El lugar al que pertenezco
© inepub.com
1 Declan
UNO
DECLAN
—Creo que tu vecino nos está espiando —me dice Carl, Marc o como quiera que se llame cuando le meto la mano dentro de los calzoncillos y comienzo a acariciarlo.
Joder, qué grande. Nunca he tenido una así en la boca y ahora me veo en la necesidad de probar, solo para saber cuánto de ella puedo abarcar.
Como se llame lanza un sonoro gemido cuando deslizo el pulgar por la punta.
Uf, ¿me estoy empalmando? Creo que sí. Tener una así de grande en la mano pone cachondo incluso a alguien como yo.
No es que tenga un problemilla ahí abajo ni nada de eso.
Es que…, bueno. No me pongo duro con cualquiera.
Me excito, claro, pero es algo muy leve, como un calorcillo agradable después de tres semanas de lluvia incesante, algo típico de Spellwood, y de Irlanda, en general.
—¿Me estás escuchando? —me dice como se llame cuando deslizo los dedos hacia sus huevos y aprieto.
La hostia, qué duros los tiene. Me plantearía la posibilidad de dejar que me follara si no fuera tan…
raro. Lo de que no se me levante, quiero decir.
Casi siempre se indignan y al final acabo solo y con una erección que aparece de la nada cuando no tengo a un ser humano a metros de distancia.
Sí, soy un tío raro que no entiende ni su propio cuerpo, qué le vamos a hacer.
—Mmm —digo, solo por decir algo.
Enseguida me arrimo más a él y dejo que deslice las manos por mi torso desnudo, que me apriete los pezones, que me los chupe de esa manera tan sexi. Me gusta que me hagan eso. Mucho. De verdad que lo disfruto, aunque no…
De pronto, el tipo se sube el bóxer y adiós al rabo más grande que he tenido entre los dedos.
—¿Qué pasa? —pregunto, un poco demasiado aturdido.
La habitación está en penumbra, pero lo bastante iluminada para ver cómo le brillan los ojos y esa mueca de rabia que le afea toda la cara. Qué mal, con lo guapo que es…
—Tío, ¿es que no lo ves? —Como se llame se arrastra de rodillas para salir de la cama, se pone los pantalones y me tapa la vista de la mejor polla de la historia de las pollas.
También se pone la camiseta. Demasiado rápido para fijarme en su torso desnudo.
No me dio tiempo de hacerlo cuando subimos a mi habitación.
Estaba tan ocupado despegando la camiseta de todos esos músculos y lamiéndole el ombligo que me acordé de la luz cuando ya estaba encima de mí en la cama, sin camiseta, y nos frotábamos como dos adolescentes salidos.
Me levanto para seguirlo hasta la ventana y tengo que agarrarme a la columna para no caerme.
Mi habitación da vueltas. Y no sé por qué no hemos encendido la luz todavía.
Como si me hubiera leído el pensamiento, como se llame le da al interruptor y yo me mareo un poco más.
Mierda. Ahora además de mareos tengo ganas de potar.
Sí, puede que esté un poquito demasiado borracho.
Y no, no es esa la razón por la que no se me pone dura. Para nada.
—¿Qué cojones miras? —le ladra como se llame a la ventana.
Me acercaría, pero ya sé lo que hay porque no es la primera vez que pasa algo así y estoy demasiado aturdido para moverme. Y porque mirarlo a él no haría más que enfatizar mi estado de aturdimiento.
El vecino dice algo como «leer en mi puta ventana» o similar, y yo me descojono a lo bestia.
Me río tanto que acabo apoyado con la espalda en la columna y la cara llena de lágrimas mientras como se llame nos grita de manera alternativa.
A él por mirón y a mí porque soy el dueño de la casa y se supone que debería hacer algo como…
, no sé, lanzarle bolas de papel húmedo al vecino.
De crío lo hacía, aunque no siempre llegaba a esa ventana.
La puntería y yo nunca hemos sido grandes amigos. A Rory se le daba mejor.
Rory.
El impacto de su recuerdo me provoca una sensación de ahogo y tengo que detenerme a respirar, respirar, respirar.
Es… como si los recuerdos se hubiesen diluido en una capa de polvo y, de pronto, alguien soplara y la imagen me diera un puñetazo.
Su pelo recogido en esas trenzas que siempre llevaba a los lados, los ojos verde oliva, su piel clara salpicada de rubor en los mofletes, su sonrisa blanca, su corazón aún más blanco.
Joder, sí que estoy borracho para dejar que entre en mis pensamientos de esta manera.
—¿No vas a decir nada?
—¿Quieres que te la chupe? —pregunto, porque necesito dejar de pensar y porque de verdad me muero de ganas por saber hasta dónde soy capaz de llegar.
Como se llame me mira como si hubiera insultado a su madre, o a sus gatitos.
Me río con más ganas y él se pone superserio y se acerca.
No sé en qué momento se ha colocado toda la ropa, pero sigue siendo guapo.
Qué digo, guapísimo. Y esa es la razón por la que me lo he traído a esta habitación, a la cama de mi infancia, al epicentro de mi dolor.
A nadie le amarga un dulce y este tiene buen sabor, aunque algo me dice que es de los que dan ardor de estómago.
Me evalúa de arriba abajo, con una intensidad que me parecería sexi si no levantara el labio superior de esa manera que lo hace parecer de todo menos sexi, hasta detenerse en mi inexistente erección.
—¿Te estás riendo de mí? —inquiere con un tono que deja claro que se le ha agotado la escasísima paciencia—. ¿Te pongo, al menos? Ni siquiera se te ha levantado un poquito.
—Me pones mucho —contesto, ignorando esa última parte porque ni lo va a entender ni tengo ganas de explicárselo—. Tienes una polla tremenda.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también.
Él se acerca más. Baja las manos a mi bragueta medio desabrochada, me tira del bolsillo del vaquero e intenta meterme la mano bajo los calzoncillos. Lo detengo con un empujón demasiado brusco. También me pongo rojísimo y en alerta. No quiero que me toque. Por nada del mundo.
—¿Qué haces?
—He oído lo que dicen de ti, pero no quería creerlo. —Menea la cabeza y chasquea la lengua en un gesto de burla que le quiero arrancar de un puñetazo—. Es que estás buenísimo.
Lo que dicen de mí. Inspiro, exhalo. No puede ser.
Pero… ¿quién? Vale, la pregunta no es quién, sino cuántos.
Que vivo en un pueblo de mierda, joder. Spellwood es un pueblo enano del condado de Wexford donde no puedes tirarte un pedo sin que te llamen a la puerta para avisar de que deberías echar un poco de ambientador.
Aquí todo el mundo me conoce y me he enrollado con una parte nada desdeñable de los jóvenes de mi edad, sobre todo en mis años de instituto.
Hace cuatro años que lo acabé, por cierto, y mis ligues se han ampliado a la universidad de Wexford, donde acabo de terminar el grado de Diseño y Marketing Digital.
Por supuesto que hay rumores. Demasiados. Y me cago un poco en la puta.
—Mi polla no tiene ningún problema —digo con gravedad, pero temblando de rabia por dentro.
—Y tu afirmación solo me confirma que sí lo tiene. —Los labios se le curvan en una sonrisa que no me gusta nada. Hay desprecio, superioridad y cosas de las que llevo huyendo toda la vida.
Me enderezo y consigo alejarme de la columna, y andar recto; creo. A unos pocos centímetros de él, soy más alto, más fuerte, más. Nuestras pollas no están al mismo nivel en tamaño, para mi absoluta desgracia, pero tampoco me quejo de la mía.
—Pues nada, te quedas sin mamada. Si has escuchado bien los rumores, seguro que sabes que las hago de lujo.
Como se llame va a replicar, pero no lo dejo.
Tenerlo así de cerca me hace fijarme en los detalles.
Eso que interpreté como una mueca de burla es en realidad un tic nervioso.
También tiene un grano en el bigote afeitado al que espero no haberme acercado con los labios.
Qué asco, por Dios. Ahora entiendo toda esa mierda que dicen de que la belleza está en el interior.
Por muy guapo que sea, ahora mismo solo veo a un tipo chiquitito que ha intentado humillarme.
¿Y todo por qué? No te ríes de alguien que te ha acariciado así, no te ríes de alguien que te atrae.
Antes, no sé, le preguntas, intentas conectar.
Las conexiones son importantes, y yo me pregunto si alguna vez podré volver hacerlo con alguien.
Conectar. Sí, volver. Porque conectar, lo que se dice conectar, lo hice hace tiempo.
Demasiado. Lo hice cuando aún era un niño y no entendía de amores ni de conexiones; lo hice y el sentimiento se quedó ahí, echando raíces en mi pecho.
—Lárgate o te arranco esa polla preciosa que tienes. —Me acerco tanto que noto el olor agrio de la cerveza en su aliento; nuestras narices se rozan, pero no hay excitación, solo furia. Tengo el rostro colorado y el cuerpo en tensión, listo para saltar sobre él si hace falta—. Ahora.
Como se llame retrocede, baja la mirada por su cuerpo, como si se estuviera cerciorando de que sigue entero, que no le he arrancado el alma.
Barre la habitación con rapidez y en nada tiene la chaqueta en un hombro y la cartera en el bolsillo, los huevos encogidos.
En fin, una pena. Los golpes de sus pisadas sobre la madera de las escaleras resuenan y me alegra que mis padres se hayan ido a pasar unas semanas románticas en Escocia para ver a mi tía y a mi abuelo, que vive con ella desde que la abuela murió.
Y que no oigan el portazo, ni los insultos que se advierten desde aquí.
Me revuelvo el pelo y cojo la botella de agua que tengo en la mesita, una de esas de acero inoxidable que mantienen la temperatura, con una ilustración exterior de múltiples cubos de Rubik.
Me la regaló mi hermano Liam por mi cumpleaños antes de irse de casa, hace ya dos años.
Bebo mientras me sitúo delante de la ventana, con el culo en el alféizar dispuesto tal y como lo tiene el vecino.
Claro que el vecino se dedica a escribir en su libreta o a mirar el cielo y yo solo… , yo solo…