El Lord y la gitana
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Capítulo 1 — La gitana de ojos verdes
Nathaniel Crowford, Lord Crowford de Crowford Manor, era un hombre… antipático.
Así de simple. Antipático, reservado, más frío que el hielo de diciembre, y con un carácter tan difícil que los criados temblaban cada vez que aparecía en el vestíbulo.
Pero eso sí: tenía una debilidad… sus hermanas.
Las tres más escandalosas de todo el condado: Penelope, Beatrix y Cordelia. Eran una fuerza de la naturaleza. Siempre riendo, corriendo de un lugar a otro, jugando, sin dejar de hablar… una detrás de la otra, sin dar respiro a aquel hombre que vivía bajo el peso de tantos sueños rotos.
Ese año, las hermanas habían convencido —o más bien chantajeado— a Nathaniel para que las llevara a la feria del pueblo.
Lo que él más detestaba en el mundo era el escándalo, el ajetreo y que alguien lo mirara sin dejar de sonreír, pero… así estaba. En plena feria, más tieso que el mástil de un barco, sin dejar de fruncir el ceño, mientras Penelope, Beatrix y Cordelia corrían de un puesto a otro, riendo sin control.
—¡Nathaniel, una manzana acaramelada! —gritó Penelope.—¡Nathaniel, el hombre de los aros de fuego hace trucos! —agregó Cordelia.—¡Nathaniel, el adivino tiene un puesto muy exótico! —terminó Beatrix, sin dejar de dar saltitos de emoción.
—¿En serio? —dijo Nathaniel sin mover un músculo de la cara—. Me pregunto cuánta ilusión más podremos soportar antes de que el cielo se nos caiga en la cabeza.
En eso, sin que él lo esperara, apareció alguien que daría un giro de ciento ochenta grados en aquel monótono destino.
—¡Ven, guapo, que te leo el futuro! —gritó una voz vivaracha, junto a ellos.
Las hermanas se detuvieron de golpe.
Frente a ellos, una gitana de cabellos largos y rizados tan negros como el ébano, de ojos verdes vivaces y una sonrisa pícara, aparecía detrás de una cortina de coloridos pañuelos. Vestía varias faldas de distintas texturas, un corpiño entallado y collares de cuentas que sonaban a cada paso.
—¡Nathaniel! —dijeron las hermanas al unísono—. ¡Vamos! Deja que te adivine el futuro…
—¿Mi futuro? —rezongó Nathaniel—. Mi futuro seguro será el de un hombre calvo, sin un ápice de paciencia… eso si ustedes siguen así.
Pero antes de que pudiera dar media vuelta, la gitana salió de detrás de la cortina de cuentas, se plantó frente a él, lo miró de abajo hacia arriba, sin dejar de sonreír, y soltó:
—¡Pero si aquí tengo al hombre más afortunado del mundo… sin que él se dé cuenta! —dijo, aumentando el drama en cada palabra.
Nathaniel enarcó una ceja.
Esta mujer estaba loca…Pero algo en ella, en aquel fuego de sus ojos, hizo que el latir de su propio corazón se acelerara, sin que él lo admitiese.
Así comenzó aquel encuentro que daría inicio a una de las historias más cómicas, tiernas y alocadas de aquel pueblito de la campiña victoriana…