Epílogo — Un felices para siempre caótico
Pasaron los meses.
Los rumores se apagaron.Las lenguas se cansaron.
Y como siempre sucede, la sociedad encontró otro escándalo que criticar y dejó a los Crowford en paz… o al menos, lo suficiente.
Soraya nunca se acostumbró del todo al protocolo, los salones ni a que le sirvieran té en tazas tan finas que parecía un crimen usarlas.
Tampoco dejó su carromato.Ni a su cabra.
De hecho, la cabra tenía ahora su propio espacio en los jardines de Crowford Manor y se paseaba con más autoridad que los propios jardineros.
Nathaniel, por su parte, seguía siendo antipático…
Con todos, excepto con ella.
Y ahora, con un anillo en su dedo, podía decirlo con propiedad: su esposa.
—¿Sabes? —dijo Soraya una tarde, mientras caminaban por los jardines—. A veces todavía pienso que tu madre va a despertarse y arrepentirse de este matrimonio.
—Demasiado tarde —respondió Nathaniel, mostrando la sortija en su mano—. Ya te casaste con el Lord antipático. Y con la mansión. Y con la cabra, por supuesto.
—La cabra vino en el paquete, milord. No había opción.
Y la cabra, que los seguía como siempre, masticó un rosal con aire triunfal.
Puede que la aristocracia no lo entendiera.Puede que los bailes y los salones no fueran su sitio favorito.
Pero en medio de tanta rigidez, Nathaniel había encontrado algo que nadie le podía arrebatar:
Amor.Libertad.Una esposa gitana.Y una cabra absolutamente impertinente.
Y así, el Lord gruñón y la gitana de ojos verdes vivieron su propia versión de un “felices para siempre”.
Caótico.Imperfecto.Rebelde.Y, definitivamente… feliz.