1 Declan #2
Me quedo embobado con su imagen. Poderosa.
Sus hombros son anchos, el pelo del color de la cerveza tostada le cae en cascada a los lados de la cara y le llega a la altura de las clavículas, y tiene unos labios gruesos que me encantaría lamer despacio y morder con ganas.
También tiene unos brazos que parecen cincelados, de músculos elegantes y llenos de tatuajes.
Flores, frases y mariposas que sobrevuelan las palabras, de colores y formas que no reconozco porque los bichos no son lo mío y no consigo distinguirlos desde aquí.
Me recoloco en el alféizar y acomodo la espalda en la pared.
—¿Cuántos rollos me has estropeado ya?
Él entrecierra los ojos, o eso creo. Los tiene verdes, o eso creo también.
Nuestras casas están bien juntas, pero no tanto como para verlo con nitidez en la noche, como es el caso.
Y como son todos los casos, en realidad.
Y es que siempre lo veo cuando el cielo está salpicado de oscuridad.
La de veces que me habré enrollado con alguien desde que mis padres se fueron de vacaciones y él ha estado ahí, leyendo en el alféizar y viendo a mis ligues deshacerse entre mis manos.
No hace mucho que se mudó; tres semanas, a lo sumo, a finales de mayo.
Recuerdo la primera vez que lo vi ahí, en esa misma ventana, observándome como si quisiera atravesar cada parte de mí.
Era de noche, pero, a diferencia de las otras veces, yo estaba solo y haciendo lo mismo que él: pasar el rato; resolver de manera distraída el cubo Axis que me había empeñado en dominar, mirar el cielo, respirar.
El corazón se me puso del revés. Pensé en ella.
«Rory». Mi mejor amiga, mi todo. Aquella chica de quince años que se había ido de mi vida un día de verano y a la que no había vuelto a ver, ni a ella ni a su familia.
Pero no era ella quien estaba ahí, solo su recuerdo; y luego ese chico que era su primo cercano o lejano o a saber, ya que no fue muy preciso cuando le pregunté. Tampoco es que indagara tanto. Sigo dolido, por lo que el paradero de Rory me trae sin cuidado.
Mi vecino sonríe. Aún no me ha dicho su nombre, pero se lo sacaré. Esta misma noche a ser posible. Suelta el cuaderno de cuero y se incorpora. Abre del todo el cristal y saca esa cabeza de media melena castaña, casi rubia, por la ventana.
—¿Estropeado? No sé, pero desde aquí no parecías muy entusiasmado.
Me ruborizo. Muchísimo. Mierda.
—¿Has estado escuchando?
—¿Yo? —pregunta con inocencia fingida—. Para nada.
—Mi polla no tiene problemas, ¿vale? —suelto, molesto—. Y la de ese tío era la caña y me lo has estropeado.
La sonrisa que se le forma me parece preciosa, y eso que la veo distorsionada por la falta de luz y la nube de alcohol que me inunda el cerebro.
Él apoya los codos en la ventana, se inclina más hacia fuera, se echa el pelo hacia atrás. Se le tensan los músculos de los brazos y, bajo la luz del cielo y la de las farolas dispersas por la acera, las palabras impresas parecen vibrar por su piel.
—¿Cuál es tu tipo? —pregunta y, al reparar en mi expresión, añade—: Me refiero a las chicas y a los chicos. He intentado hacerme una especie de media en base a la apariencia física de los que has traído, pero es que no tienen nada que ver.
—No tengo un tipo.
—Venga ya, todo el mundo tiene un tipo —replica.
—Pues yo no. Me gustan las personas, sin más.
—¿Lo saben tus padres?
—Pues claro. Salí del armario hace años, cuando aún iba al instituto. —Sonrío al recordar la naturalidad con que mi madre asimiló que me había echado novio.
—Por tu sonrisita supongo que te fue bien.
—Me lo tomé más a la tremenda yo que ellos, supongo.
—Pero tienes que tener un tipo. Algo tiene que atraerte de las chicas o los chicos con los que te enrollas.
No le digo que no, que solo tienen que querer hacerlo conmigo. Porque sé cómo sonaría, sé cómo se lo tomaría, lo sé. Así que niego y me acomodo sobre un cojín.
—¿Tú tienes un tipo?
—Por supuesto —contesta, y los ojos le brillan todavía más—. Y no, no te lo voy a decir.
Sonrío. Y puede que sea el alcohol, pero paso de dejar que se vaya por la tangente.
—Vale, no me lo digas. —Giro el cuerpo con demasiada brusquedad para poder mirarlo de frente y agradezco la brisa que me azota la cara y me despierta un poco, aunque no tanto los primeros envites de las gotas de lluvia—.
Te gustan empollonas, de esas que van recitando poemas intensos y se pasan las tardes en la biblioteca. Adictas a las flores y a Thomas Hardy.
—¿Thomas Hardy? —Sonríe de oreja a oreja.
Aparto la mirada al notar esa punzada de dolor en el pecho.
Casi puedo escuchar su voz, suave y profunda, mientras me narraba pasajes que consideraba los mejores escenarios del mundo.
Ella, siempre ella. Y lo hacía por mí, porque era a mí a quien le gustaban Thomas Hardy, Dickens, Victor Hugo y otras intensidades como Tolstoi o Dostoievski.
¿Cuándo dejará de doler? Quizá nunca, ojalá ahora, en este momento, para siempre. Dios.
—Ya sabes. Una yonqui del drama y la narración existencial. —Nada más decirlo, el vecino suelta una risa que le nace desde la garganta, ronca, verdadera, espontánea—. ¿Qué? No me digas que no sabes quién es Hardy.
—Lo que me sorprende es que tú lo sepas, la verdad.
Se me escapa una sonrisa. Alargo el brazo y lo señalo con la botella de acero inoxidable.
No calculo que no estoy en mis plenas facultades y mi preciosa botella, con todos esos cubos dibujados a mano por un artista que le gusta a Liam, acaba entre los arbustos del jardín del que hace tiempo que nadie se ocupa.
—He acertado —digo a media voz.
—Pues sí, creo que te has cargado un nido lleno de bebés de mirlo.
Abro los ojos de par en par y me inclino demasiado hacia delante.
¿Lo dice de verdad? Solo de pensar en cargarme un ser vivo del tipo que sea…
Que yo sería vegano si no me gustara tanto el queso, o los huevos, o el beicon.
Vale, lo del beicon es que es superior a mí.
Hablo de esas tiras crujientes que mi madre o mi hermano, cuando viene a casa y le da por hacer de cocinillas, me ponen delante y por las que pierdo el culo.
Así que cuando hacemos la compra y voy con ella tiendo a sacar el paquete del carro y pedirle perdón al pobre charcutero; y a pagárselo, claro, solo para evitar tentaciones.
—Eh, que es broma. No había ningún nido. —La alarma en la voz del vecino me hace mucha gracia. Tiene un timbre rasgado que me resulta embriagador y me provoca un cosquilleo raro entre las piernas; aunque a lo mejor solo tengo ganas de mear—. Ten cuidado, tío.
Le dedico una mirada asesina que espero que vea.
—No tiene gracia.
Observo cómo intenta ponerse serio, pero la sonrisa se le escapa del borde de los labios y no puedo evitar sonreír con él. Qué guapo es. Me pregunto cómo será mirarlo a plena luz del día y me digo que mañana lo haré. Sí, mañana.
—Entonces…, ¿he acertado? ¿Te gustan así?
—Sí, pero no —contesta y, al distinguir la forma en que lo miro, agrega—: No has acertado en lo importante.
Enarco las cejas y noto una sensación desagradable en la barriga, la boca se me hace agua y comprendo que voy a potar. Trago saliva. No, no, no.
Lo miro, me mira.
—¿Qué es lo importante? —quiero saber; vuelvo a tragar toda esa saliva que no deja de acumulárseme en la boca.
Lo veo mover los labios, contestar, supongo, no lo tengo claro.
No oigo más que el retumbar en los oídos y el pum, pum, pum exagerado de mi corazón.
El cuerpo se me sacude y comprendo que no voy a llegar al baño.
Ni tres pasos daría. Así que solo doy uno, me aferro a la ventana con fuerza y echo todo el alcohol y la poca comida que tengo dentro, tal cual, encima del puto árbol y del puto nido que espero que no exista y de mi maravillosa botella ilustrada.
El vecino pone cara de haberse comido un limón, o eso me parece tras la cortina de lágrimas que tengo en los ojos.
Mierda.