XXVI - LA MUERTE ALADA #2
Así, desde aquella espantosa altura, desde el corazón en calma de aquel inmensurable vacío, bajaron como una exhalación, cada vez más abajo, en una larga serie de mareantes caídas en picado, interrumpidas solo por pausas insignificantes.
Y aunque se acercaban a él en un largo declive, el suelo de vapor se alzó a su encuentro como una ola inmensa y veloz: en un abrir y cerrar de ojos, el biplano revoloteó instantáneamente antes de sumergirse de cabeza en aquel frío y gris mundo de niebla.
En aquel momento de vacilación, mientras el aventurero aún jadeaba en busca de aliento y se restregaba los ojos llorosos con una mano dolorida, atravesado de parte a parte por el frío, la niebla se reveló como algo menos sustancial de lo que había parecido; manchas de color resplandecieron a través de sus pliegues de gasa, y con ellas la cumbre redondeada de un montículo parduzco.
Luego siguieron sumergiéndose, alejándose del desolado y brillante resplandor del sol para adentrarse en las frescas profundidades crepusculares de vapores pegajosos; y la buena y verde tierra alzó su cálido seno para recibirlos.
Inclinando un poco el morro, aleteando como si estuviera indeciso, el Parrott se posó con gracia, apenas con una sacudida, sobre una amplia extensión de terreno baldío cubierto de hierba corta y áspera.
Durante un buen rato los tres permanecieron en sus perchas como seres petrificados, del todo inmóviles y... con la posible excepción del aviador... apenas conscientes.
Pero poco después Lanyard se dio cuenta de que estaba llenando los pulmones a un ritmo regular con un aire dulce, húmedo, sano y, en comparación, cálido, y de que la sangre le hormigueaba dolorosamente en las manos y los pies, que estaban medio congelados.
Suspiró como quien despierta de un extraño sueño.
Al mismo tiempo el aviador se desperezó, y empezó a bajar trepando, un poco rígido.
Sintiendo la tierra bajo sus pies, se alejó un paso o dos de la máquina, tambaleándose y tropezando como un borracho, para luego volver sobre sus pasos.
—¡Venga, amigo mío! —le instó a Lanyard con una voz de entonación extrañamente normal—; ¡espabile... si es que puede... y écheme una mano con mademoiselle ! Me temo que se ha desmayado.
La chica estaba reclinada, inerte, en las bandas de lona, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos y las extremidades flojas.
—¡Poco se la puede culpar! —comentó Lanyard, mientras trasteaba con torpeza con la banda del pecho—. ¡Esa caída en picado era como para volver loco a cualquiera!
—¡Pero tenía que hacerlo! —protestó el aviador con fervor—.
No me atrevía a quedarme más tiempo allá arriba.
Nunca antes había sentido miedo en el aire, pero después de eso me entró un miedo terrible.
Sentía que me iba... que perdía el juicio.
.. y sabía que debía actuar si no queríamos seguir al otro. .. ¡Dios! ¡Qué muerte!
Hizo una pausa, se estremeció y se pasó el dorso de la mano por los ojos antes de continuar:
—Así que corté el encendido y planeé. Tome... mi mano. ¡Ah, así! Todo en orden, ¿eh?
—Oh, yo estoy bien —insistió Lanyard con confianza.
Pero su confianza fue desmentida por una mirada de aturdimiento; porque la tierra se ondulaba y daba vueltas a su alrededor como si estuviera hechizada; y antes de que supiera lo que había pasado, se sentó de golpe y miró de forma estúpida hacia arriba, al aviador.
—¡Venga! —dijo este con cortesía, mientras su pasamontañas ocultaba una sonrisa—, de nuevo mi mano, monsieur . Ha soportado usted más de lo que cree. Y ahora a por mademoiselle .
Pero cuando se acercaron a la chica, sorprendió a ambos al estremecerse, incorporarse y, como es natural, rehacerse.
—¿Se siente usted mejor ahora, mademoiselle ? —inquirió Vauquelin, apresurándose a aflojarle las sujeciones.
—Estoy mejor... sí, gracias —admitió con voz débil y entrecortada—... pero aún no soy del todo yo misma.
Tendió una mano al aviador y la otra a Lanyard, y mientras la ayudaban a bajar al suelo, Lanyard, advertido por su propia experiencia, se mantuvo cerca con el brazo preparado.
Ella necesitaba aquel apoyo, y durante unos minutos ni siquiera pareció consciente de ello. Luego, soltándose con suavidad, se alejó un paso o dos.
—¿Dónde estamos... lo saben ustedes?
—¿En South Downs, en algún lugar? —sugirió Lanyard, consultando a Vauquelin.
—Es probable —afirmó este último—... en cualquier caso, a juzgar por el rumbo que llevé. En algún lugar bien adentro de la costa, al azar; no oigo el mar.
—¿Cerca de Lewes, tal vez?
—No tengo motivos para dudarlo.
Se produjo una pausa constreñida. La chica miró del aviador a Lanyard, luego se apartó de ambos y, temblando de fatiga y forzando el autocontrol apretando los puños, se quedó mirando sin rumbo a la niebla.
De manera dolorosa, Lanyard se dispuso a considerar su posición.
El Parrott se había detenido en lo que parecía ser una depresión ancha, poco profunda y en forma de platillo, cuyos límites irregulares estaban ocultos por la niebla.
En aquel espacio no se movía ningún ser vivo salvo ellos mismos; y el páramo no estaba cruzado ni por un sendero de ovejas.
En resumen, estaban perdidos. Podía haber una carretera que pasara por delante del platillo a diez metros de su borde, en cualquier dirección.
O podía no haberla. Posiblemente hubiera una ciudad o un pueblo en las inmediaciones.
De igual modo, los Downs podían extenderse en desoladas millas a ambos lados.
—Bueno... ¿qué hacemos ahora? —preguntó la chica de repente, con voz nerviosa, aguda y chirriante.
—Oh, ya encontraremos la forma de salir de esta, de un modo u otro —afirmó Vauquelin con confianza—. Inglaterra no es lo bastante grande como para que nadie se quede perdido en ella... no por mucho tiempo, en cualquier caso. Solo lo lamento por la señorita Shannon.
—Nos las apañaremos de algún modo —afirmó Lanyard con firmeza.
El aviador sonrió con curiosidad.
—Para empezar —adelantó—, me atrevería a decir que lo mejor es que nos deshagamos de estos torpes atuendos. Nos estorbarán para caminar... y de qué manera.
A pesar de la fatiga, a Lanyard le llamó tanto la atención aquella circunstancia que no pudo evitar comentarlo mientras se arrancaba el velo cortavientos.
—Su inglés es notablemente bueno, capitán Vauquelin —observó.
El otro soltó una breve carcajada.
—¿Por qué no iba a serlo? —dijo, quitándose la máscara.
Lanyard le miró a la cara, se quedó mirando fijamente y retrocedió un paso.
—¡Wertheimer! —dijo ahogado.