3 Riley #2
—Para nada. Creo que es asexual o demi, porque no se empalma ni parece disfrutar demasiado. Hay rumores horribles sobre él, Millie, y eso que no llevo mucho aquí. Dicen que es impotente y mierdas por el estilo. La gente no se molesta en saber, y en pueblos tan pequeños como este es mucho peor.
Mi amiga abre la boca de par en par. Hasta le veo el hueco de la muela que le quitaron porque se le había partido mordiendo una nuez y no hubo manera de reconstruirla.
—No entiendo nada.
—Yo tampoco, la verdad. Apenas hemos hablado. No sabe que soy yo —confieso un poco avergonzado por mi cobardía.
—¿Por qué?
Me río sin ganas.
—Pues porque me odia.
—Venga ya, no puede odiarte.
—Pues lo hace. Tendrías que haber visto la cara que puso cuando me preguntó por ella.
Ni siquiera supe qué responder a eso; cree que soy un familiar suyo o algo así.
Imagínate decirle quién soy en realidad.
Es que no sabría ni por dónde empezar, ¿entiendes?
No es tan fácil. Nosotros… tenemos una historia.
—Pues por eso mismo tienes que contárselo.
—Me da pavor.
—Es normal, Riley, pero vuestra historia es bonita. Y él es un buen tío, ¿no? Mucho no habrá cambiado en todo este tiempo, digo yo.
No le digo que creo que no ha cambiado nada, que parece una versión mejorada del chico que recuerdo. Y no se lo digo porque no me he acercado lo suficiente a este Declan como para saberlo con exactitud; solo son mis esperanzas, y mis expectativas, haciendo lo que les da la gana.
—Además, me pone —confieso, y noto cómo se me encienden las mejillas—. Esa es otra de las razones por las que no he podido decirle nada. Me pongo nervioso cuando lo tengo delante, y me da miedo mezclar los sentimientos del pasado con el presente. Me da miedo confundirme, ¿comprendes?
—No, la verdad. Pero si me lo explicas más lento a lo mejor lo capto mejor…
Sonrío. Dios, qué difícil es esto.
—Lo que pasó con Richard…, ya sabes. —Mi amiga asiente, de modo que continúo—: Me dolió, sí, pero nada que ver con lo que sentiría si Declan Molony me rechazara por ser trans.
Yo… no sé si podría con ello, Millie. Fue mi primer amor.
Una vez llegué a pensar que su recuerdo era lo único que me mantenía en pie.
—Ay, Riley. Todavía sientes algo por él.
Sonrío, nada más. ¿Cómo explicarle la vida?
¿Cómo decirle que cuando tienes un tesoro haces lo posible por guardarlo bajo tu piel, enterrado dentro, para que nada lo manche, ni siquiera tú?
Eso ha sido él para mí: mi tesoro, mi amuleto, mi esperanza, mi todo.
Y lo fue durante tanto tiempo que ahora me siento…
raro. Han pasado siete años desde que nos separamos.
Siete años. Es casi la mitad del tiempo que pasamos juntos.
Media vida. Y no tengo ni idea de cómo confesarle la verdad cuando siento que él…
me odia. Por mi silencio, por irme, por no contestarle a las cartas. Por ser un amigo de mierda.
—Es complicado. Era mi mejor amigo. Fue… el primer chico por el que sentí algo, y al que besé.
—¿Nunca le hablaste sobre cómo te sentías?
—Cuando me fui del pueblo estaba muy asustado, Millie.
Mis padres se dieron cuenta y por eso aceptaron el puesto de cirujano que le ofrecieron a mi padre lejos de aquí.
Creían que el cambio me vendría bien. Y lo hizo, supongo, pero yo seguía muerto de miedo.
Solo quería encerrarme en una burbuja y no dejarme ver.
—Suelto el aire como si llevara años conteniéndolo cuando noto que Haruka se me enrosca a los pies, empujando su cuerpecito contra mis tobillos.
Sonrío y me siento sobre la hierba con cuidado de no aplastarla.
Luego me la subo al regazo y comienzo a acariciarla.
Es… como si sintiera mi dolor y quisiera quitármelo a base de caricias—.
Declan me escribió unas cartas preciosas que me mandó a través de nuestros padres.
Nos mudamos varias veces, pero ellos mantuvieron el contacto durante bastante tiempo.
Y yo le contesté, te lo juro —agrego al verle la cara de confusión—.
Tengo las cartas en casa, pero nunca las envié.
Mis padres ya me habían llevado a terapia e intentábamos lidiar con lo que me estaba pasando.
Vuelvo a coger aire. La vibración del ronroneo de Haruka entre los dedos me calma; también la sonrisa de Millie, que espera con paciencia a que le siga hablando de esa parte de mi vida que he mantenido encerrada, esa parte que tiene que ver con Declan Molony.
—Mi cuerpo empezó a cambiar muy rápido y estaba triste todo el tiempo.
Solo quería crecer, que pasaran los años, poder empezar el tratamiento.
Me sentía muy perdido. Intentaba entenderme y no sabía cómo hacerle entender a ese chico al que tanto quería lo que me estaba pasando.
Cuando me quise dar cuenta había pasado un año, y luego dos, y luego él dejó de escribir, pero yo seguí haciéndolo.
Las cartas se convirtieron en una especie de diario que no salió de mi habitación.
Mi psicóloga me decía que era bueno que lo hiciera, que hablara, que lo sacara todo de dentro.
Pero yo solo veía esa distancia que se abría entre nosotros y que ya no sabía cómo salvar.
—Respiro hondo—. Ahora mismo, no tengo ni idea de cómo salvarla. Es que no sé ni cómo decírselo.
—Ay, Riley.
—Sí.
—Entonces… todavía te gusta —musita mi amiga.
Y no sé si debo contestar, si le dolerá, si querrá saber. Pero es Millie, y jamás podría mentirle. Yo no soy así y tampoco es lo que ella quiere.
—Mucho. Ya te lo dije, está tremendo.
—Me refiero a como persona. Si es el mismo chico del que te colgaste cuando eras un crío.
—Tenía quince años cuando me fui. No era tan crío.
—Sabes lo que te estoy preguntando.
Sí, lo sé, claro que lo sé. Y es cierto que su físico me atrae como nada, pero es lo demás lo que me aterra. Lo que lleva dentro, lo que sé que tiene ahí, escondido en esa verborrea estúpida y esa manera suya de hacerte creer que no le importa nada.
—No lo sé. Yo… ya no lo conozco.
—¿Y a qué esperas para conocerlo?
La sonrisa de Millie me dice que está bien, que estamos bien, que quiere verme bien. Y yo sonrío, me dejo caer de espaldas en la hierba, con Haruka sobre la tripa, y respiro fuerte. Me encanta cómo huele Spellwood, la humedad, la naturaleza, la vida.
—Me ha pedido que le arregle el jardín y…
Y entonces empiezo a hablar. Y Millie se va a un lugar donde puede escucharme sin todo ese ruido de la feria de fondo. Y la vida parece perfecta, aunque no lo sea.