5 Antes
cKS
CINCO
ANTES
RILEY Y DECLAN
La muerte para un niño es algo incomprensible, como un cubo de Rubik de un solo color. Por más que lo muevas, el color no varía, nada cambia. La muerte tampoco cambia; es inamovible, certera y duele.
Declan fue el primero en saberlo, con cuatro o cinco años.
Fue en una conversación a la mesa con sus padres.
Hablaban de la señora de los cuadros, que había dejado a dos hijos y a un marido y se había ido quién sabe dónde.
Declan no lo comprendía, así que preguntó, y preguntó, y preguntó.
Sus padres se miraron, muy serios, luego asintieron y empezaron a hablar.
Y Declan entendió, y después se dijo que ojalá no lo hubiera hecho.
Lo de Riley llegó más tarde. Era verano; eso significaba que no hacía tanto frío y que no había que ir a clase, ni a excursiones, ni a cumpleaños, ni a nada de eso que tanto lo angustiaba.
Aunque lloviera, el cielo no estaba siempre lleno de nubes y la oscuridad llegaba muy tarde.
Y eso era bueno, porque él y Declan podían jugar.
Y bañarse en el lago. Los dos habían aprendido a nadar y les gustaba mucho.
Corrían en bañador y se lanzaban al agua de golpe, porque estaba fría y así era mejor, o se quitaban toda la ropa y corrían con el culo al aire, riéndose con la inocencia de la infancia.
A veces se daban la mano o Riley, que para entonces todavía era más alto, se subía a Declan a caballito y se lanzaban juntos salpicando el muelle.
Y el agua helada les picaba la piel, pero dentro de sus corazones siempre era verano.
Riley no supo cuándo se dio cuenta de la ausencia de su gato.
En un momento estaba y luego ya no. Horas, quizá, o tal vez un día entero.
O dos. El tiempo en verano era esa cosa que pasaba entre risas y murmullos e intentar atrapar momentos en botes de cristal.
Además, el gato solía escaparse casi todos los días durante horas, aunque siempre volvía. Pero esa vez no.
Riley lo buscó por su casa, en el jardín, en el lago, y Declan fue con él, pero el gato no apareció.
Cuando Riley les preguntaba a sus padres, ellos se miraban y decían algo como «ya sabes cómo es», y él lo sabía, claro, y por eso sentía ese nudo de nervios en la barriga, esa angustia, esa tristeza.
—Se ha perdido, Declan. No sabe volver. Es tan pequeño…
Y sí, como todos los gatos, era pequeño, pero por dentro era un anciano que ya no podía seguirle el ritmo a ese niño que se subía a los árboles y volaba por las aguas del lago.
Declan, que se había enterado de la verdad el día anterior por sus padres, lo miró e intentó que Riley no lo descubriera en su cara. Que pensara que se había perdido era mejor que la verdad, ¿no?
—Vamos a buscarlo, venga —le dijo y le tendió la mano.
—Pero es que no está en el jardín, ni en la casa. No está, Declan.
—Pues lo buscaremos fuera, por el pueblo. Lo buscaremos hasta encontrarlo. Vamos con la bici.
—No puedo, sabes que no sé montar.
—Pero yo sí. Yo te llevaré.
Riley lo miró. Declan le devolvió la mirada.
Pasaron muchas cosas entonces, además de los segundos.
El cielo parecía escupir nubes negras aquí y allá, el corazón de Riley latía y latía al ritmo del miedo de un niño que en el fondo imaginaba lo que pasaba pero no lo podía aceptar, las manos de Declan apretaban las de Riley y le apartaban las lágrimas de la cara con esa ternura ciega tan propia de los niños.
Y luego la sonrisa de Riley, un reflejo de la de Declan.
No hubo palabras.
Subieron a la habitación de Declan y se vistieron todo de negro, con sus gorritas y sus walkies, solo por si se perdían y necesitaban llamarse.
Llenaron una mochila con agua, chocolatinas y comida de gato, y salieron de la casa sin que nadie se enterara.
Declan se subió a la bici de su hermano, que era más grande que la suya.
Riley dudó, de vértigo, de miedo a caerse, un miedo que solo duró hasta que Declan lo miró y le prometió que nunca dejaría que se cayera, que jamás le haría daño, y él lo creyó. Claro que sí.
Y volaron por un lado de la carretera, siempre bien alejados de los coches, y Riley se agarró fuerte a Declan, y los dos llamaron al gato a gritos, pero este no apareció. Y la lluvia comenzó a caer con fuerza, y cada vez costaba más pedalear con todo ese barro y todo ese ruido.
Riley no dejaba de recordar a su gato dormido que no quería comer, ni levantarse, que maullaba para que lo subiera a la cama porque él solo ya no podía, las veces que se había hecho daño porque las patitas le fallaban al saltar, la respiración fuerte cuando dormía junto a él.
Y pensó en él ahí, entre la tierra y el barro, y la verdad se abrió paso en él como el sol que intentaba empujar las nubes allá arriba.
Entendió el silencio de sus padres, las ojeras de su madre cuando le puso el desayuno esa misma mañana, la carita de pena de Declan, que lo había cogido de la mano solo para que huyeran juntos de esa verdad que tanto dolía.
Y lloró. Y con mucho cuidado de no caerse, tragándose el miedo y la pena, se puso de pie sobre los laterales de la bici y alzó los brazos.
Y mientras la lluvia se mezclaba con sus lágrimas pensó en su gato, en sus días en familia, en las excursiones, en el calor de su cuerpecito contra el suyo, en lo felices que habían sido juntos.
Y sintió que el pecho le pesaba menos, y que el recuerdo de su gato se le acomodaba dentro y ahí se quedaría, un recuerdo eterno y precioso.
Luego se bajó y le pidió a Declan que diera la vuelta. No quería que sus padres se preocuparan más.
—Fue feliz, ¿verdad? —le preguntó a su amigo, los brazos en su cintura, la barbilla en su hombro, el aliento en su cuello mezclándose con las lágrimas y la lluvia que no dejaba de caer.
—Pues claro, si te tuvo a ti.
Y Riley lo abrazó fuerte fuerte, y fueron más despacio, y sus padres los castigaron por salir así, en pleno temporal. Y a ellos no les importó nada, porque Declan siguió subiendo a la habitación de Riley, y juntos los castigos eran una cosa tremenda. Lo mejor del mundo.