El lugar al que pertenezco 3 Riley
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TRES

RILEY

—Se puede saber por qué estoy yo aquí y tú…

¿Dónde decías que estabas? —inquiere Millie, mi mejor amiga, en cuanto conecto la cámara y su cara preciosa ocupa la pantalla.

Lleva la melena rizada y pelirroja recogida en un moño y sus ojazos marrones me recorren como si quisieran averiguar si estoy entero.

Qué bonita es y cuánto la echo de menos.

Solo hace tres semanas que me fui de Galway y vine a vivir aquí, pero aun así…

Es como si me hubieran arrancado un trocito de mí y ahora solo sintiera el hueco, hondo e inmenso.

Hay personas que hacen que la vida merezca la pena, y Millie es una de ellas.

Tenerla en mi vida es… un puñetero milagro.

—¿Qué más da? Lo vas a olvidar a los tres segundos.

—Te diría que no, pero sí. —Sonríe de oreja a oreja; luego me señala los puestos de la feria de artesanía que hay a su alrededor—.

En serio, Riley, ¿por qué cojones no estás aquí?

Eres el puto amo, has sido el mejor alumno de la academia y lo sabes.

Llevas preparándote para exhibir tu creaciones…

¿cuánto tiempo? Y lo dejas todo por un tío.

Un tío que, además, te robó diseños para su proyecto final —me recuerda con una voz demasiado suave para lo cabreada que está.

Que sí, que debería haberlo denunciado, pero… ¿qué más da? Que me robe mi trabajo duele, pero me duele más haber creído que sería lo suficientemente importante como para… aceptarme, quererme y respetarme. Soy tan imbécil…

—No puedo estar ahí, Millie, es que no puedo.

Además, desde que empecé la academia tuve claro que ese mundillo no era para mí.

—Los dos sabemos que odio llamar la atención, el socializar; lo mío es trabajar tranquilo y a mi bola; y puede que ahora me toque trazar un largo recorrido hacia mi futuro, a lo que quiero lograr por mi cuenta, pero no tengo prisa.

Solo tengo veintidós años—. Necesito algo más… mío. Ya me conoces.

Mi amiga resopla, pero el gesto se le suaviza porque me conoce y lo sabe. Claro que lo sabe.

—Dime que al menos vendrás al Fashion si es que a exagerada no la gana nadie.

También se me forma una bola en la garganta y noto la amenaza de las lágrimas en los párpados.

Respiro y me echo el pelo hacia atrás. Me pongo a caminar de un lado a otro del jardín, solo por hacer algo.

La tarde ha caído y apenas me queda trabajo que hacer en la casa, así que empiezo a mirar el jardín del vecino con mucho pero mucho interés.

Y no es buena idea, en absoluto. Pasar tiempo con Declan Molony no entra en mis planes más inmediatos; ni en los futuros, ni en ninguno. Digamos que lo tengo vetadísimo.

—Riley, no merece que le dediques ni una lágrima, ni un pensamiento. Por Dios, es que no merece nada.

—Ya lo sé —digo, pero mi voz suena demasiado bajita y temblorosa.

—No me has contado lo que pasó. —Aprieta los labios como si le costara un mundo preguntar—: ¿Fue por…?

Asiento, nada más. Y ella lo entiende. Me entiende.

No necesita que le explique mi situación, ni mis inseguridades, ni la realidad a la que tengo que enfrentarme cada día de mi vida por ser un chico trans.

Que sí, que ya no soy aquel crío aterrorizado que se escondía bajo capas y capas de ropa.

Mi transición me ha dado seguridad y confianza, pero por dentro queda algo del chiquillo que se encogía de miedo cuando lo miraban raro o se dirigían a él en femenino por no tener un físico acorde a los estereotipos masculinos.

El miedo nunca se va del todo, las huellas se quedan ahí, bien adheridas, como los tatuajes que llevo en la piel, y seguirá presente cada vez que intente mantener una relación romántica o sexual con otra persona.

—Creía que era distinto. No es que lo quiera ni nada, pero fue un palo. Pensé que… —Suelto una risotada amarga—. Creí que era mi amigo.

—Es que es normal. ¿Cuánto tiempo estuvisteis tonteando antes de que pasara nada? ¿Dos años? Hasta para mí fue un palo —admite, y los mechones sueltos se le agitan al menear la cabeza—. Casi desde que él llegó a la academia y se sentó a nuestro lado. Riley…, ¿de verdad no lo quieres?

—No —contesto, y lo digo en serio. No estaba enamorado de Richard, pero fue mi primer novio de verdad, el primer chico al que dejé entrar en mi vida después de… él.

Richard fue el primero al que le permití desnudarme en todos los sentidos, al que le mostré quién era.

El mismo que se apartó de mí, que puso distancia, que me rechazó con una sonrisa y un «vaya».

Nada más. «Vaya». Luego vino el «¿cuándo pensabas decírmelo?

» y otras preguntas que nunca deberían hacerle a alguien como yo, porque no está bien, porque duele, porque solo quiero ser… libre. Ser yo, sin más.

¿Tan difícil es que te quieran por ser quien eres?

Cuando sales al mundo y este te demuestra que esconderte siempre es la mejor opción, te lo crees. Punto. Y no. He pasado demasiado tiempo escondido. Solo quiero ser yo. Con todo lo que tengo, con todo lo que soy. Riley. Nada más.

—Dime que estás haciendo unos diseños increíbles y que vendrás y te sacarás esa polla preciosa que escondes en el bolsillo interno de los calzoncillos y le demostrarás que da igual que te copie, porque nunca estará a tu altura.

Se me escapa la risa.

—Se llama packer, idiota —le digo con una mueca, aunque los dos sabemos que me encanta que me diga las cosas así, con naturalidad; aparte de los chicos que me ha presentado mi amiga Cassandra o he conocido en foros, Millie es la única con la que puedo hablar de estas cosas sin que me mire como si fuera un extraterrestre—, y te recuerdo que soy más bajito que él.

—Y yo soy un tapón, y ya ves cómo sufro —replica, y yo me río porque es Millie y quiero comérmela a besos—. Dime que tienes algo para el festival.

—Soy Riley O’Brian. Siempre tengo algo —contesto con una media sonrisa.

—Eres el mejor. Y el chico más increíble del mundo, y me encantaría ser un hombre solo para demostrarte lo feliz que podría hacerte. —Sonríe, pero esta vez la alegría no le llega a los ojos—. Ojalá lo fuera, ojalá me vieras de esa manera. Yo… te haría muy feliz.

Se me forma un nudo en la garganta. Sí, Millie se me declaró a los pocos meses de conocernos, cuando empecé en la academia de diseño. Mi familia y yo nos habíamos instalado en Irlanda de manera definitiva y ya había empezado el tratamiento.

Mi relación con Millie fue… intensa. La quise desde que la conocí.

Como una hermana, como un alma gemela, nada más.

Pero ella… Ella vio mucho más de mí. Y no le importó quién era.

Es más, me abrazó y me dijo que era perfecto y que me quería y meses más tarde…

me besó. Y todo se fue a la mierda. Estuvimos casi un mes sin hablar.

No quería atosigarla y ella necesitaba espacio.

Hasta que un buen día volvió a mí y me dijo que daba igual que me gustaran los chicos y que nunca me fijara en ella mientras la quisiera.

Y vaya si la quiero. La quiero tanto que a veces le rezo a ese dios en el que no creo para que encuentre a alguien que la merezca de verdad.

Y debe de verme la cara, porque enseguida sonríe y me dice que no pasa nada, que ya lo ha superado.

Y hablamos de tonterías y me hace prometerle que iré al festival, que haré que Richard se quede con el culo torcido de lo increíble que soy, y que intentaré divertirme en ese pueblo diminuto en el que estoy perdido.

No le digo que mi diversión se reduce a dibujar patrones nuevos, pensar en mi futuro, arreglar el jardín y ver cómo el vecino se enrolla con un millón de personas.

—Uy, ¿y esa sonrisa? ¿Hay algo que no me estás contando?

Mierda. ¿Por qué soy tan transparente cuando se trata de ella?

—Algo.

—Suéltalo, venga.

—¿No tienes nada mejor que hacer? —Le señalo la pantalla, a los puestos, a la gente que pasa por su lado, a todo eso a lo que he renunciado porque un tío me ha rechazado.

—Que lo sueltes. ¿Has… conocido a alguien?

Me muerdo el labio inferior.

—A ver…, conocer, lo que se dice conocer… —Se me escapa una sonrisa al recordar cómo me miró esta misma mañana, el modo en que sus ojos se perdían por mi rostro, por mis brazos, por mis muslos, por…—. Es mi vecino.

—Tu vecino. —Ella enarca las cejas, esperando más información.

—Mi vecino. Ese vecino, ya sabes.

Millie no necesita más. Le he hablado de Declan en más de una ocasión. He dibujado a Declan hasta el dolor. Está en las paredes de mi habitación de Ballybane, en mis anécdotas de la infancia, en mi puta vida. No hay ni un solo día en el que no haya pensado en Declan Molony.

—Oh, oh. ¿Es… él? ¿Tu primer amor?

Sonrío. ¿Cómo no hacerlo?

—Tienes que ver cómo se ha puesto. Está… —Me ruborizo y ella me dedica una de esas sonrisas tremendas cargadas de dientes blanquísimos.

—¿Está qué? Sigue contando, por Dios.

—No hay mucho más que contar.

—¿Cómo que no hay mucho más que contar? —Pega la nariz de nuevo a la pantalla y ahora solo veo dos agujeros y unos pelillos aquí y allá. Me río y ella chasquea la lengua con fastidio—. Tiene que haber más.

—Mi ventana da a la suya, se lía cada noche con una persona distinta. Tías, tíos, da lo mismo. —Suspiro hondo—. Le he visto la polla y todo. ¿Qué más quieres saber?

—Me tomas el pelo.

Me río.