El lugar al que pertenezco 2 Declan
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DOS

DECLAN

—¿Ves bien desde ahí o quieres que me coloque en alguna postura especial? —Lo dice así, y a mí se me encienden las mejillas porque… ¿en qué momento se ha dado cuenta de que lo estoy mirando? Pero es que no he podido evitarlo.

El dolor de cabeza y los remordimientos me han hecho levantarme en cuanto el sol ha asomado por la ventana, y he bajado raudo y veloz a limpiar el desastre del jardín y a recuperar mi preciosa botella de agua. Qué asco, de verdad.

No sé en qué momento ha aparecido él, pero cuando me quise dar cuenta me había peleado con dos árboles de ramas rebeldes y se me había ido la mano con la manguera.

Literal que no hay ni un solo gramo de mi cuerpo que no chorree.

¿Todas esas pelis con gente sexi lavando coches mientras lucen modelitos?

Mentiras. La realidad es bien distinta. Sentir las gotitas bajarte por la raja del culo y que se te peguen los huevos a los calzoncillos no es nada agradable.

Nivel estaba a nada de quedarme en pelotas cuando lo he visto a él y me he pegado a la valla como un acosador al acecho.

Pero es que de día es todavía más guapo.

Y para colmo sabe arreglar el jardín. Lleva un peto vaquero, botas de agua y una camiseta sin mangas que deja a la vista la hilera de tatuajes en los brazos, y el pelo recogido en un moño, lo que realza una mandíbula marcada que me apetece recorrer con la lengua, y con los dientes, y probablemente con la polla, si estuviera por la labor, cosa que ahora mismo parece, y eso que debe de estar congelada con los kilos de ropa húmeda que llevo encima.

Sonrío.

—Hombre, si te giras un poco puedo tener una mejor panorámica de tu culo, que los bíceps ya los tengo más que controlados.

El vecino se gira y a mí se me saltan un par de latidos. Esos ojos. Esos putos ojos. Desvío la vista hacia abajo porque de pronto siento que el corazón podría salírseme del pecho si me sigue mirando así.

—Deberías darte una ducha. Estás a nada de sufrir una hipotermia y creo que el pobre árbol no soportaría más manguerazos. —Su voz suena ronca y sexi y yo me pregunto cómo sonaría al arrancarle un gemido, lo que a su vez me hace preguntarme por qué cojones me pregunto eso cuando este tío es hetero.

—¿Qué significan los tatuajes? Las mariposas y las flores no, ni tampoco las patitas de gato. Me refiero a las palabras.

—Algunas son nombres de personas que me han… cambiado la vida. Otras son frases de libros o de películas o… —Frunce los labios, como si hubiese estado a punto de decir algo importante y se hubiese dado cuenta de que soy un completo desconocido.

—No me lo digas. Thomas Hardy.

Dios, esa sonrisa. Creo que el corazón se me detiene, pero enseguida se acelera sin mi permiso, y también creo que se me están durmiendo las pelotas, y los labios, y todo yo.

Y creo que va a llover, teniendo en cuenta que los únicos rayos de sol son los que me lanza mi nuevo vecino amante de lo deprimente.

—¿Te gusta lo trágico o te gusta lo gótico? Porque son cosas distintas.

Él deja las tijeras de podar, se limpia las manos en el peto y se me acerca.

Coloca una de ellas en la valla y me dedica una mirada de las que descongelan a tíos a punto de entrar en hipotermia.

Quizá por eso me quedo ahí, contando los centímetros de distancia entre nuestros dedos.

Los suyos tienen un callo pequeño cerca de la uña del dedo corazón, de escribir, y otros en la palma de trabajar la tierra, y me imagino cómo sería sentir su tacto en mi piel desnuda.

—Eh, deja de imaginarme sin ropa y ve dentro. Estás tiritando.

—Eres guapísimo —le suelto, porque lo de callarme la boca nunca se me ha dado bien—.

¿Y qué eres, el nuevo jardinero? ¿Puedo contratarte?

Desde que mi hermano terminó la carrera y se fue a vivir a Cork, mi madre pasa de todo, y mi padre más.

Es como si además de media habitación se hubiese llevado sus ganas.

No sé, yo sigo viviendo aquí y a veces creo que se olvidan.

Al vecino se le suaviza la expresión, como si reconociera algo en mí.

—No te hagas el duro, que tú también lo echas de menos.

—No he dicho lo contrario, listillo. Pero…

—¿Por qué no arreglas tú el jardín? Seguro que a tus padres les haría ilusión que te implicaras. Y a tu hermano.

—Porque no soy el hermano bueno. —Me encojo de hombros y hago una mueca al distinguir su sonrisita—. No te rías.

—No me río. Es que ni tú te crees esa mierda. Venga ya, has salido con resaca a las seis de la mañana para limpiar el vómito porque no podías con la culpa. ¿Me equivoco?

Me inclino hacia él, tanto que la calidez de su aliento me acaricia la nariz y nuestros dedos se rozan cuando apoyo la mano cerca de la suya.

Lo siento tensarse a mi contacto, pero no se aparta.

Eleva la vista, yo la bajo. Soy más alto que él, al menos diez centímetros, diría yo, y mi cuerpo es más grande.

Y aun así… su aura me rodea, me envuelve, me marea.

Noto una punzada en el pecho, una alerta, un algo que no sé identificar.

Los restos del alcohol en mi organismo, supongo, que aún me tienen fundido el cerebro.

—¿Tienes poderes? ¿Puedes leer mentes? —pregunto en un intento desesperado por armarme la cabeza como si se tratara de uno de esos cubos imposibles, ese que tiene pegatinas iridiscentes que muestran distintos colores dependiendo de la luz y el ángulo.

—Solo las de tipos tan perdidos como tú.

—Va a decir algo más, pero un maullido lo interrumpe y él sonríe para tomar en brazos al gato que ya había visto alguna vez en la ventana y colocárselo sobre el hombro como si fuera un monito; un siberiano blanco atigrado con los ojos de un verde dorado que me miran como si no se fiara de mí.

—Creo que no le caigo muy bien —murmuro cuando lanza un maullido que llena el silencioso jardín.

—Créeme, si está aquí es porque le caes bastante bien.

—Bastante no es muy bien, pero me conformo. —Sonrío y él me devuelve una sonrisa que me hace estremecerme—. ¿Cómo se llama?

—Haruka, pero suelo llamarla Haru. Es… por Urano, de Sailor Moon. —Lo dice con las mejillas sonrojadas, como si me estuviese contando de más.

—La Sailor queer. Me gusta. Y tu piercing, también —agrego cuando menea la cabeza y distingo la lágrima morada que le cuelga en la oreja izquierda.

La sonrisa que le curva los labios me hace cosquillas por debajo del ombligo, y es raro, e incómodo, y excitante; todo a la vez.

Estoy a nada de hacerle mil preguntas cuando la gata lanza otro maullido.

Él desliza el pulgar por el espacio que hay entre la nariz y la cabecita, arriba y abajo, y la gata ronronea y apoya su cuerpecito en el hueco de su cuello.

Me derrito. Dios. Necesito sacarles una foto.

O veinte. Y creo que estoy babeando. Por si acaso, me rasco la barbilla, solo para comprobar que no estoy haciendo el ridículo.

—Anda, ve a darte una ducha o te pasarás una semana con fiebre, y qué sería de tus ligues entonces —dice con tonito.

Sonrío de oreja a oreja.

—Sobrevivirían, y tú podrías hacerme de médico. Hay una llave en la ventana de la entrada, debajo del ladrillo de la esquina, el que tiene la maceta encima. O puedes subir por la ventana a lo Romeo y Julieta.

—Sueña. —Se ríe.

—Cierto, que el chico intenso es más de Thomas Hardy. ¿Tienes algo en contra de los finales felices? —pregunto.

—¿Además de que no son reales?

—Uy, huelo a traumita. ¿Por eso estás aquí?

Fijo que estás viviendo en una tragedia.

Pues mira, te lo voy a resumir en pocas palabras: al final todo pasa.

Hay más peces en el mar y todo eso. —Las palabras me saben amargas en la boca, y más cuando él deja de prestarle toda su atención a la gata y me clava sus ojazos.

Aceitunas antes de madurar. Rory. Mierda.

—¿Te crees esa porquería? ¿En serio? —Con cuidado, sujeta a la gata con una mano y vuelve a agarrarse a la valla con la otra para acercar su rostro al mío—. Apostaría a que tus traumas son peores que los míos.

El golpe duele, pero lo encajo sin mucho drama. No conozco a este chico y él no me conoce a mí. No sé qué traumas tendrá él, pero no soy de medir el dolor de nadie ni de comparar. La vida ya es bastante jodida y no todos estamos hechos a la misma medida.

—¿Tú crees? ¿Tienes alguna manera de medirlo? ¿Crees que se pueden medir los traumas de cada uno? Porque a mí ese pensamiento me parece una gilipollez. Un golpe que a mí me tumba al suelo puede que a ti te haga más fuerte y viceversa. —Me encojo de hombros—. En fin, ¿quieres un café? ¿Té?

Al vecino se le enciende toda la cara; la gata debe de notar su nerviosismo, porque lanza un maullido sonoro y salta hacia la casa.

—Lo siento, no quería decir eso. Sea lo que sea lo que pienses que quería decir, claro. No es mi problema. Vamos, que me da lo mismo.

Me muerdo los labios para contener las ganas de reír. Qué nervioso está.

—Ya. —Muevo la mano y nuestros nudillos se rozan. Él abre los labios y suspira, yo estoy demasiado concentrado en cómo le brillan por la saliva para intentar entender lo que me hace sentir.

—Ni siquiera te conozco, así que mi opinión no debería importarte.

—No sufras, me importa una mierda tu opinión. La tuya y la de casi todo el mundo, la verdad —admito con sinceridad; las únicas personas que me interesan son las que quiero, y ellas no tienen por costumbre hacerme sentir mal—. Oye, ¿de verdad eres jardinero?

—¿Y tú eres siempre tan preguntón?

Sonrío.

—Solo con chicos guapos y oscuros. —Me muerdo el labio inferior como hago a veces cuando voy muy pedo e intento ligar, aunque se me da de puta pena.

La carcajada resuena por todo el jardín. Luego menea la cabeza, se gira y vuelve a lo suyo. Y yo me giro también y empiezo a quitarme ropa porque es que así no se puede ni andar.

Lo último que veo antes de entrar en mi casa es al vecino, con todos esos músculos, y esas mariposas, y esos ojos de los que solo quiero huir.