Capítulo 13
La primera carta llegó antes del desayuno.
La segunda llegó mientras Felicity todavía leía la primera.
A las nueve, cuatro familias habían retirado a sus hijas de la academia propuesta, dos patrocinadores habían solicitado la devolución de sus promesas de suscripción y una nota sin firma había aconsejado a Lady Cressida que considerara si el «desafortunado apego» de su hija debía resolverse antes de intentar más actuaciones públicas.
La nota estaba escrita con una caligrafía disfrazada.
La crueldad no.
Felicity estaba de pie en el estudio de su padre con el papel abierto entre los dedos.
Ruth estaba sentada ante el escritorio, ordenando la correspondencia en montones separados con la sombría concentración de un general que contaba sus bajas.
Lady Cressida permanecía junto a la ventana.
Lord Henry estaba detrás de su escritorio, con los anteojos en una mano y la ira marcada en cada línea del rostro.
Arabella había llegado poco después de la tercera carta.
Dominic la había seguido, dejando a los niños con Lady Augusta en Ravenshaw Park después de que Tilly declarara que escándalo sonaba como un pudin y Teddy preguntara si podía tomar dos.
Nadie había reído.
—¿Qué están diciendo exactamente? —preguntó Dominic.
Ruth miró hacia Felicity.
Felicity le entregó la nota anónima.
Él la leyó una vez.
Su expresión se oscureció.
—Cobardes.
—Quizá —dijo Felicity—. Pero eficaces.
Las cartas no eran idénticas.
Aquello habría hecho que su origen resultara demasiado evidente.
Una expresaba preocupación por las alumnas becadas.
Otra mencionaba el acuerdo excepcionalmente favorable propuesto por Highcliffe.
Una tercera hacía una delicada referencia a «expectativas románticas enfrentadas» que implicaban a lord Greymoor, lord Jasper Ravenshaw y Lady Marcella Montrose.
La cuarta era más directa.
Preguntaba si la academia de Felicity permanecería bajo su control después de que lord Jasper se casara con Lady Marcella.
Felicity había leído aquella línea tres veces.
Dolía menos cada vez.
No porque la creyera.
Porque Jasper la había mirado a los ojos la noche anterior y le había dicho que la amaba.
Por una vez, poseía palabras que contraponer a las apariencias.
Aun así, el rumor había sido diseñado con cuidado.
El supuesto compromiso de Jasper con Marcella hacía que su apoyo a Felicity pareciera impropio.
Su afecto privado por Felicity hacía que Marcella pareciera engañada.
La retirada del cortejo de Alistair hacía que Felicity pareciera desleal.
La academia se encontraba en el centro de todo, vulnerable a cada interpretación.
Lady Cressida cruzó la habitación.
—No tienes que responder a esto hoy.
—Sí.
—Estás alterada.
—Estoy enfadada.
—Ese no siempre es el mejor estado en el que escribir.
—Quizá sea el más sincero.
Lord Henry colocó los anteojos sobre el escritorio.
—Haremos que el abogado emita una declaración acerca del contrato.
—No hay ningún contrato terminado —dijo Felicity.
—Todavía no.
—La distinción es precisamente lo que están utilizando.
Dominic le devolvió la nota sin firma.
—Jasper dijo que los documentos estaban preparados.
—Dijo que me los entregaría hoy.
Arabella miró hacia el reloj.
—Tenía intención de venir esta mañana.
El pulso de Felicity cambió.
Nadie comentó nada.
Se abrió la puerta del estudio.
Entró un lacayo.
—Lord Jasper Ravenshaw ha llegado.
Cayó el silencio.
Dominic miró a Felicity.
Arabella no lo hizo.
La contención de su hermana había mejorado con el matrimonio.
Ligeramente.
Lord Henry se levantó.
—Hágalo pasar a la biblioteca.
Felicity miró a su padre.
—Papá.
—Hablaré con él primero.
—Ha venido a verme a mí.
—Ha venido a hablar conmigo.
El recordatorio la estabilizó y la asustó en igual medida.
Jasper lo había prometido.
Lady Cressida tocó el brazo de Felicity.
—Deja que tu padre lo reciba.
Felicity dobló la nota anónima.
—No le hables todavía de las cartas.
Dominic la miró fijamente.
—¿Por qué?
—Porque debería decir lo que ha venido a decir antes de que la ira tome la decisión por él.
Los ojos de Arabella se suavizaron.
Lord Henry estudió a su hija.
Después asintió.
—Como desees.
Abandonó el estudio.
Felicity escuchó cómo sus pasos atravesaban el vestíbulo.
La puerta de la biblioteca se cerró.
Bajó la mirada hacia las cartas.
Jasper estaba a una sola habitación de distancia.
Quizá pidiendo permiso para cortejarla.
Quizá para casarse con ella.
Una esperanza extraña y vertiginosa se elevó en su interior.
Felicity la contuvo.
La academia la necesitaba primero.
La había necesitado antes de que Jasper encontrara el valor.
La necesitaría independientemente de si aquel valor sobrevivía a las preguntas de su padre.
Ruth le entregó otra carta.
—Esta no se retira.
Felicity la abrió.
La señora Harcourt había escrito.
El primer párrafo expresaba su desaprobación hacia los rumores.
El segundo expresaba una desaprobación aún mayor hacia la expectativa de que actuara basándose en rumores antes de recibir mejor información.
La última línea decía:
Mi hija asistirá a la lección del jueves a menos que usted la despida personalmente, cosa que no le aconsejo, pues solo recientemente ha dejado de precipitarse en el segundo movimiento.
La garganta de Felicity se tensó.
—Se queda.
Ruth asintió.
—Sir Edmund Vale ha duplicado su suscripción.
—¿Por qué?
—Se opone a la correspondencia anónima.
La boca de Dominic se movió levemente.
—Un hombre de principios.
—También insiste en que su nombre aparezca dos veces en el programa —dijo Ruth.
—Menos principios —respondió Felicity.
Una breve risa recorrió la habitación.
No eliminó el peligro.
Le recordó que la academia todavía no estaba perdida.
Arabella se acercó al escritorio.
—¿Qué harás?
Felicity miró las cartas.
—Convocaré esta tarde en Wrenford a todos los patrocinadores que han prometido su apoyo.
Las cejas de Lady Cressida se alzaron.
—¿Hoy?
—Sí.
—Algunos no vendrán.
—Entonces podrán recibir la verdad más adelante.
—¿Qué verdad? —preguntó Dominic.
Felicity levantó la nota anónima.
—Que el gobierno de la academia no dependerá de mi afecto por ningún hombre.
Su voz se fortaleció.
—Que ningún donante controlará las admisiones. Que las alumnas becadas permanecerán. Que el apoyo de Highcliffe no me compra y que, sea lo que sea lo que exista entre Jasper y yo, no tiene nada que ver con la educación de mis alumnas.
Arabella parecía orgullosa.
Dominic miró hacia la puerta cerrada de la biblioteca.
—¿Y Marcella?
Los dedos de Felicity se tensaron alrededor del papel.
—Será invitada.
Lady Cressida la miró fijamente.
—Felicity.
—Si no ha dicho nada, podrá asistir sin incomodidad.
—¿Y si lo ha hecho? —preguntó Arabella.
Felicity dobló cuidadosamente la nota.
—Entonces podrá oír la verdad junto con todos los demás.
Lord Henry no invitó a Jasper a sentarse.
Jasper no esperaba que lo hiciera.
La biblioteca de Wrenford era una habitación conocida.
Había jugado a las cartas allí con Dominic, discutido de política con lord Henry y, una vez, se había escondido detrás de las cortinas con Arabella cuando ambos eran niños y la tía Lavinia pretendía enseñarles una contradanza.
Jamás había entrado antes sabiendo que la siguiente hora podía determinar la forma de su vida.
Lord Henry estaba junto a la chimenea.
Jasper permanecía cerca del escritorio, sosteniendo la carpeta de cuero que contenía los documentos de la academia.
Su peso parecía absurdamente insignificante.
—Ha pedido hablar conmigo —dijo lord Henry.
—Sí.
—Acerca de Felicity.
—Sí.
Lord Henry esperó.
Jasper había ensayado.
En Highcliffe.
En el carruaje.
En los escalones de entrada de Wrenford mientras el lacayo fingía no advertir que un hombre adulto había olvidado cómo funcionaban las puertas.
Ahora las palabras parecían haber vuelto a abandonarlo.
Miró directamente al padre de Felicity.
—La amo.
La expresión de lord Henry no cambió.
Jasper continuó.
—Debería habérselo dicho hace años.
—Eso es asunto suyo y de Felicity.
—No.
La respuesta los sorprendió a ambos.
Jasper apretó la carpeta.
—Ha afectado a más personas que a Felicity. Su familia me recibió. Confió en mí. Utilicé esa cercanía para permanecer junto a ella sin aceptar la responsabilidad de lo que sentía.
La mirada de lord Henry se agudizó.
—¿Cree que la proximidad fue una forma de deshonestidad?
—La mía lo fue.
Jasper no lo había comprendido hasta hacía poco.
Había visitado Wrenford siempre que le apetecía.
Había bailado con Felicity.
Se había burlado de ella.
La había observado.
Había esperado continuar siendo importante para ella sin dar ningún nombre a su importancia.
Había aceptado todas las comodidades del apego y evitado sus riesgos.
—La besé —dijo.
La mandíbula de lord Henry se tensó.
—Lo sé.
—Más de una vez.
El hombre mayor se quedó completamente inmóvil.
Jasper se obligó a no apartar la mirada.
—No le daré detalles.
—Una inusual demostración de sensatez.
—Pero no pediré su permiso para cortejarla fingiendo que mi conducta ha sido completamente honorable.
La voz de lord Henry se enfrió.
—¿Ha ido más allá de los besos?
Jasper pensó en Felicity bajo los árboles.
En sus faldas abiertas bajo su mano.
En la pregunta de sus ojos.
En la palabra que no había logrado pronunciar.
—No.
La respuesta era cierta.
Apenas.
—Estuvimos cerca —añadió Jasper.
Lord Henry cerró los ojos.
Jasper sospechó que la honestidad poseía ciertos límites como virtud.
Cuando lord Henry volvió a mirarlo, la ira vivía abiertamente en su rostro.
—Y usted no se había declarado.
—No.
—No había hablado conmigo.
—No.
—Permitió que lord Greymoor la cortejara mientras se tomaba libertades que él creía que le estaban prohibidas.
La vergüenza atravesó a Jasper.
—Sí.
Lord Henry caminó hasta las ventanas.
Durante un momento, contempló el césped de Wrenford.
Jasper no intentó defenderse.
No existía ninguna defensa que no disfrazara la cobardía de complejidad.
Por fin, lord Henry dijo:
—¿Por qué debería permitir que la corteje ahora?
—Porque la amo.
—Eso no es suficiente.
—No.
La conformidad de Jasper hizo que el hombre mayor se volviera.
Jasper continuó: