XXVI - LA MUERTE ALADA
Serenándose con una espléndida demostración de autocontrol y puro coraje, el capitán Vauquelin se concentró en el manejo del biplano.
El zumbido de su motor volvió a hacerse más denso, su velocidad aumentó y el aparato empezó a elevarse aún más, trazando una larga y grácil curva.
Lanyard miró con aprensión a la chica, pero al parecer ella seguía sin darse cuenta de que algo saliera de lo normal. Seguía mirando hacia delante, y el velo continuaba temblando contra sus mejillas arreboladas.
Gracias al estruendo del motor, no se había oído ninguna detonación que acompañara a los certeros disparos del hombre del monoplano; mientras que el grito de horror y consternación de Lanyard solo lo había oído él mismo. Al no oír nada, Lucy no sospechaba nada.
Lanyard volvió a mirar hacia atrás.
Ahora el Valkyr parecía haberse acercado hasta unos cuatrocientos metros del biplano, y avanzaba a un ritmo tremendo, con su única envergadura de alas en un nivel aproximado al del plano inferior del Parrott.
Pero este último se elevaba a buen ritmo...
El asiento del conductor del Valkyr albergaba a una figura corpulenta y embozada que podía ser cualquiera: De Morbihan, Ekstrom o cualquier otro maníaco homicida.
A esa distancia, sus acciones eran tan ilegibles como incuestionables sus resultados: Lanyard vio una pequeña lengua de fuego lamer hacia fuera desde un punto muy cercano a la cabeza de la figura.
.. no podía distinguir el arma de fuego en sí.
.. y, al igual que Vauquelin, por completo sin premeditación, se agachó.
Al mismo tiempo, resonó un áspero ruido de rasgadura justo por encima de su cabeza; y se encontró mirando hacia un largo y dentado desgarro en la lona, causado por el impacto sesgado de la bala.
—¿Qué podemos hacer? —le gritó a Vauquelin con desesperación.
El aviador sacudió la cabeza con impaciencia; y siguieron ascendiendo; ya la red de oro que cubría la tierra y el mar parecía estar tres veces más por debajo de sus pies que cuando Vauquelin hizo el espantoso descubrimiento de la manga perforada por la bala.
Pero el monoplano seguía el mismo rumbo con tenacidad; a medida que el Parrott se elevaba, también lo hacía el Valkyr, aunque un poco más despacio y con menos flexibilidad.
Lanyard había leído en alguna parte, o había oído decir, que los monoplanos eran malas máquinas para trepar. Se dijo a sí mismo que, si eso era cierto, Vauquelin sabía lo que se hacía; y de esta reflexión extrajo el consuelo que pudo.
Y se alegró, se alegró mucho del oscuro velo cortavientos que le cubría el rostro, y que él creía que no era más que una máscara de terror pánico.
De hecho, estaba bastante rígido de miedo y de horror. Era inútil argüir que solo una casualidad improbable llevaría una de las balas del Valkyr a un punto vital: allí estaba la lona rasgada en lo alto, allí estaba aquel agujero en la manga de Vauquelin...
Y entonces el barógrafo del puntal situado junto a Lanyard desapareció como por ensalmo.
Notó una ligera sacudida; el armazón del biplano tembló como si hubiera recibido un fuerte golpe; algo parecido a un puñado de migas negras salió rociado por los aires hacia delante y se desvaneció: y donde había estado el instrumento, no quedó más que una abrazadera de hierro agarrada al puntal.
E igual que cualquiera de aquellas balas podría haber resultado fatal, su primera sucesora podría incapacitar al aviador, si es que no le mataba en el acto; en cualquiera de los dos casos, el resultado inevitable sería la muerte tras una caída desde una altura, registrada en la esfera del barógrafo un instante antes de su destrucción, de más de mil doscientos metros.
Aún seguían subiendo...
Ahora el perseguidor estaba perdiendo parte de la ventaja de su superior velocidad; el Parrott estaba perceptiblemente más alto; el Valkyr debía ascender por necesidad en una curva más amplia.
A pesar de todo, Lanyard, mirando hacia abajo, vio cómo otra lengua de fuego le escupía; y aparecieron dos agujeros de bala en las alas de babor del biplano, uno en el lienzo inferior y otro en el superior.
Con los labios exangües y temblando, el aventurero empezó a aflojar los cierres de su guardapolvos.
Pasado un momento se quitó uno de los guantes y lo arrojó lejos de sí con impaciencia.
Con las piernas desparramadas, el guante navegó a favor del viento como un gorrión herido.
Sorprendió la mirada de Vauquelin sobre él, viva de una curiosidad que se transformó en un repentino destello de comprensión cuando Lanyard, metiendo la mano bajo el abrigo de cuero, rebuscó en su bolsillo y sacó una pistola automática que Ducroy le había instado a aceptar.
Ahora se encontraban quizá unos treinta metros más altos que el Valkyr, que volaba a unos cuatrocientos metros a estribor.
Bajo el guiado del francés, el Parrott dio un giro en picado en un estrecho círculo hasta que quedó casi de manera inmediata por encima del otro.
.. una maniobra que requirió, de principio a fin, algo más de cinco minutos para llevarse a cabo.
Entretanto, Lanyard se volvió a abotonar el guardapolvos y agarró la pistola, esforzándose por no pensar. Pero su imaginación ya estaba asqueada con el pensamiento de lo que sucedería cuando llegara el momento de llevar a cabo su propósito.
Vauquelin le tocó el brazo con urgencia; pero Lanyard no hizo más que sacudir la cabeza, tragó saliva y, sin mirar, le entregó el arma al aviador...
Apoyándose con fuerza en la banda del pecho, dominaba la ancha y blanca extensión del lomo y las alas del Valkyr. Invisibles debajo de estos pendían el motor y el asiento del conductor.
Un instante más, y se dio cuenta de que Vauquelin se inclinaba hacia delante y miraba hacia abajo.
Apuntando con toda la deliberación posible, el aviador vació el cargador de sus ocho cartuchos en menos de un minuto.
Las violentas detonaciones resonaron contra el tamborileo del motor como el chasquido de un látigo negro.
Momentáneamente, Lanyard dudó de que alguna de las balas hubiera surtido efecto. Con su visión nublada, no lograba detectar ningún signo de daño en la lona del Valkyr.
Vio cómo la automática vacía se le escurría a Vauquelin de los dedos entumecidos y sin nervio. Desapareció...
Una espantosa fascinación mantenía su mirada fija en el Valkyr en pleno vuelo.
Más allá de él, abajo, en las profundidades de kilómetro y medio de vacío, aguardaba aquel suelo dorado de nubes revueltas...
Vio cómo el monoplano se detenía abruptamente en su fuerte avance.
.. como si se hubiera topado de bruces y a toda velocidad contra un obstáculo invisible.
.. y durante lo que pareció un minuto entero se quedó así suspendido, virando y bamboleándose, hocicando en el viento.
Luego, como una ballena al sumergirse, giró y se lanzó en picado, con la hélice girando como una peonza.
Descendió como una plomada por aquel cuarto de kilómetro de espacio; luego, tal vez atrapado por una ráfaga de viento, se puso de costado y empezó a dar vueltas, al principio despacio, pero con creciente rapidez en su fatal y veloz descenso.
Hacia el principio de sus giros, algo salió despedido, algo pequeño, oscuro y desgarbado.
.. como aquel guante del que Lanyard se había desprendido.
Pero aquel objeto cayó a una velocidad aún mayor que la del Valkyr, en un par de segundos había menguado a las proporciones de un mosquito, y en otro fue engullido por aquel inmenso mar de vapor dorado.
De igual modo, el propio monoplano, con apenas menor precipitación, bajó girando por el abismo y se zambulló hacia el olvido en la cortina de niebla...
Y Lanyard seguía colgando contra la banda del pecho, flácido, exhausto y tratando de no vomitar, cuando, de repente y sin advertencia alguna, el estentóreo canto del motor cesó y fue engullido por aquel inmenso silencio, por el terrible silencio de aquellas vastas soledades de las capas altas de la atmósfera, donde jamás se oye un sonido salvo las voces de los elementos en guerra entre sí: un silencio que resonó con un acento tan espantoso como la trompeta del Juicio Final en los oídos de aquellos tres suspendidos allí, en el corazón de aquel resplandor inimaginablemente diáfano e inmaculado, en el vasto cuenco de los cielos, a medio camino entre el azul profundo de la cúpula eterna y el revoltijo de niebla color de rosa y oro.
.. esa niebla que, al cubrir la tierra y el mar, ocultaba también todo vestigio de la tragedia que habían provocado, toda señal del asesinato que habían cometido para que no les asesinaran y arrojaran a la destrucción.
Y, al no agarrarse ya su hélice al aire, el aeroplano siguió su rumbo a una velocidad cada vez menor, hasta quedarse sin inercia alguna y descansar sin movimiento de ninguna clase; como si estuviera en el cuenco de alguna mano poderosa e invisible, alzado hacia aquella luz implacable y descarnada, bajo el ojo impasible del Infinito, para aguardar un Juicio. ..
Entonces, con un ligero estremecimiento de vacilación, los planos picaron, se inclinaron ligeramente hacia la tierra, y empezaron lenta y como a regañadientes a deslizarse por los largos y vacíos canales del aire.
Ante esto, al salir de su letargo, Lanyard se dio cuenta de que su propia voz le aullaba de forma alocada a Vauquelin:
—¡Por el amor de Dios, hombre! ¿Por qué ha hecho usted eso?
Vauquelin respondió únicamente con una pálida mueca y un encogimiento de hombros apenas perceptible.
Ganando impulso por momentos, el biplano se precipitó hacia abajo con un empuje irresistible, con la velocidad de un gran viento... una velocidad tan enorme que cuando Lanyard intentó volver a hablar, el aliento le fue arrebatado de los labios y no pudo emitir sonido alguno.