Capítulo 8 — Sospechas en Crowford Manor
A la mañana siguiente, Crowford Manor amaneció envuelto en una paz tan sospechosa… que Penelope fue la primera en notar el peligro.
—¿Dónde está Nathaniel? —preguntó mientras revolvía su té con una cuchara que tintineaba como una alarma.
—En la biblioteca —dijo Beatrix, sin alzar la vista de su pan con mermelada—. Lo vi entrar hace rato.
—¿Con un libro? —preguntó Cordelia, frunciendo el ceño—. ¿Y no lo tiró contra la pared como siempre?
—No. Estaba… sonriendo.
Las tres hermanas se quedaron quietas como estatuas.
—¿Sonriendo? —repitió Penelope, con un hilo de voz—. ¿Nathaniel Crowford… sonriendo… solo?
—Eso no es normal —susurró Cordelia, mirando alrededor por si acaso estaban en otro lugar.
—Hay que investigar —dijo Beatrix con decisión—. Vamos.
Las tres, como agentes secretas, avanzaron sigilosamente por el pasillo alfombrado, asomándose por la puerta entreabierta de la biblioteca.
Y allí estaba: su hermano, Lord Nathaniel Crowford, leyendo un libro… sin fruncir el ceño. Con el cabello despeinado y una expresión… ¿ensimismada? ¿pensativa? ¿ligeramente embobada?
—¡Lo poseyó un espíritu! —dijo Cordelia, horrorizada.
—¡No! ¡Lo embrujaron! —respondió Penelope con un gesto dramático.
—¿Y si fue… la gitana? —murmuró Beatrix, como si dijera que habían visto un fantasma.
En ese momento, Nathaniel alzó la vista. Las vio a las tres espiando desde la puerta y suspiró.
—¿Qué están haciendo?
—Nosotras… eh… —dijo Cordelia—… solo veníamos a ver si… necesitabas más té.
—Jamás en mi vida he tomado té a esta hora —replicó él, sospechando algo.
—Exacto. ¡Por eso vinimos! —dijo Penelope, completamente convencida de su propia mentira.
Nathaniel se levantó, caminó hacia la puerta con ese paso suyo elegante y silencioso, y antes de cerrarla en sus narices, soltó:
—Y no. No estoy poseído.
—¿Entonces fuiste a verla? —preguntó Beatrix con picardía.
Él se detuvo.
—¿A quién? —dijo, fingiendo una ignorancia tan mala que daba ternura.
Las tres sonrieron como si fueran gatas que olieron la leche caliente.
—¡La gitana! —canturrearon las tres al mismo tiempo.
Nathaniel cerró la puerta sin responder.
Y del otro lado, las tres se miraron con ojos redondos y brillantes.
—Estamos perdidas —dijo Cordelia—.—Nuestro hermano se enamoró.—De una gitana.—¡Esto va a ser tan divertido!
Y mientras en el interior de la biblioteca Nathaniel trataba de volver a leer la misma página por tercera vez —porque seguía viendo ojos verdes entre las letras—, afuera, sus hermanas ya estaban planeando cómo “ayudarlo”…
A su manera.