Capítulo 2 — Fortuna y las líneas del destino
Nathaniel intentó dar media vuelta.Intentó… pero sus hermanas formaban una muralla impenetrable detrás de él, riéndose como si estuvieran en el primer acto de una comedia de enredos.
—¡Milord! —dijo Penelope, sin dejar de dar saltitos—. Por favor… déjate leer el futuro.—¡Vamos! —agregó Cordelia—. Por una moneda… o dos.—¡Lo que sea! —concluyó Beatrix, sacudiendo una bolsa de cuartos frente a él.
—¡Basta! —gruñó Nathaniel, sin dejar de fruncir el ceño—. Una última tontería más…
Pero antes de que pudiera terminar de hablar, la gitana, sin dejar de sonreír, le sujetó de la manga.
—¿Tontería? —dijo ella con un tonillo teatral—. Estás a punto de descubrir tu destino, hombre escéptico. ¡Ven… deja que te muestre lo que el cosmos tiene reservado para tu alma solitaria!
Nathaniel soltó un suspiro de resignación mientras las hermanas aplaudían y daban saltitos de alegría.
Fue en ese preciso momento cuando una cabra apareció al lado de la gitana.
Sí, una cabra.
Pequeña, de pelaje blanco manchado, con unos ojos amarillos brillantes que lo miraban como si supiera todos sus secretos. La cabra lo olfateó, bufó… y luego se quedó a su lado, como si fuera parte del ritual.
—¿Qué… es eso? —preguntó Nathaniel, horrorizado.
—Mi cabra —respondió la gitana, como si fuera lo más lógico del mundo—. Su nombre es Fortuna.
—¿La trajiste para leerme el futuro?
—No. Ella solo viene porque le caes bien —dijo Soraya, divertida—. Aunque, si la cabra te elige, es mala señal… para ti.
Las hermanas se carcajearon.
Nathaniel, resignado, siguió a la gitana bajo el dosel de las cortinas de color. Dentro, el aire estaba cargado de incienso, sueños y aquel magnetismo inquietante que rodeaba a la hermosa adivina. La cabra entró con ellos, instalándose en una esquina, observando todo con solemnidad.
Las cuentas de cristal colgaban de hilos de seda, produciendo un tintineo musical con cada paso.
—Siéntate —dijo la gitana, señalando un taburete absurdamente bajo.
—¿En eso? —protestó él.
—En eso —insistió ella, sin perder la sonrisa.
De mala gana, Nathaniel se sentó. Intentó conservar el porte majestuoso… pero eso era difícil en un taburete tan pequeño, con una cabra observándolo fijamente.
—Dame tu mano —pidió la gitana.
Él prolongó el silencio… pero al final, vencido, estiró la derecha.
En el primer contacto de sus dedos, una chispa eléctrica, cálida, los atravesó a los dos.
Nathaniel contuvo el aliento sin querer.Incluso la cabra alzó la cabeza, atenta.
—¡Lo que veo! —susurró la gitana, concentrándose en las líneas de la palma—. Pasiones sin nombre… sueños sin completar… un amor que lo marcará para siempre…
—¿Amor? —gruñó Nathaniel, frunciendo el ceño—. Tonterías de gitanos.
—¡Tonterías que están más vivas que tu alma! —rió ella, sin soltarle la mano—. Tú lo sabes… tú lo deseas… pero tienes miedo.
En ese preciso momento, el hombre más antipático de Crowford empezó a sentirse vulnerable de una manera que no vivía desde hacía años. Lo cual, por supuesto, aumentó su incomodidad.
—¡Basta! —dijo, liberándose de aquel tacto cálido de un tirón.
Pero a sus espaldas, sus hermanas aplaudían sin parar:
—¡Milord, estás sonrojado! —gritó Cordelia.—¡Milord tiene un futuro brillante! —agregó Penelope.—¡Milord… se ha enamorado sin saberlo! —concluyó Beatrix.
La cabra soltó un balido, casi como si estuviera de acuerdo.
Nathaniel salió de ahí tan rápido como pudo, moviendo el borde de su abrigo de un lado a otro, como si intentara espantar mariposas que ya se habían instalado en su estómago.
Pero ya era tarde… el destino estaba sellado.Y la cabra lo sabía.