El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XXVII - AMANECER
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XXVII - AMANECER

El inglés sonrió alegremente en respuesta al grito de asombro de Lanyard.

—En efecto —observó, quitándose los guanteletes—, tiene usted razón, señor Lanyard.

«Wertheimer» no es mi nombre, pero se identifica tan estrechamente con mi.

.. ah... insinuante personalidad, como para justificar el malentendido.

No exigiré una disculpa mientras me permita usted conservar un incógnito que aún puede resultar de alguna utilidad.

—¡Incógnito! —balbuceó Lanyard, completamente desconcertado—. ¡Útil!

—Ha captado usted exactamente mi significado; aunque mi trabajo en París ha terminado ya, no se sabe cuándo no resultará conveniente poder volver sin establecer una nueva identidad.

Antes de que Lanyard respondiera a esto, la mirada de asombro de sus ojos había cedido el paso a una de comprensión.

—Scotland Yard, ¿eh? —preguntó cortésmente.

Wertheimer hizo una reverencia.

—Agente especial —añadió.

—¡Podría haberlo adivinado, de no tener la inteligencia de un ganso! —afirmó Lanyard con amargura—. Pero debo admitir...

—Sí —asintió el inglés de manera afable—; le tomé el pelo, ¿verdad?

Pero no más que a nuestros otros amigos.

Por supuesto, ha llevado algún tiempo: tuve que establecerme firmemente como una estrella deslumbrante de la flor y nata del crimen por aquí, antes de que De Morbihan me acogiera en su hospitalario seno.

—Presumo que debo considerarme arrestado.

Con una carcajada, el inglés sacudió la cabeza enérgicamente.

—¡No, gracias! —declaró—. He tenido pruebas demasiado convincentes de su aversión a las interferencias en sus asuntos.

Lucha usted de manera demasiado sincera, señor Lanyard.

.. ¡y yo soy hoy por hoy un sabueso cansadísimo!

Necesitaría una semana de descanso para estar en condiciones de encargarme de detenerle.

.. ¡una semana y ayuda vigorosa!... Pero —corrigió con rostro más grave—, sí le diré esto: si de aquí a una semana está usted en Inglaterra, me sentiré tentado de encargarme de la tarea por principios generales.

No dudo en lo más mínimo de la sinceridad de su intención de comportarse bien en adelante; pero como servidor del Rey, es mi deber aconsejarle que Inglaterra preferiría que comenzara usted una nueva vida.

.. como suele decirse... en otro país. Varios barcos zarpan para los Estados Unidos antes del fin de la semana: los demás detalles se los dejo enteramente a su discreción.

Pero debe marcharse —concluyó con firmeza.

—Lo entiendo... —dijo Lanyard; y habría dicho más, pero no pudo. Había algo sospechosamente parecido a una bruma ante sus ojos.

Evitando los rostros de su amada y del inglés, se apartó, tendió una mano a ciegas hacia un ala del biplano para apoyarse, y permaneció de pie con la cabeza gacha y los miembros temblorosos.

Acercándose silenciosamente a su lado, la chica tomó su otra mano y la apretó con fuerza...

Pasado un momento, Lanyard se sacudió con impaciencia y volvió a levantar la cabeza.

—Lo siento —dijo, a modo de disculpa—... pero su generosidad... cuando no esperaba nada mejor que el arresto... ¡ha sido un poco excesiva para mis nervios!

—¡Tonterías! —comentó el inglés con brusco buen humor—. Todos estamos alterados. Un trago de coñac nos vendrá la mar de bien.

Desabrochando su guardapolvos de cuero, sacó una petaca de un bolsillo interior, llenó el vasito de metal y se lo ofreció a la chica.

—Usted primero, si me hace el favor, señorita Shannon. No... insisto. De veras lo necesita.

Ella se dejó persuadir, bebió, tosió, jadeó y devolvió el vaso, que Wertheimer volvió a llenar de inmediato y pasó a Lanyard.

El aguardiente escoció como el fuego, pero resultó ser una ayuda instantánea para los nervios, gravemente alterados, del aventurero. En un momento más, era mucho más él mismo.

Bebiendo a su vez, Wertheimer guardó la petaca.

—¡Así está mejor! —comentó—. Ahora podré seguir con esta dichosa máquina sin preocuparme por el destino de Ekstrom. Pero hasta ahora no he podido olvidar...

Hizo una pausa y se pasó la mano por los ojos.

—Entonces fue Ekstrom... ¿cree usted? —preguntó Lanyard.

—¡Incuestionablemente! De Morbihan se había enterado.

.. lo sé... de su trato con Ducroy; y sé, además, que él y Ekstrom pasaban todas las mañanas en los hangares de Saint Germain, tras su sensacional evasión.

Nunca se me pasó por la cabeza, por supuesto, que estuvieran tramando un plan tan descabellado como ese.

.. de otro modo no habría organizado tan atolondradamente con Ducroy.

.. a través de la Sûreté , ya lo entiende.

.. que yo tomara el lugar de Vauquelin..

. Además, ¿quién más podría haber sido? No De Morbihan, pues ha quedado lisiado de por vida, gracias a ese asunto en el Bois ; no Popinot, que iba camino de la Santé la última vez que lo vi; y nunca Bannon.

.. ya estaba muerto antes de que yo saliera de París hacia Port Aviation.

—¡Muerto!

—¡Oh, totalmente! —afirmó el inglés con indiferencia—. Cuando le arrestamos a las tres de esta mañana... acusado de complicidad en el asesinato de Roddy... le dio un ataque de ira que le provocó una hemorragia fatal. Murió en menos de diez minutos.

Se produjo un breve silencio...

—Puedo decirle, señor Lanyard —prosiguió el inglés, levantando la vista del motor, al que estaba prestando atenciones con una llave inglesa y una aceitera—, que estaba usted bastante equivocado cuando ridiculizó la idea de los «Bajos Fondos Internacionales sin Fronteras».

Por supuesto, si usted no se hubiera reído, no sentiría tanto respeto por usted como el que siento; de hecho, lo más probable es que estuviera usted esposado o en una celda de la Santé , en este mismo instante.

.. Pero, por absurdo que sonara... y lo era.

.. el proyecto de los «Bajos Fondos» era la manía favorita de Bannon.

.. que había sido el cerebro de una banda de criminales en Nueva York durante muchos años.

Estaba un poco tocado del ala con el tema: era un monomaníaco, si me lo pregunta.

Y su entusiasmo se ganó a De Morbihan y a Popinot.

.. ¡y a mí! Le caí estupendamente a Bannon; realmente fui nombrado primer lugarteniente en lugar de Greggs.

.. Así que usted primero se ganó mi simpatía al reírse de mi oferta —dijo Wertheimer, devolviendo la aceitera a su lugar en la caja de herramientas—; en lo cual fue usted muy sabio.

.. De hecho, mi sentimiento personal hacia usted es de creciente estima, si me permite decirlo.

Tiene usted mucha de la madera de la que están hechos los hombres.

¿Quiere estrecharle la mano... a un confidente de la policía?

Le dio a la mano de Lanyard un apretón firme y amistoso, y se volvió hacia la chica.

—Adiós, señorita Shannon. Estoy verdaderamente agradecido por la ayuda que nos prestó.

Sin usted, habríamos estado gravemente en desventaja.

¿Tengo entendido que ha presentado su dimisión?

Es una lástima: el Servicio echará en falta su pérdida.

Pero creo que ha hecho usted bien en dejarnos, dadas las circunstancias.

.. ¡Y ahora, adiós y buena suerte! Espero que sea usted feliz.

.. Estoy seguro de que no puede ir muy lejos sin tropezarse con una carretera principal o con un pueblo; pero.

.. por motivos no ajenos a mi profesión.

.. prefiero seguir ignorando qué camino toma usted.

Soltando su mano, retrocedió, saludó a los amantes con una sonrisa y un gesto alegre, y trepó con agilidad al asiento del piloto del biplano.

Cuando estuvo firmemente instalado, accionó el interruptor del mecanismo de arranque.

El zumbido pesado y característico del gran motor llenó aquella hondonada aislada en los Downs como el ronroneo de una dinamo.

Con un último saludo con la mano, Wertheimer agarró la palanca de arranque.

Con su estruendo cada vez más profundo, el Parrott se movió y salió disparado de repente hacia delante. En dos segundos estaba a cincuenta metros de distancia, su silueta ya borrosa, sus ruedas elevándose desde el borde de la hondonada.

Luego, con ligereza, saltó, se elevó, partió las nieblas y se desvaneció...

Durante algún tiempo Lanyard y Lucy Shannon permanecieron inmóviles, abrazados, cogidos de la mano, escuchando el zumbido que poco a poco se redujo a un mero hilo de sonido y se apagó por completo en la oscuridad por encima de ellos.

Luego, al darse la vuelta, se miraron el uno al otro, esbozando una sonrisa un poco vacilante, una sonrisa que decía: «¡Así que todo eso se ha acabado!... ¡O tal vez, lo hemos soñado!»...

De repente, con un grito ahogado, la chica se entregó a los brazos de Lanyard; y mientras esto ocurría las brumas se abrieron y el brillante sol de la mañana inundó la hondonada de los Downs.