Capítulo 14 — Lo que vale una sonrisa
Los rumores no respetaban fronteras.
Ni el apellido Crowford…Ni las faldas de colores.Ni siquiera las ruedas de un carromato gitano.
Esa tarde, mientras Soraya ayudaba a su abuela a colgar hierbas y limpiar frascos, los susurros llegaron.
Primero de boca de las otras mujeres gitanas.Después de los propios comerciantes del pueblo, que pasaban cerca con sus carros y su lengua suelta.
—Dicen que el Lord solo se está divirtiendo… —murmuró una de las chicas, con tono de advertencia—. Que un hombre como él nunca… ya sabes… se quedaría con alguien como tú.
—Que su familia está furiosa… —agregó otra—. Y que tú solo serás un escándalo pasajero para ellos.
Soraya sonrió. O al menos, lo intentó.
Pero su estómago se encogió como si la hubieran golpeado por dentro.
Intentó fingir indiferencia, pero sus dedos temblaban al atar las hierbas. Y su abuela, que la conocía mejor que nadie, no tardó en notarlo.
—¿Y vas a creer las palabras de gente que ni siquiera sabe atarse los zapatos? —preguntó la anciana, con una ceja levantada.
—No me importa lo que digan —mintió Soraya, tan mal que hasta la cabra la miró con desconfianza.
Pero el destino —o quizás la cabra— tenía otros planes.
Esa misma tarde, mientras Soraya caminaba por el sendero que bordeaba el campamento, lo vio.
Nathaniel.
De pie.Esperándola.Con el abrigo abierto, el cabello ligeramente desordenado y una expresión en el rostro que no admitía discusión.
—Dicen cosas —dijo Soraya, antes de que él hablara.
—Déjalos que digan —respondió él, acercándose—. Me importa lo que piensas tú.
Ella lo miró, desafiante, cruzándose de brazos.
—Y si todo esto no es más que un juego para vos…
—¿Parezco un hombre que juega? —interrumpió Nathaniel, con esa voz baja que parecía temblar las piedras.
Soraya tragó saliva. No. No parecía un hombre que jugara.
—Entonces… ¿qué haces aquí? —preguntó ella, con el corazón latiendo demasiado rápido.
Nathaniel se detuvo frente a ella, tan cerca que podía oler las hierbas que colgaban de su cabello.
—Hago lo que nunca antes me permití hacer —susurró él, levantando la mano para apartarle un mechón rebelde—. Elegirte.
—¿Y tu familia? ¿Tu mundo? ¿Los bailes, los títulos, los señores de cejas alzadas?
—Pueden irse al diablo —respondió él, sin dudar—. Ellos no tienen tus ojos. Ni tu risa. Ni… esta maldita cabra que me persigue cada vez que me acerco a ti.
La cabra, como si estuviera esperando su momento, apareció detrás de él, masticando un arbusto y observando la escena con aire satisfecho.
Soraya no pudo evitar sonreír, por fin.
Y esa sonrisa… valía más que cualquier rumor.
—Entonces, Lord Gruñón… —dijo ella, con picardía—. Parece que no vas a deshacerte de mí tan fácil.
—Tú tampoco de mí, gitana.
Y el rumor más escandaloso de todos estaba por empezar…
El de un amor imposible…Que no tenía intención de rendirse.