Capítulo 16 — El vals de la gitana
El gran salón de Crowford Manor estaba adornado como en los viejos tiempos:
Candelabros brillantes, música en vivo, bandejas de plata y damas de alta sociedad con vestidos tan apretados que apenas podían respirar… y tanto perfume que se podía oler desde el jardín.
Los padres de Nathaniel, en su trono de anfitriones, saludaban con sonrisas educadas, pero su mirada iba de un lado a otro.
Observaban.Analizaban.Esperaban ver a su hijo… y a la dama “adecuada” que la aristocracia había enviado para “corregir” la situación.
Pero lo que vieron… fue otra cosa.
Nathaniel, apoyado junto a la ventana, con la expresión más dura que jamás le habían visto… hasta que entró ella.
Soraya.
Vestido sencillo, falda con vuelo, cabello suelto, mirada viva.
Y… detrás de ella, como si fuera lo más normal del mundo, su cabra.
Sí. La cabra entró al baile.
La alta sociedad… se quedó congelada.
—¿Es esa…? —susurró Lady Beaumont.
—¿Y la cabra? —preguntó Lord Mallory, horrorizado.
Los murmullos se alzaron como un enjambre.
Y los padres de Nathaniel… lo miraron.
Él no pestañeó.No miró a ninguna de las damas perfumadas.No se acercó a ninguna heredera.
Solo tenía ojos para ella.
Y entonces lo entendieron.
No era un capricho.No era una rebeldía pasajera.Era amor.
Puro, necio, incontrolable.
Y Nathaniel, su hijo frío y antipático… estaba tan perdido por esa gitana como un poeta en primavera.
Lady Crowford suspiró.Lord Crowford negó con la cabeza.
Se miraron.
Y supieron que la guerra estaba perdida… o, tal vez, ganada.
—¿Sabes qué, querida? —dijo Lord Crowford, enderezándose y tomando su copa—. Que se vayan todos al demonio.
—Mejor aún —respondió Lady Crowford, sonriendo apenas—, que se queden a ver cómo nuestra familia se mezcla con la gitana y su cabra… y sobreviven.
Mientras tanto, Nathaniel se abrió paso entre la multitud, ignorando las miradas, los cuchicheos y los abanicos que se agitaban como alas de murciélagos.
Llegó hasta Soraya.
Le ofreció la mano.
Y ella, con esa sonrisa suya, loca, alegre y viva, se la tomó.
La cabra, satisfecha, masticó un trozo de mantel.
Y así, ante toda la aristocracia escandalizada, los padres que ya se habían rendido y una cabra imperturbable…
Lord Nathaniel Crowford y la gitana de ojos verdes bailaron su primer vals.
Y el resto… bien podía irse al diablo.