El Lord y la gitana Capítulo 7 — Lord Gruñón
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Capítulo 7 — Lord Gruñón

—¿Puedo preguntaros algo, milord? —dijo Soraya, mientras caminaban por un sendero bordeado de arbustos perfumados con lavanda silvestre.

—Si prometéis no volver a llamarme “milord”, adelante —respondió Nathaniel con una mueca que, si se miraba con atención, estaba peligrosamente cerca de una sonrisa.

—Está bien, Lord Gruñón —respondió ella con una reverencia burlona, como si estuviese ante un rey imaginario—. Mi pregunta es… ¿por qué alguien tan importante, elegante y evidentemente tenso… parece tan incómodo con una simple gitana como yo?

Nathaniel frunció el ceño, como hacía siempre que no sabía qué decir.

—No estoy incómodo —mintió con descaro.

Soraya soltó una carcajada tan musical que hasta un par de luciérnagas parecieron detenerse a escucharla.

—Oh, claro que lo estás. Estás más tieso que una estatua de mármol en pleno invierno.

—Tú hablas demasiado.

—Y tú no hablas nada —replicó ella, con un brillo travieso en los ojos—. ¿Cómo se supone que voy a enamorarme de ti si no me das material?

Nathaniel se detuvo en seco.

—¿Qué dijiste?

—Oh, nada, nada… tonterías de gitana. Visiones, profecías, mariposas… ya sabes, esas cosas que tanto te encantan.

Nathaniel la miró con una mezcla de incredulidad y desconcierto.

Esa mujer era un vendaval. Un torbellino de colores y frases impertinentes. Y sin embargo, por alguna razón que ni su razón ni su reputación entendían, él no quería irse.

—¿Y vos? —preguntó, sin mirarla—. ¿Por qué vivís sola, en un carromato, lejos de cualquier cosa estable?

—Porque las raíces no son para todos, Nathaniel. Algunos nacemos para movernos… como el viento. O como las ganas de estornudar: imprevisibles.

Él giró la cabeza lentamente para mirarla.

—¿Acabáis de compararos con un estornudo?

—Sí, y me siento orgullosa de ello —sonrió—. Provoco reacciones inesperadas y, a veces, lágrimas.

Nathaniel soltó una risa.

Sí, una risa real. Un sonido tan poco frecuente que hasta los búhos lo comentaron en los árboles.

Soraya se detuvo, como si ese momento lo valiera todo.

—¿Ves? Ahí estás. Ese hombre. Ese que se ríe y deja que sus ojos brillen un poquito… Ese me gusta más que el que se la pasa frunciendo el ceño como si se le hubiese perdido el alma en el fondo de una tetera.

Nathaniel, de pronto, se sintió más expuesto que nunca. Más observado. Más… vivo.

—No te confundas, Soraya. Soy exactamente ese hombre del ceño fruncido.

—Entonces tendremos que hacer algo con eso.

—¿Y qué proponéis?

Ella se acercó con pasos ligeros, le tomó el borde del abrigo y, con una sonrisa descarada, dijo:

—Convertirte en una historia de amor. Aunque sea en contra de tu voluntad.

Y Nathaniel… no dijo nada.

Porque por primera vez en años, no quería escapar.