Capítulo 12 — El beso bajo la luna
Esa noche, Nathaniel Crowford ya no se molestó en disimular.
Salió de Crowford Manor sin preocuparse por las miradas de los criados, sin ocultar su abrigo ni su paso decidido.
Sabía exactamente a dónde iba.
Y por primera vez en años… no le importaba el qué dirán.
Porque había algo mucho más poderoso que el juicio social, el apellido y los modales aristocráticos:
Los ojos verdes de Soraya.
Caminó por el sendero que llevaba al campamento gitano, donde las caravanas de colores formaban un pequeño pueblo lleno de vida, música y risas nocturnas.
Las antorchas titilaban, los niños jugaban cerca de las fogatas y las mujeres de faldas amplias se movían como si bailaran incluso al caminar.
Y ahí estaba ella.
De pie, junto a su carromato, con la cabra a su lado —como guardaespaldas personal—, peinándose el cabello suelto y mirando el cielo.
Nathaniel se quedó quieto, observándola un segundo más de lo razonable, sintiendo el pecho apretado.
—Pensé que vendrías antes —dijo Soraya sin mirarlo, sonriendo para sí misma—. Ya estaba empezando a pensar que los Lords son más lentos que las cabras.
—Los Lords a veces necesitan… tiempo —respondió él, avanzando hacia ella—. Pero una vez que deciden… no se detienen.
Soraya lo miró, divertida, aunque en sus ojos había un brillo distinto esta vez.
Más vulnerable. Más real.
—¿Has decidido algo, entonces?
—He decidido que no pienso huir de esto —respondió Nathaniel, sin rodeos—. De vos.
—¿Incluso si tu madre organiza su propio funeral cuando se entere?
—Que prepare las flores.
Ella soltó una carcajada encantadora, mientras la cabra, como si entendiera, masticaba un arbusto con aire cómplice.
Nathaniel se acercó, más de lo aceptable, más de lo aristocráticamente prudente.
Le levantó suavemente el mentón con dos dedos, contemplando sus ojos de esmeralda bajo la luz de la luna.
—Quiero conocerte —dijo en voz baja—. No como una distracción… no como un capricho… Quiero conocerte de verdad.
Soraya, por primera vez, se quedó sin palabras.
Solo asintió, con el corazón desbocado y una sonrisa temblorosa.
Y antes de que ninguno de los dos pudiera decir otra palabra, la cabra…
Empujó a Nathaniel por detrás.
El Lord tropezó y, sin remedio, cayó… directamente hacia Soraya.
Ella, riéndose, lo sujetó a tiempo, pero quedaron tan cerca que ya no había marcha atrás.
—Tu cabra conspira contra mí —susurró Nathaniel, con los labios a milímetros de los suyos.
—Mi cabra tiene muy buen gusto —respondió Soraya, justo antes de que, finalmente… se besaran.
Y el campamento gitano, acostumbrado a los romances apasionados y a las cabras problemáticas, apenas se inmutó.
Pero esa noche, el aire estaba lleno de presagios…
Porque el amor acababa de plantar su bandera…
Y ya nadie podía detenerlo.