6 Riley
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SEIS
RILEY
Pasan las doce de la noche y no puedo dormir.
Que sí, que es sábado y sé lo que Millie me diría si supiera que estoy en la cama tan temprano un sábado por la noche, con mi gata encima, nada menos.
Incluso ella está inquieta. Supongo que debe notarme el pulso y por eso se mueve y me clava las uñas para que deje de latir tan deprisa.
¿Dónde se habrá metido? A estas horas debería estar con A o con B intentando alcanzar un lugar al que no puede llegar.
Sí, estoy así por Declan. Me preocupa y no tengo claro cuándo empezó a hacerlo otra vez.
Pero es… como verme a mí mismo en otro momento, escarbando en mi interior, buscando, perdido en la absoluta nada.
Hace tiempo que no me siento así, pero el recuerdo del abismo nunca podrá irse del todo.
Está atado a quien soy, a quien fui y a quien seré mañana.
Cuando te hablan de la transición suelen hablar de transformación, de muerte y reencarnación.
Para algunos es eso, para mí fue… distinto.
Sí, una parte de mí se quedó atrás. Esa niña asustada que nunca llegó a tener forma, esa niña que me hicieron construir a base de mentiras, esa niña que nunca fui pero a la que tuve que aprender a querer porque no tenía la culpa.
No fue bonito dejarla atrás. El mundo te dice quién y cómo eres, y tienes que creerlo porque ¿qué otra cosa puedes hacer si no seguir las normas que te marcan?
Me costó olvidar su voz, ese grito que siempre tenía en la garganta y no podía emitir porque no tenía sonido.
Me costó verme al espejo y advertir la transformación.
Ella estaba desapareciendo, su voz ya no era un grito sino un suspiro prolongado. Alivio.
Han pasado años. Ahora sé quién soy. Pero el miedo nunca se irá. El miedo va ligado a la violencia a la que somos sometidos por ser… distintos. Por no tener explicación. El miedo va ligado al rechazo, a las ganas de huir. El miedo es tu segunda piel y no hay hormonas ni cirugías que te lo quiten.
El miedo está aquí, a mi lado, y ahora tiene la forma de mi vecino.
Me veo en él, me siento en él. Está tan perdido…
Tanto… Y yo no puedo evitar querer acercarme, darle esa mano que me dieron mis padres al entender lo que me estaba pasando cuando ni yo mismo lo entendía del todo.
La que me dio Millie. La que me dieron aquellos chicos en los foros que me hicieron sentir a salvo, en casa.
Y no debería meterme en su vida, ni acercarme tanto a él cuando no soy capaz de decirle la verdad.
Pero es Declan Molony, y yo… todavía lo quiero.
Y creo que él me quiere de la misma manera, aunque le duela el silencio, aunque su amor por mí se haya vestido con el peso del odio que el tiempo ha instalado en su corazón.
Y si me quedan dudas de lo que siente, se van en cuanto lo oigo trepar por mi ventana, subir hasta apoyar los brazacos en el borde, meter la cabeza y clavarme los ojos del color de las castañas asadas.
Haruka salta y se esconde y yo estoy buscando entre mi repertorio de comentarios sarcásticos cuando le veo el labio, hinchado y partido, la sangre en la barbilla y la ropa.
Mi corazón es una motosierra y solo puedo pensar en esas otras veces en las que he visto la violencia en rostros ajenos, en personas como nosotros, distintos, anomalías.
Nunca he estado ahí, por suerte, pero duele como si fuera mi propia carne.
Duele muchísimo. Y puede que Declan y yo seamos distintos, pero en la carne siempre seremos iguales.
Me levanto con miedo, con un nudo en la garganta, con los latidos que llenan la habitación y hacen que Haruka maúlle desde algún rincón de la estancia.
—¿Quién te ha hecho eso? —le pregunto.
—¿Ella está bien? —me pregunta a su vez, pero es su voz la que se eleva por encima de la mía y de todo, es su dolor quien manda. Ella. Mi niña liberada, mi grito calmado, mi miedo bullendo dentro de mí—. Solo quiero saber que está bien. ¿Puedes decirme eso, al menos?
Cojo la banqueta que suelo usar para dibujar y la coloco bajo la ventana.
Luego me pongo de rodillas y apoyo los codos en el alféizar de modo que nuestros rostros quedan unidos.
Me mira, lo miro. Acerco la mano para tocarlo, pero él niega en un ruego silencioso que me duele en el alma y me hace retirarla en un puño.
—Por favor… —susurra.
Quiero decirle la verdad. Que esa niña nunca existió, pero que su esencia sigue aquí, dentro de mí.
Que está, pero no de la forma que él cree.
Porque no es un ella sino un él. Que solo soy yo y que nunca lo he olvidado.
Que él siempre fue lo más real que tuve, que aún tengo miedo, pero que intento ser feliz. Que ojalá él también lo intentara.
Pero como soy un cobarde y el miedo es un tirano cabrón, le contesto una verdad a medias con lo que necesita escuchar:
—Ella está… lejos del mundanal ruido.
Veo cómo su expresión muta, sus ojos enrojecidos por el alcohol y el dolor de un amor perdido se llenan de rabia. Y yo me alegro, porque la rabia siempre es mejor que la tristeza. La tristeza te hunde, la rabia te da oportunidades.
—¿Eso fui para ella? ¿Ruido?
No le contesto, por supuesto. Me quedo mudo. Y él se ríe y sisea porque le duele la boca. Enseguida comienza a descender y no vuelve a mirarme.
Y comprendo que se acabó. Todo. Si se va, si lo dejo, jamás volverá a mirarme. Seré como ese puñado de cartas que aún escondo en el último cajón de la cómoda para olvidar que soy un cobarde.
—¡Declan, espera! —le grito con una desesperación que hacía mucho que no sentía—. Deja que te cure eso.
Pero él ya está en el jardín y se dirige a la valla.
Ni siquiera lo pienso. Cojo el botiquín del baño y bajo las escaleras de dos en dos.
Y no sé muy bien cómo, aún no entiendo cómo funciona el miedo y quizá nunca lo haga, pero llego a la puerta de su casa en el mismo momento en que él se dispone a entrar.
Declan se gira en cuanto le pongo una mano en el brazo y me aparta con brusquedad.
Baja la mirada, yo la subo. Y me ruborizo porque me está mirando y estoy desnudo.
La camiseta que llevo es holgada, pero me deja el abdomen expuesto, y el pantalón es lo suficientemente estrecho para que se vea que no hay nada ahí abajo.
Y quizá parezca una tontería, quizá creas que nadie se fija en los genitales de los demás.
Pero es mentira. Llevo desde los dieciocho matándome en el gimnasio y sé lo mucho que la gente se fija.
He tenido putas pesadillas con eso. Me encojo y giro un poco el cuerpo para evitar que se dé cuenta, para protegerme.
—Vete, no te necesito —me ladra con la voz rota.
Una parte de mí, la que está llena de miedos, asiente y quiere irse, alejarse de este chico que puede verlo como jamás lo ha visto nadie, este chico que tiene las armas para destrozarlo todo.
Este chico del que no puedo apartarme porque una vez lo fue todo, porque sigue ahí, encerrado como esos sueños rotos de alcanzar una normalidad que nunca será mía, una normalidad que no existe aunque te hayan hecho creer que sí.
—No estoy aquí porque me necesites. Ya sé que eres un tío fuerte con los huevos cuadrados y todo eso. —Vale, me estoy poniendo rojo. Y creo que él también, porque de repente se le encienden todas las pecas, las de los pómulos y las del cuello y las de…
—¿Y por qué estás? —inquiere, ignorando mi pulla para centrarse en lo importante.
—Porque quiero.
Y entonces sonríe, y lo hace como siempre lo ha hecho todo: con verdad. Y yo comprendo que podría perderme en esa sonrisa. Podría perderme en él.