El lugar al que pertenezco 2 Declan #2
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2 Declan #2

Un rato después, estoy en mi pub favorito con una de mis personas favoritas del mundo: Shay.

Diría que es mi mejor amigo, pero ese puesto siempre le pertenecerá a otra persona, por más que me pese.

Shay es… Shay. Amigo, hermano, compañero de fatigas.

Tiene la misma edad que yo y estudió la licenciatura de Diseño de Moda en Cork.

Fuimos al mismo instituto, pero no nos hicimos amigos hasta el penúltimo año, cuando salió del armario y un tipo empezó a meterse con él.

Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Su mejor amigo, Sky, le dio un puñetazo.

Yo, capitán del equipo de fútbol gaélico y uno de los chicos más populares del instituto gracias a este cuerpo y a esta cara que he heredado de mis padres, opté por algo más…

radical. Agarré a Shay y le metí un morreo.

Ahí, en el patio del instituto, le robé su primer beso a mi amigo, y luego me sentí fatal porque no es justo que te hagan algo así sin preguntar.

Pero Shay no se lo tomó mal, todo lo contrario.

Nos habríamos acostado de no ser porque no me ponía y todo eso.

El caso es que fue un beso épico y todo el mundo tuvo mucho de lo que hablar en el instituto.

Y mucho más cuando a los pocos días me enrollé con la novia del acosador en cuestión, solo por el simple hecho de demostrar que podía.

Sí, era un poco gilipollas. Aún no había cumplido los diecisiete y todavía tenía el corazón hecho papilla.

Ahí empezó mi promiscuidad, supongo, y los rumores, y el intentar encontrar algo que llenara el vacío que sentía cada vez más pesado en mi pecho.

No suelo hablar de esto con Shay. No le gusta que me refiera a mí mismo en esos términos. Él prefiere pensar que fue ahí donde empecé a buscarme, que me encontraré, que solo necesito tiempo. Tiempo; incontrolable y aterrador. Tiempo.

—Tienes sonrisita. —Shay deja las bebidas sobre nuestra mesa favorita, la que está junto a la ventana que da a la calle.

Zumo de frutas para él, chocolate caliente para mí.

Su hermano Ryan es uno de los socios del Brennan es que me cuesta decir que no, quedarme quieto, esperar a encontrarme.

Hace mucho que siento mi vida como un esprint hacia ninguna parte, y lo peor de sentirte así no es el cansancio ni el agotamiento físico y mental; es darte cuenta de que por mucho que corras no vas a llegar a ninguna parte, que no hay meta ni salida ni destino. Que eres tú y la absoluta nada.

—Si no quieres alimentar más rumores, deberías liarte con gente de fuera de aquí.

—Mi amigo se pasa la mano por el pelo rubio y se lo echa hacia atrás.

Shay es una copia más brillante, risueña y bonita de su hermano, que tiene pintas de darte un puñetazo en la nariz si te acercas mucho.

Incluso sus ojos se parecen, pero los de Shay son de un castaño un poco más claro.

Me río, qué tontería.

—Los rumores llegan igual, ya lo sabes. Son como las tormentas que arrastran la lluvia.

—Declan…

—No me regañes. Anoche fue una mierda.

—Es que no sé por qué lo haces. Son demasiados rollos hasta para ser tú.

Hasta para ser yo, ¿eh? Resoplo, frustrado y un poco dolido porque Shay no suele hablarme de esa manera, lo que demuestra lo preocupado que está por mí.

—Tú no lo entiendes. Yo… necesito sentir algo. Han pasado casi tres años desde que terminé con Brody y no he vuelto a sentirme así con nadie. Yo… echo de menos sentir que no estoy roto. ¿Tan difícil es de entender?

Brody, mi exnovio, el chico nuevo que llegó al pueblo a la mitad del último curso de instituto.

Lo nuestro duró año y medio. Fue intenso, demoledor y con un final que tal vez no se parezca a los de Thomas Hardy (los dos seguimos vivos), pero casi.

Con él fueron casi todas mis primeras veces, con él sentí que volvía a estar…

completo. O que no estaba roto del todo.

O que podía volver a sentirme vivo. Yo qué sé.

Brody no fue el amor de mi vida, ni el más intenso tampoco, pero sí el que cubrió de pasado ese otro amor que aún me dolía. Que aún me duele.

Shay me mira con una pena que me hace querer darle un abrazo, porque su pena y la mía se parecen, aunque no tengan nada que ver.

Yo me lamento por dos amores perdidos, un chico que me dejó para seguir su vida lejos de mí, una chica que me borró como si los quince años que pasamos juntos no fueran nada.

Shay lo hace por un chico que jamás lo dejará, pero que nunca será su amor. Historias distintas, mismo destino.

—No estás roto, Declan.

—Ya, eso díselo a mi pene.

La carcajada que suelta llega hasta la barra, donde su hermano, el rubio con pintas de malote que te deja con las rodillas temblando cada vez que sonríe, nos mira con un gesto de advertencia. La de veces que nos ha tenido que sacar del pub por escandalosos…

—Por Dios, no digas pene.

—¿Por qué no? No la puedo llamar polla cuando la pobre está en stand-by todo el rato. —Levanto los dedos para indicar el tamaño y achino los ojos en un gesto exagerado que le hace soltar otra carcajada.

—Mira que eres tonto. —Mi amigo me examina con demasiada intensidad—. ¿Alguna vez intentaste llamarlo? Tienes su número. A lo mejor, él…

—Rompió conmigo, ¿recuerdas? El mismo día que follamos, por cierto, y el mismo día de mi cumpleaños, que también fue el mismo día que le dije que lo quería. Fue un triple golpe mortal. Ni siquiera se despeinó. Estaba guapísimo y yo ahí con el corazón sangrando.

Otra risa, seguida de un empujón cariñoso.

—Eres un dramático…

—¿Cuántas veces te pueden romper el corazón? ¿Crees que es como los gatos, que tienen siete vidas? Tengo que preguntarle al vecino, tiene una de esas que parece que se han electrocutado, toda blanca con mechitas grises.

Shay me ignora, me conoce y sabe que estoy en modo «esquivar el tema».

—Mira, no lo conocí mucho, pero sé que le importabas. Se le notaba. Dejarte también fue duro para él.

—No tenía que hacerlo. El primer año nos fue bien.

La distancia no mata las relaciones verdaderas.

Y él… es el único chico al que le he permitido la entrada, en todos los sentidos de la palabra.

—Nada más decirlo, me avergüenzo. Porque sí, ha sonado tonto, pero es la verdad.

Puede que me haya enrollado con más chicos y chicas de los que recuerdo, pero llegar al final… solo con Brody. Y una única vez.

—Demasiada información —se queja, pero enseguida se gira y me sujeta la mano—. Declan…

—Dijo que no podía cargar conmigo.

—No. Lo que dijo fue que no podía llevar consigo una maleta tan pesada. Que dolía demasiado.

—Me llamó gordo, Shay.

Las carcajadas de mi amigo ahora sí que se escuchan por todo el local.

Se agarra la barriga y hasta se tumba un rato en el sillón para no caerse al suelo.

De soslayo, distingo los mechones rubios del hermano moviéndose a los lados antes de verlo huir al almacén, solo para no tener que echarnos; estoy seguro de que ganas no le faltan.

—Eres idiota. —Shay se limpia las lágrimas cuando consigue recuperarse.

—No quiero hablar de él, ¿vale? Intento olvidarlo.

—El problema es que lo intentas demasiado. A lo mejor si dejaras de hacerlo lo harías de verdad.

—¿Es un trabalenguas?

Shay me aprieta el muslo con suavidad.

—Dime quién te hacía sonreír como lo hacías hace… —comprueba el reloj de su móvil— dos minutos y cuarenta segundos, anda.

Pienso en la sonrisa de mi vecino, en su forma de mirarme, en el verde oliva penetrante de sus ojos, en el modo en que sus tatuajes hablan a través de la piel cuando se mueve. Y sonrío, joder, sonrío.

Y entonces Shay también lo hace y yo me pregunto si dejar de intentarlo es esto: sonreír sin nada más. Sonreír.