mira, con miedo, con esperanza y con algo más que no logro descifrar, porque está aquí, pero también se halla lejos de mí.

Y yo necesito tirar esa distancia, eliminarla, necesito que no haya nada entre nosotros.

Quiero conocer a este chico que ha logrado colarse en mi jardín, en mi habitación y en mi puta cabeza.

—Yo… no sé qué decir.

—Di que sí. Tú puedes ayudarme con los patrones para la obra de teatro del pueblo, la que se hace al final del verano para inaugurar las clases —explica mi amigo—, y estaremos en paz.

—No creo que sea un acuerdo justo.

—Eres de la FDS. Por Dios, soy yo quien se muere de ganas por aprender de ti. ¿Nos vemos mañana?

La sonrisa que se dibuja en los labios de Riley incendia el pueblo y toda Irlanda. Es que me putoderrito.

Una vez logrado su objetivo, mi amigo se vuelve hacia mí con toda esa seriedad que no me gusta nada y me suelta:

—Y volviendo a lo tuyo…

Y yo me dejo caer en la cama con todo el peso de mi cuerpo, y me río cuando la gata se me sube a la tripa, y cuando Shay protesta porque no me ve, y la risa de Riley lo llena todo, y mi corazón late y late y yo solo quiero detener el tiempo.

Quedarme aquí, en este momento donde no hay heridas ni miedos que me puedan hacer daño.