Capítulo 9 — Consejos de abuela
El carromato olía a menta, romero y a las infinitas hierbas que la abuela de Soraya colgaba del techo como si fueran trofeos del bosque.
Era pequeño, cálido, lleno de telas coloridas, frascos con etiquetas escritas a mano y una cantidad alarmante de cucharas de madera.
—Te vi —dijo la abuela sin levantar la vista de su infusión—. Tenías los ojos como dos faroles encendidos cuando volviste anoche.
—No sé de qué hablas —respondió Soraya, mientras rebuscaba entre los cajones del fondo como si de pronto necesitara desesperadamente un pañuelo.
—Del Lord. El amargado. El de las cejas dramáticas.
—¡No tiene cejas dramáticas! —saltó Soraya—. Son… varoniles.
La abuela sonrió.
—Ah. Entonces sí lo miraste bien.
Soraya suspiró y se dejó caer en el banco frente al fuego. Apoyó el mentón en la mano y pateó el suelo suavemente con los pies descalzos.
—Tocarlo fue como… una chispa —murmuró—. Pero no de esas que asustan. De esas que… te despiertan. Y cuando volvió anoche y me defendió… fue como si de pronto alguien hubiera abierto la puerta que yo llevaba cerrada desde siempre.
—Yo te lo dije —asintió la abuela, revolviendo su poción con una ramita de canela—. Un hombre que parece piedra, pero por dentro… lava.
—¿Y qué hago ahora? —preguntó Soraya, desesperada—. ¡Es un Lord! ¡Tiene tierras, castillo, un apellido tan largo que ni lo puede decir sin bostezar! ¡Y yo tengo faldas con remiendos y una cabra que me sigue a todos lados!
—Y aun así —dijo la abuela con picardía—, te mira como si fueras una reina.
Soraya se quedó callada.
—¿Y si se enamora de mí?
—Eso es lo que debería pasar.
—¿Y si yo me enamoro de él?
La abuela sonrió de oreja a oreja.
—Eso, querida mía… ya pasó.
Soraya lanzó un quejido y escondió la cabeza entre los brazos. La cabra, como si comprendiera el drama, se acercó y la empujó con la frente como diciendo: “Ya, dramática, que no es tan grave”.
—Y encima tengo que ir esta tarde al pueblo a comprar harina. ¡Y seguro lo encuentro otra vez! —murmuró Soraya.
—Entonces ponte la falda azul —dijo la abuela, saboreando el té—. Esa que hace que todos los hombres caminen torcidos.
Soraya levantó la cabeza como si le hubieran dado cuerda.
—¡Abuela!
—¿Qué? Uno tiene que vestirse para la guerra… o para el amor. Y esto, hija mía… es ambas cosas.