4 Declan
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CUATRO
DECLAN
No le hice caso a Shay ni fui al concierto con él aquella noche. Cathy me escribió y yo solo pude pensar en olvidar durante un rato, por breve que fuera, esa cosa que me abría el pecho en dos y cada vez estaba más hueca.
Ese día fue Cathy, pero hubo más chicas. Y más chicos.
Cada noche, las prisas por llegar a alguna parte se me metían en la tripa hasta que estaba en la habitación de mi infancia, con las manos de alguien en mi cuerpo y con los gemidos de ese alguien en mis oídos.
Y por raro que pueda parecer, me excitaba no por la persona que se restregaba sobre mí, sino porque sabía que él estaba ahí.
Que me analizaba, que me observaba, que me escuchaba.
Estuve a punto de correrme una vez, hasta que la chica me agarró la erección y esta se encogió en el acto.
Me reí, y le pedí perdón muchas veces. También intenté compensárselo, pero no me dejó.
Así que me seguí riendo cuando se fue y lo hice más cuando el vecino y yo nos quedamos solos en la ventana y empezó su análisis.
Lo hacía siempre; eso de analizarme, digo.
Cada noche, en cuanto me quedaba solo y salía con mi cubo de Rubik y mi vergüenza a la ventana.
Ahí me convertía en un charco de verdad que solo quería echar las cortinas y olvidarse de ese vecino que había llegado a su vida para desbaratarlo todo.
«Asexual». «Demisexual». Dos términos sobre los que ya había indagado, pero a los que no había querido dar importancia. Shay ya me había propuesto ir a una psicóloga amiga suya, pero hablar de todo eso con alguien a quien no conocía de nada me resultaba muy incómodo, la verdad.
Y de pronto se me quitaron las ganas de los besos y los magreos y de intentar sentir algo que nunca lograba sentir y solo quería escucharlo a él.
Que me hablara de su vida. De sus planes de futuro.
Riley (así se llamaba mi vecino) me contó muchas cosas.
Que sus padres eran algo excéntricos, pero que los quería mucho.
Que a su madre le había dado por la escalada.
Que su padre estudiaba las mariposas desde hacía unos años y que de ahí venía su amor por ellas.
Que había estudiado Diseño de Moda en una academia de prestigio en Galway, pero que no había querido ir a la universidad porque ¿para qué?
Que la jardinería solo era un hobby más, como lo era leer a los clásicos de la literatura.
Y que no, que Thomas Hardy no era su escritor favorito en absoluto, que prefería el terror o la narrativa, pero que había leído alguno de sus libros y cuentos.
En algún momento de la quinta semana que pasaba en la casa, empezó a arreglar nuestro jardín.
Así, sin avisar. Lo hacía a primera hora, cuando yo estaba ayudando a Shay en el pub ahora que su hermano se había ido de vacaciones con el novio, o cuando me iba al gimnasio por las mañanas.
Llegaba a casa y me encontraba con que las ramas y hojas muertas iban desapareciendo, al igual que las enredaderas o las malas hierbas que ponían en peligro las rosas que aún preocupaban a mi madre. Riley lo hacía todo sin decirme nada.
El viernes por la noche, cuando vuelvo del pub tras una jornada de las duras y veo que tiene la luz encendida, me remango la camiseta y trepo como puedo por el amasijo de enredaderas, ramas del roble y salientes de madera de la casa hasta alcanzar su habitación.
Es fácil. Hay todo un bosque en su ventana y él no parece querer domarlo.
—¿Por qué no has arreglado esta parte del jardín?
—¿Te molesta? —me pregunta desde la cama, donde se pone de lado para poder mirarme. Tiene la luz de la mesita encendida y un libro abierto entre los muslos.
Sonrío al ver el título.
—¿Lejos del mundanal ruido? ¿No se supone que no te gustaba Hardy?
—Y no me gusta. Lo estoy leyendo por tu culpa —confiesa con una timidez en la voz que me resulta adorable.
—¿Demasiado pesimista? —pruebo.
—Demasiado real. —Se incorpora y viene hasta mí.
Lleva un pantalón cuya caída deja a la vista un abdomen liso y perfecto, sin nada de vello, el hueso pronunciado en la cadera, la piel dorada.
Es… una fantasía. Y me está mirando con esos ojos que son profundos y me hacen sentir cosas que nunca he sentido, cosas que nada tienen que ver con las que me provocan esos cuerpos que me aplastan contra el colchón e intentan arrancarme jadeos que no me salen de manera natural—.
¿Qué haces aquí? —Se deja caer con las piernas flexionadas en al alféizar y yo afianzo los pies en la rama y me apoyo de modo que noto el calor de sus muslos en los antebrazos cruzados.
—Me has arreglado el jardín.
—Lo estoy arreglando —me corrige—. Todavía no he hecho nada destacable.
—Por Dios. Estaba hecho un desastre, por supuesto que has hecho mucho destacable.
Ahora se puede caminar, y admirar el rosal.
A mi madre le encanta el rosal, ¿sabes? Pero desde que mi hermano se fue…
Lo echa de menos. Todos lo echamos de menos —confieso antes de que me vuelva a decir que yo también lo hago—.
Era algo que hacían juntos. Estar ahí sin él… duele; supongo.
—¿Eso que huelo son celos?
—¿Qué? ¡No!
Me dedica una sonrisa diminuta.
—Puedes estar celoso, no pasa nada. Los celos, cuando son bonitos, no duelen tanto.
—No hay celos bonitos. Son la cosa más horrible del mundo.
Riley se escurre un poco para poder mirarme mejor y yo me fijo en los tatuajes, las mariposas de distintas formas, luminosas y preciosas, algunas en forma de orugas o polillas, otras en todo su esplendor.
Las hay que incluso se posan en los pétalos de las flores: las hortensias que tiene por encima de ambos bíceps, las lavandas y los claveles en los antebrazos, los nomeolvides y las rosas.
Y luego el colibrí. Y las frases. Y los nombres.
El suyo lo lleva tatuado en el pecho, justo en la caída del cuello de la camiseta, donde destacan las líneas de otro tatuaje que parece más grande y complejo.
Se ve y no se ve, dependiendo de la inclinación de su cuerpo.
«Riley». Es… como si no quisiera olvidarlo nunca.
—No cuando la persona te importa. Cuando lo hace, los celos se convierten en otra cosa. Posibilidades, quizá.
—Quiero pagarte.
Él se ríe.
—No voy a cobrarte, olvídalo.
—Ven a comer conmigo. Te invito. Mañana. En el pub donde trabajo. Y te dejo que me cuentes por qué te gusta tanto Hardy.
—Que no me gusta tanto Hardy, pesado.
Sonrío, nada más. Luego examino la habitación. Las paredes, antes llenas de dibujos y fotos, que ahora están desnudas. Los muebles nuevos, la cama doble donde la gata ronronea con la mirada clavada en mí. Los colores más vivos, más...
—¿Estás bien? —me pregunta él al verme la cara.
—Sí, es que… —No soy capaz de dejar de mirar la soledad que transmiten las paredes—. Es como contemplar un cadáver.
—¿La habitación, dices?
Me obligo a desviar la vista hacia él.
—¿Ella… —trago saliva; me arden los ojos, el corazón, la puñetera sangre— alguna vez te habló de mí?
La tristeza en su mirada escuece, muchísimo.
Aparto los ojos y me recoloco para ajustar la posición y elevarme un poco más, pero calculo mal y las piernas se me enredan entre las ramas.
De pronto me veo colgando con todo el peso en los brazos, las enredaderas arañándome la piel a través de la tela del pantalón, el cuerpo en tensión.
Riley se apresura a sujetarme de los hombros hasta que por fin vuelvo a ocupar una posición segura.
Estamos tan cerca que nuestras narices se empujan, se rozan. Su aliento es una mezcla de menta y frambuesas. Su mirada es efervescente, su tacto me hace hervir la piel, su sonrisa me endurece las pelotas.
—¿Estás bien? —pregunta con voz ronca.
—¿Te he dicho ya que eres guapísimo?
Riley sonríe.
—¿Te he dicho ya que no pienso liarme contigo?
En realidad sí, me lo ha dicho un par de veces.
O a lo mejor más de un par. Cada vez que le entro, para ser precisos.
Es que no puedo evitarlo, aunque sé cuál será su respuesta.
Lo sé por cómo me mira, con esa mezcla de curiosidad y desconfianza, como si no le gustara nada lo que ve aunque la apariencia sea agradable.
Es un sí pero no, de los que molestan, de los que duelen.
Quiero preguntarle muchas cosas, pero me decanto por lo importante: el motivo que me tiene así, nervioso y a la vez desolado.
—Dime una cosa: ¿lo harías si fuera un tío normal?
Y si no fueras hetero y te gustaran los chicos, claro.
—Mierda, ¿qué cojones estoy diciendo? Que deje de mirarme así, por favor.
No debería haber bebido nada al terminar el turno, la mezcla de alcohol y el cansancio, unido a la falta de alimento, son una putada de las grandes—.
Ya, lo sé, estoy suponiendo demasiado, pero…
—Me muerdo los labios para no soltarle lo mucho que me atrae, porque no es habitual que me sienta así, conectar a este nivel, sentir que ardo por dentro y también por fuera.
Él menea la cabeza; no parece entender lo que le estoy preguntando. Y yo trago saliva y el nudo de amargura que se me acumula día sí y día también en la garganta.
—Ya sabes, todos esos rumores… Yo… —No termino la frase, no hace falta.
Riley enrojece, los hombros se le tensan, los ojos le brillan. Menea la cabeza y suelta una risotada amarga.
—Por Dios, Declan.
—¿Por Dios qué? Sé que los has escuchado. Sé que lo sabes. Además, me has visto. —Me encojo de hombros—. Me da igual lo que piensen de mí, la verdad, pero…
—No te da igual. Por mucho que intentes hacerte el fuerte, a nadie le da igual una cosa así, Declan.
—Solo quiero saber qué piensas. Sé que no me conoces mucho, pero… —Dejo escapar el aliento y él se agacha, me toma de la barbilla, me la levanta, y nuestras narices vuelven a rozarse, y a mí se me forma esa bola de nervios en la tripa que aparece y desaparece cuando lo tengo cerca.
—No eres lo que tienes entre las piernas, ¿sabes? Eres todo lo demás. Y lo demás…
El corazón se me vuelve loco. Late y late y todo es «no eres lo que tienes entre las piernas» y «eres todo lo demás». Clavo los codos en la madera y elevo la vista.
—¿Lo demás qué? —pregunto en un susurro.
Lo veo tragar saliva, sonrojarse, pero no aparta la mirada de mí y mi corazón comienza un centrifugado a lo bestia.
—Lo demás me encanta —dice con voz ronca. Y yo pienso en que quiero besarlo, necesito besarlo, no puede irse del pueblo sin que lo haga y yo no puedo morir antes de hacerlo.
De pronto, mi vida se reduce a besar a Riley, a sentir a Riley, a hacerlo todo o no hacer nada, pero con Riley.
Y es una mierda, porque es heterosexual y jamás podrá pasar nada con él.
Y porque se irá y no volverá y yo me quedaré aquí, con el corazón hecho papilla y la vida del revés.
No, no puedo pillarme de un imposible. Otra vez no, joder.
Me lo digo y me lo repito esa misma noche, cuando subo a mi habitación y me corro pensando en él.
Y durante el día siguiente, y el siguiente, y el siguiente.
Me lo digo mientras lo veo arreglar el jardín o jugar con su gata o dibujar en su libreta de cuero desde la ventana.
Cada vez que lo veo salir a correr y volver con esos brazos llenos de dibujos que parecen hablarme.
Me lo repito al meterme en la ducha por segunda o tercera vez en el día buscando aliviar un fuego que no había sentido en mucho tiempo.
Mi cabeza es un cubo de Rubik de los jodidos y, por primera vez en mi vida, no tengo ni idea de cómo resolverlo.
Esa es la razón por la que me dejo llevar el sábado por la noche, cuando Shay me invita a salir, y acabo borracho y en la cama de un tío que quiere hacerme de todo y a quien no quiero hacerle nada.
Por supuesto, no me espero el puñetazo. Quizá por eso no se lo devuelvo y esquivo a Shay cuando salgo de la habitación y de la casa y me alejo de todo. Tal vez por eso lo primero que hago es subir a la ventana de mi vecino y preguntarle por ella. Por Rory.